martes, 30 de octubre de 2012

Juego de máscaras: Iamamiwhoami, turbia belleza.



La aparición en el universo musical de Iamamiwhoami vino acompañada de una campaña de marketing viral a través de una serie de vídeos enviados a diversas publicaciones musicales escalonadamente. El misterio que acompañaba la autoría de los mismos fue engrandeciéndose como una bola de nieve y creando expectativas de diversa naturaleza entorno a ese oscurantismo. Tanto, que se llegó a especular con nombres rocambolescos como Christina Aguilera detrás del proyecto.

Algunos pensaron que nos encontrábamos ante el enésimo hype que, ante la crisis que vive la industria discográfica, recurre a estas nuevas artimañas para llamar la atención. Pero no nos equivoquemos: nos encontramos ante un proyecto evidentemente audiovisual y de vanguardia, pero en el que detrás de toda la parafernalia encontramos lo que verdaderamente nos interesa, canciones que se sustentan por sí mismas.

Una vez que el misterio se vino abajo y supimos que detrás de Iamamiwhoami se encontraba la cantante sueca Jonna Lee y el productor Claes Björklund, y después de la publicación on-line del falso directo In concert (10), una nueva serie de singles lanzados con sus correspondientes videoclips daría lugar a la primera publicación de un disco de estudio, Kin (12).

Kin mantiene la esencia de lo que hasta ahora es iamamiwhoami, esto es, una electrónica de raíz independiente -¿alguien todavía utiliza la etiqueta indietrónica?- que cuenta entre sus mayores logros el de atesorar todo el conocimiento y tradición del mejor synth-pop de viejos maestros como Depeche Mode con la innovación estilística que han traído nuevos valores como The knive.

El disco se abre con la comatosa fragilidad de “Sever”, el reverso electrónico de las texturas vaporosas que nos han ofrecido Sigur Rós con Valtari este mismo año. Sin darnos cuenta, nos acomete de súbito “Drops”, un trepidante tema de desarrollo nervioso que recuerda los mejores logros de Lali Puna con una vocación más grandilocuente. Es el momento más orientado a una hipotética pista de baile junto al cierre de “Goods”.

A estas alturas ya nos percatamos de estar ante un trabajo que cuenta con la virtud de resultar compacto a la par que heterogéneo. El falsete histriónico de Jonna Lee en “Play”, unido a su producción sofisticada, la convertirían en la diva decadente de cualquier fiesta en la que no lograra entrar la pulcritud de Jessie Ware.

Hay momentos en que la propuesta de iamamiwhoami se hace relativamente más accesible como con el electro-pop de “Kill”, pero en ningún momento traiciona su espíritu poseedor de turbia belleza herida, justo la única justificable en este mundo macilento.

La inquietud blanquecina unida al estilo urbanístico sintético me traen a la cabeza el espíritu de extrañeza que destilaba el libro y la película Déjame entrar, también suecos.

lunes, 29 de octubre de 2012

Entrevista a Dominique A.



Recupero para el blog la entrevista que hice en Muzikalia a Dominique A, uno de mis artistas preferidos. Nos retrotraemos tres años, a la salida de La Musique, un disco espartano y bello a la par.

(Publicado originariamente en Muzikalia).


Por fin hemos disfrutado la edición en España de La Musique (09), enésima demostración del saber hacer de Dominique A. No podíamos dejar pasar la oportunidad de que este trovador de candores y desgracias nos iluminase con su lúcida y viva forma de contar y vivir la música. 

Tu nuevo disco La Musique, parece buscar la esencia pura de la canción, su esqueleto. ¿Es su concepción y objetivo ese? 
Quizá. De hecho, cuando una canción parecía tener todo lo que necesitaba, no insistía más en ella. Quería algo inmediato, algo alejado de la sofisticación de los últimos discos. 

Sus bases y sus ritmos parecen la otra cara de la moneda de la asfixia que transmitía el ya lejano Remué y se aleja del espíritu expansivo de L´horizon o la sobrecarga de Tout sera comme avant. ¿Cómo lo definirías emocionalmente? 
He intentado hacer un disco muy básico, tanto como puedo hacerlo sin traicionarme a mí mismo. Buscaba más luz emanando de su totalidad. Canciones como “Qui es tu?” evocan claramente a Remué porque a veces no puedo evitar sonar al gótico de antaño, pero en muchas otras, la atmósfera me parece mucho menos nublada que en el pasado. 

Has afirmado en entrevistas que, con este disco, querías buscar un regreso a tus inicios musicales. ¿Cómo fueron y cómo has intentado revivir esos inicios? 
Grabando en casa con máquinas, tocando menos la guitarra, y evitando usar la acústica (excepto en “Hasta”), de forma muy urgente, sin ordenador… por eso dije que era una vuelta al antiguo método. Pero siempre teniendo en mente durante la grabación que eso debería ser mezclado por mi viejo colega Dominique Brusson (Remué, L´horizon), con sus propuestas específicas de mezcla, usando efectos… ¡Mis inicios fueron mucho más anárquicos, por supuesto!, y estaba obsesionado por la idea de autenticidad, de no mentir con la produción y los efectos, muy cerca de la concepción lo-fi, del fascismo lo-fi, deberíamos decir. He cambiado mucho en ese aspecto, y ahora, realmente me gusta usar la tecnología si aporta belleza a una canción. 

Junto a La Musique encontramos un CD extra, La Matière, en principio sólo pensado para internet y finalmente editado en formato físico. Es un trabajo mucho más experimental, más arriesgado. ¿Estás de acuerdo? 
Sí, es como un camino con diferentes partes, que toma distintas curvas mientras que La Musique es como un camino estrecho, como un tunel, fueron hechos a la vez y me tiré largo tiempo separando ambos bloques. 

A lo largo de todos estos años, ¿Qué se ha mantenido inalterable en la concepción musical de Dominique A desde La Fossette a La musique, y qué ha cambiado? 
Lo que ha permanecido: la misma necesidad de urgencia cuando comienzo a trabajar en algo, creer en las virtudes de la impaciencia y el mismo júbilo cuando una canción surge como prueba de su valor. Qué ha cambiado: mi gusto por trabajar con gente, sin estar obsesionado por el control, al contrario, estando sorprendido por sus propuestas, y orientando las canciones en base a lo que ellos aportan. 

Me crea curiosidad cómo vas a adaptar estas nuevas composiciones al directo, ya que me parecen muy elaboradas sin parecerlo, muy detallistas y sutiles. ¿Cómo será su plasmación en vivo? 
No muy distintas al Lp, pero mucho más orgánicas: habrá un batería, guitarras pesadas mezcladas con sonidos electrónicos. Conciertos muy físicos, como siempre. No sobreestimes mi supuesto perfeccionismo No soy uno de esos freaks que se tira una semana buscando un sonido óptimo para sus percusiones. Esos tíos están bien lejos de mi vida. 

Hablando de conciertos, vas a hacer un extenso tour por España. Zaragoza, Madrid, Barcelona, Cádiz, Granada, Salamanca, Murcia…, ¿Cómo te sientes tocando aquí? ¿Cómo definirías a la audiencia española? 
Me encanta siempre tocar en España, escapar de la obsesión que hay en Francia por las letras y sentir un verdadero entusiasmo en cualquier lugar por la música y nada más que por la música. No voy a definir a la audiencia española, porque no me gusta definir a la gente con unas cuantas palabras, pero puedo decirte que siempre voy allí con buenísimas vibraciones. Mi reciente y creciente popularidad en vuestro país sigue siendo un misterio para mí. 

¿Te veremos en algún festival por España? ¿Cuál es tu festival veraniego favorito? 
No sé. Quizá sí, quizá no. De hecho para mí, los festivales de verano son el peor contexto para escuchar música. Son sitios perfectos para beber, tomar algunas drogas y vomitar, demasiadas cosas para compartirlas con la música. La última vez que toqué en un festival de verano, mientras cantaba “Il est là, l´horizon” (“Ahí está, el horizonte”) veía pequeños camiones vaciando Wc´s portátiles entre las tiendas. No creo que se pueda hablar de hacer música en ese entorno. 

Vayamos al núcleo de tu creación artística. La melancolía y la nostalgia han sido siempre sensaciones que he asociado a tus canciones. ¿Surgen siempre de tus experiencias, de tu mirada al pasado, del recuerdo? 
Yo creo que es el caso del 90% de la buena música, y del buen arte, por extensión: la melancolía y la nostalgia son el ojo del huracán, el centro de la batalla, aún si no te identificas plenamente, algunos recuerdos son respuesta a esos sentimientos. Pero, ¿por qué hacer arte si reniegas de ellos? Considerando mi caso, supongo que el sonido de mi voz los evoca especialmente, no sé por qué, y de hecho, no quisiera saberlo. Cuando canto, incluso cuando intento resultar divertido haciéndolo, la gente siempre cree que estoy pensando en comprar una cuerda para ahorcarme. 

¿Crees que los estados radicales de la persona: la pasión, el sufrimiento, la tristeza son los más estimulantes para la creación o con los años, con la experiencia, la búsqueda del equilibrio y el sosiego evita estos polos y fabula más con la creación de historias ajenas? 
Buena pregunta. Sin respuesta. Quizá con el tiempo, es una fusión de ambos polos. Cuando empiezas, lo haces con pasión, con los sentimientos más extremos, pero cuando centras menos la atención en tí mismo, y adquieres distancia con tus emociones, puedes hablar de algo más que de tí mismo. El balance perfecto debería ser la finalidad del arte. Creo que los sentimientos extremos permanecen, pero aprendes a no ser invadido por ellos. 

Como fan querría recordar algunos títulos importantes para mí de tu cancionero para que los asociases con la primera palabra o frase que te sugieren hoy en día. Allá van: 

Vivement dimanche: El principio de la historia.

Les hauts quartiers de peine: Apología de la tristeza, y una de mis mejores melodías pop. 

Le commerce de l´eau: Siempre me recuerda el momento en el estudio, escuchando el resultado después de un día de trabajo y no podía creérmelo de una canción que, por la mañana, se suponía que era folkie. 

Mira: Uf, no es de mis favoritas. Demasiadas cuerdas suaves, una guitarra acústica demasiado limpia, la letra tampoco me convence… lo siento. 

Rue des Marais: Lo más a flor de piel. Mi obra maestra, si es que hay alguna. Conseguida a la primera, en casa una noche. 

Immortels: El tipo de canción que un cantante siempre va tras él. No es un punto de vista muy modesto, pero lo asumo. 

Dans un camion: El tipo de canción que un cantante rechaza. 

Inmortels es posiblemente la canción más hermosa que contenía su álbum La Musique. Los arreglos que abrigan el tema son de una exquisita factura y al entrar elevan la canción a lo más alto.

jueves, 25 de octubre de 2012

Mi experiencia Radio 3.


Hoy estuve como invitado junto a mi compañero en Muzikalia Manuel Pinazo en Radio 3.

Fue para hablar sobre canciones en torno a El Compromiso en Música x 3, programa que dirige Rosa Pérez. Para quien quiera escuchar el resultado, dejo enlace al podcast de RTVE.


martes, 23 de octubre de 2012

Miradas de un Metro.



Venía de cualquier sitio e iba al mismo lugar de siempre. Viajaba en el Metro y se apoyaba de pie al fondo del vagón.Entonces, Ángel reparó en ellos.

Era una pareja de jóvenes atiborrados de tonos pardos, serios, apagados, mortecinos y supuestamente otoñales; múltiples bolsas colgaban de su abatidos brazos como indicios del deporte consumista del shopping.

Él era alto, rubio, de velados ojos azules pánfilos y cara derretida, embajador de esos semblantes aburridos de sí mismos por tener tanto en los bolsillos y tan poco dentro de uno mismo; ella era mona, de cara bonita y cuerpo ligeramente contrahecho, o quizá a medio hacer -Ángel pertenecía a ese estacionamiento existencial en el que se hace tarea imposible concretar la edad de otras personas, pareciendo siempre de forma incomprensible infinitamente mayores o menores que uno mismo-.

Nuestro pasajero a la deriva era de los que no despistan su trayecto con lecturas, músicas o micro-entretenimientos tecnológicos. Él prefería observar a su congéneres pensando que así entendería mejor el mundo en el que vivía; o quizá, para dejar con conocimiento de causa el intentar hacerlo ante el absurdo que le rodeaba.Y miró con atención a los asépticos enamorados de color camel.

Pronto se aburrió de observar al muchacho: imposible conectar con sus ojos y percatarse si la abulia infinita que se concentraba tras sus ojos respondía ante un estímulo externo. Pero no le fue difícil captar la mirada nerviosa de ella; una mirada ovina y a la par curiosa que, incomprensiblemente, tras retirarla, al poco recuperaba el hambre de encontrarse con la del extraño ojeador ante la pasividad del iceberg bípedo que le acompañaba.

Ángel se percató de ello y con cierto sadismo y espíritu invasor clavaba sus ojos con insistencia y ardor en la oveja de mechas oxigenadas. Tras unos segundos donde volvía la cara con cierto desdén ortopédico, le asestaba puñaladas oculares una tras otra .Y allí de nuevo estaban esos globos oculares de clase bien preparados para recibir una nueva estocada.

En la electrocutante sensación que penetraba por el iris de la muchacha hasta disolver el tuétano de su osamenta confluía el choque de estar a merced de una mirada furtiva, proyectada desde una realidad ajena; capaz, pensaba, de brindarle auténticas acometidas de existencia ordinariamente mundana entre las piernas o, quién sabe, "quizá se trate de un terrorista que en cualquier momento va a reventar en pedazos autoinmolándose y nos va a matar a todos".

La curiosidad y el desconocimiento aceleraban el ritmo cardíaco de la joven hasta que el convoy llegó a la estación destino.Tiró de la manga del extasiado efebo de mármol y avanzaron juntos a la languidez que afuera les esperaba mientras le regalaba un beso profiláctico.

Ángel continuó su marcha y reconoció al observarles a través de la puerta entrecerrada del vagón los plomizos pasos hacia el más abominable matadero.

lunes, 22 de octubre de 2012

Periódicos al water: la información estéril.


Hacía tiempo que no leía un periódico en formato físico. Hoy lo he hecho; da igual la cabecera, la reflexión y la triste consecuencia es la misma: disponiendo de la información multifragmentada de internet a mano, me hubiera dado completamente igual leer un periódico de papel hoy o no volver a haberlo hecho en lo que me queda de vida.

Dos factores principales han convertido a la prensa, incluyo también las ediciones digitales, en información de uso muy limitado y concreto. El primer factor es el conocido por todos: los intereses político-económicos que encontramos detrás de sus grupos editoriales. Ya sean tendentes hacia una ideología u otra, la absoluta falta de escrúpulos a la hora de tratar noticias convierte su lectura en un panfleto tendencioso donde, salvando las preguntas de primero de carrera de periodismo del "quién", "qué", "cómo", "dónde" "cuándo" y "por qué",  son completamente parciales en todas sus formas, ya sea desde lo sibilino hasta lo más grotesco y caricaturizado.

Cualquiera que haya desarrollado mínimamente una capacidad de análisis y crítica puede llegar a estas conclusiones. Lo triste es que algunas personas no lo hayan conseguido, o, bueno, aún más triste: los que leen el periódico para saber de antemano lo que les va a ofrecer. Es decir, el lector corto y de satisfacciones miserables que se contenta tan sólo por cada mañana leer de forma sesgada a la voz de su ideología dominante lo que pasa en el mundo. Y curiosamente con lo polarizada que encima está dentro del monolito globalizador existente, esto es auténticamente aberrante y lastimoso: la jaula capitalista acaparadora hablando de supuestas izquierdas y derechas de las que se alimenta como una inmensa abeja reina grasienta y deplorable.

Lo peor es que las empresas que están detrás de esas publicaciones fomentan este tipo de información porque al final es la que les da dinero y fideliza a estas hienas hambrientas de carnaza fofa y burda. Cualquier persona con bisturí y juicio propio o de contraste que pudiera llegar a leerlo no le interesan un comino a sus élites corporativas, no son su target.

En el caso de las columnas de opinión esto alcanza ya un nivel esperpéntico: baños de egolatría fundamentados a base de boutades contadas con más o menos gracia en torno a una idea cogida con papel de fumar y estirada hasta los límites de la decencia. Con honrosas excepciones, por supuesto, no me vean tan fatalista.

El segundo aspecto es de traca también: el trazo grueso con el que se subraya el supuesto interés o desarrollo de la información. Patético, tratando al lector como si no tuviera un mínimo de formación o de interés en ir un poco más allá de los cuatro puntos básicos y rácanos en torno a los que giran las noticias en los distintos medios. Y no, mis ilustres defensores de la profesión, no por falta de datos o por esperar a contrastar la noticia o conseguir más fuentes fidedignas, no: simple y llanamente porque interesa tener un lector idiotizado, poco ejercitado, en el que la curiosidad que impulsa al ir más allá no la encuentren en el prime time mediático.

Esa búsqueda requerirá mayor esfuerzo propio, y por tanto, conseguirá desviar la atención de todos aquellos que no estén dispuestos a esforzarse por llegar al meollo de la cuestión. Serán menos los que indagarán, los que buscaran en la medida de lo posible la imparcialidad o las voces de los que nunca son escuchados y qué duda cabe, allí habrá mucha más verdad.

Y sí, señores políticos, gobiernos del mundo...no, no me he olvidado de ustedes. Me asquea profundamente cómo se frotan las manos con esa tinta mal encarada que jamás les mancha, ni siquiera lo que merecen.

domingo, 21 de octubre de 2012

Quiero quererte.



Esta tarde he visto el DVD de Tori Amos Welcome to sunny Florida (gracias M.R. por el regalo que me hiciste en su día). Se trata del último concierto de su gira norteamerica de 2003 con motivo de la salida de Scarlet's walk -disco que narra un hipotético viaje al corazón sociopolítico de los Estados Unidos-.

En esa teóricamente soleada Florida y bajo, curiosamente, el marco de un día propio del Diluvio Universal, se trata de una actuación inmaculada: Tori se zambulle entre pianos y nos arroja durante más de dos horas su universo de vivencias con una sentida interpretación. Digamos que es una tierra media entre la excentricidad aguda de Antony Hegarty y la impoluta profesionalidad de Rufus Wainwright. Aprecio en ella la falta de ese tornillo que convierte a las personas en inesperadas, algo a mi juicio fascinante en un mundo tan encasillado con estereotipos y moldes globalmente aceptados.

Una factura soberbia de una artista entregada y sincera que, sin embargo, en ocasiones me saca de plano y hace que mi cabeza y mi corazón se desconecten; Hay momentos donde la emoción me sacude el cuerpo con temas como "Cooling" o "Your cloud", pero, y de ahí viene esta reflexión, desearía que lo que tengo ante mí me gustara más, quererlo de forma más intensa. No se trata de imponerme algo, aunque lo pareciera, es como si, tratando de hacer un análisis ajeno a las pulsiones que generan en nosotros los sentimientos, existiera un deber moral racionalizado que tratara de hacerme comprender que tengo que apreciar lo que hay ante mí.

Es la antítesis a otro estado que encontramos dentro de nosotros, el de desear que algo nos guste menos de lo que lo hace, como en el plano musical me ocurre con bandas como Placebo. Pero centrándonos en la sensación que he querido retratar y universalizándola a todas las facetas de la vida, estoy ante algo similar al dolor sordo que experimentamos cuando nos quiere más alguien (un familiar, una amante, un supuesto amigo...) de lo que nosotros lo hacemos hacia ella o él.

Esta es una de las mayores losas que podemos llegar a sufrir: la de sentir el amor y la entrega de alguien al que no conseguimos corresponder porque es algo que no nos sale de dentro. Y la pregunta es entonces, lector, ¿Se logra aprender a querer a algo o a alguien? Es decir, ¿Podemos obviar el plano instintivo, el impulso interno de apego o desafecto hacia ese algo o alguien, intentando racionalizar de forma "objetiva" lo que supone para nosotros y así llegar a aceptarlo?

No sabré nunca vuestra respuesta, pensadlo unos instantes...pero yo ya tengo la mía, ese intento, esa aceptación metódica y articulada es lo que se denomina cariño, una palabra curiosamente aceptada por todos y que, sin embargo, considero posee connotaciones fatales. Es la antítesis o el desvanecimiento de la pasión, del fulgor repentino inevitablemente destinado a difuminarse por completo en los cauces del tiempo.

Así, sólo el instante es eterno e intentar inmortalizarlo es una tarea del todo imposible, de igual forma que lo es la de adscribirse a una vida en la que la sucesión de instantes, de eternos imposibles concatenados sea el motor de ella; La única meta a rebasar desde esa perspectiva kamikaze es la del suicidio emocional y quién sabe si la del físico.

Ante este duro e inevitable descubrimiento que la conciencia humana nos descubre mientras vamos vagando por el mundo, no queda más salida que la resignación consciente.

El verano acaba hasta en Florida.


"Winter" es mi canción preferida de Tori Amos. Incluida en su primer trabajo, Litte Earthquakes, su ardiente supuración es metáfora viva de la pujanza con que se emprenden todas las obras que erigimos en nuestra juventud.

sábado, 20 de octubre de 2012

Vixen, menuda zorra.


Hoy intentaba recordar entre la pléyade de videojuegos en cassette de mi Amstrad CPC 464 monitor fósforo verde -luego estuve tan pirado que me pillé el monitor de color sin conversor de TV encima-, juegos que comprase instintivamente y que luego me parecieran especialmente simplones y delirantes.

Y llegué a la marcianada de Vixen, un plataformas en el que manejabas a una exuberante rubia oxigenada con el pelo cardado heredera de la mejor tradición heavy hair band vestida de pieles animales y armada con un látigo en mitad de la selva de un planeta remoto. La portada fue el reclamo para un infante que estaba en el despertar de los estragos de la voluptuosidad.


Hablemos mínimamente del desarrollo en cuestión: Con un scroll horizontal donde ibas matando bichejos fustigándoles y recogiendo joyas, el delirio llegaba cuando cogiendo los adecuados ítems te convertías en ¡¡¡una zorra!!! -no podía ser de otra forma- que grácilmente corría por grutas pixeladas recogiendo a su vez más joyas.

Los niveles sintéticos y muy limitados gráficamente, junto a un ritmo contrarreloj, se repetían hasta la extenuación y nos encontrábamos ante una copia descarada del planetamiento de los sagrados Castlevania de la familia Belmont y de un plataformas muchísimo mejor y más completo en el que, armado de una maza y con múltiples posibilidades de modificar tu arma o saltando encima de los enemigos, avanzabas por niveles bastante más elaborados. Me refiero a Rygar; bien es cierto que lo recuerdo más por la máquina recreativa de una bar al lado de mi casa que por la versión también rácana de los ordenadores de 8 bits.


Y me resulta divertido las argucias con las que atraía nuestra floreciente libido adolescente esas portadas tan ingenuas y potentes a la vez como ésta, heredera, sin llegar a su nivel neumático, de la del primer Barbarian de Palace Software (menos lúbrica la segunda, ambas con la potentísima Maria Whittaker)  -compañía sacrosanta sólo por la serie bárbara y por los fascinantes Cauldron-, o la picardía púber con la que ansiábamos desnudar a Samantha Fox en su strip-pocker, o liarnos a, literalmente, tetazos en la mediocridad hispana del videojuego de Sabrina-un horrible beat'em up para flipar- o flirtear con prostitutas en el exotismo de un conversacional tan sórdido como Los Pájaros de Bangkok inspirado en el libro protagonizado por Pepe Carvalho.


Quien le diga a cualquier adolescente de hoy en día que nuestras fantasías se nutrían de semejante material poco más o menos nos tomarían como entes del Pleistoceno. Pero miren lo bueno: desarrollamos tanto la imaginación que eso nos permitió imaginar mundos imposibles como en el que por desgracia nos encontramos inmersos. Y estamos cargados de vidas extra.

viernes, 19 de octubre de 2012

Blackgaze: La batalla definitiva.


Desde hace tiempo la más fascinante lucha que leo por foros y páginas de internet es la que se está librando en torno a la etiqueta definitiva que marca tendencia: Blackgaze. Para los que no la conozcan, diré que viene de la fusión de lo que sería el Black Metal y, por otro, el Shoegaze.

Si a estas alturas tengo que explicar también las características sonoras de los dos estilos -qué sopor, tira de google-, está claro, con todos mis respetos, que este artículo no está hecho para ti.

El caso es que el Black Metal es un género, en su acepción más ortodoxa, que no me ha interesado nunca. Más allá de lo que supone una imagen y universo aledaño al musical con el que no me identifico nada, el extremismo de las voces gritonas, y no en pocas veces salidas de una granja avícola, y la sensación de monotonía tras murallas de sonido reiterativas y sin matices me provoca aburrimiento.

Obviamente, no soy ningún experto y me he acercado a otras tendencias más pesadas y ralentizadas: Me refiero ese elogio exacerbado que existe hacia los drones que, de igual forma, a las maneras de Sunn O))) me cansan y abruman y que a las de Stars of the lid -rama neoclásica, nada que ver- me emocionan profundamente por ejemplo.

El caso está en que los que hemos estallado en elogios y fiebre fervorosa de artistas como Alcest (te recomiendo la lectura de la entrada que les tengo dedicada), Les Discrets, Old Silver Key o Woods of Desolation, hemos percibido que no pocas veces se nos asocia a una especie de hype que, por mucho que me esfuerzo, no encuentro por ninguna parte.


Por que, a ver ¿en qué publicaciones nacionales o internacionales se le rinda espacio a estas bandas? Por favor, si la última maravilla de Les Discrets, Ariettes Oubliées, no hay forma humana de que en España, por ejemplo, sea conocida mínimamente.

Más bien lo que encuentro es una pataleta troglodita de los straight-edge blackmetaleros de disfraz que han visto como ciertas bandas que antaño se adscribían a su sonido han evolucionado en su sensibilidad y forma de entender la música, encontrando su realización artística en orillas que otros hace muchos años que transitamos.

Y ahí es donde radica la diferencia: los que amamos este sonido mucho tiempo antes incluso que los propios artistas bajo los que se denomina la nueva etiqueta, rendíamos nuestras lágrimas y latidos al post-rock y al shoegaze, los géneros ante los que más se adscribe el nuevo movimiento. Murallas de sonido mutables, desarrollos que se desplazaban desde el embrión hasta la muerte de la carne en detonaciones de sensaciones frágiles e intensas a la par.


Unos nos desvivimos por Mono o por Sigur Rós, otros por Explosions in the sky o Slint y otros por Slowdive o My Bloody Valentine, pero todos nos acercamos devotos con la franqueza carente de snobismo que nuestro propio pulso y pasión genera instintivamente ante la música.

Ese y no otro es el castigo que parece debamos sufrir, el de emocionarnos y conmocionarnos con una elaboración sonora maravillosamente envolvente y evocadora.

Por favor, no me golpeen en la cabeza con su maza de pinchos.


Les Discrets es uno de los más grandes tesoros ocultos actualmente dentro del universo musical. Como muestra, os invito a escuchar el asombroso viaje hacia ninguna parte que es este movimiento perpetuo: el de nuestras vidas al intentar escapar de nosotros mismos.

jueves, 18 de octubre de 2012

Homo Analfabetis: El cénit de la evolución humana.


Me llama poderosamente la atención en esta involución en la que anda metida el ser humano un hecho: el creciente analfabetismo inconsciente que se cierne sobre nosotros.

Me refiero a la preponderancia paulatina de la imagen en detrimento de la palabra, de la concreción aséptica en lugar del concepto abstracto. Desde que el hombre es hombre su lucha por mejorar la socialización  le ha llevado a desarrollar instrumentos y formas de comunicación más allá de las que primitivamente disponía de por sí: la mímica y la oral.

Este afán ha sido encomiable y obvio motor de la evolución humana. Llegamos a nuestros días donde lo que potencialmente es el medio de comunicación más inmediato y poderoso-internet- con su consabida "democratización" - con todos los escollos que el control de instituciones y la imposibilidad de llegar a determinadas zonas geográficas o estratos sociales impide en su totalidad- tristemente ha devenido en la creación de una especie: el Homo Analfabetis.

Este homínido sufre la contradicción de contar con un sinfín de herramientas de comunicación modernas a su alcance, pero carece de toda capacidad expresiva más allá de un gráfico facial pixelado, monosílabos manipulados por la pseudo-ortografía o la principal: señalar de forma instintiva que le ha gustado una imagen o vídeo, elementos que no requieren el conocimiento del lenguaje escrito para su decodificación.

Es necesaria la concreción que supone el uso audiovisual o icónico para que racionalice mínimamente aquello que tiene delante de sus ojos y su respuesta en base a pulsaciones de ratón equivale a lo en su lugar cualquier antepasado del Australopithecus sustituiría por un gruñido o una pirueta.

Actualmente nos encontramos inmersos en lo que denominaré "Feudalismo Lingüístico", fase intermedia involutiva comunicacional donde la capacidad de hablar aún no ha sido perdida; exclusivamente lo ha hecho la de comprensión semántica avanzada y la construcción estructural del lenguaje escrito, a derivar en breve espacio de tiempo en analfabetismo severo.

Por tanto, internet, herramienta que ha constituido por antonomasia la creación y convivencia del Homo Analfabetis con los que aún somos Homo Sapiens -como antaño ocurrió con la convivencia Neardenthal-, comparte la coexistencia de las dos especies. Los Homo Sapiens aún utilizaremos esta herramienta como el resto de herramientas anteriores: un libro, un teléfono, un telégrafo, un papiro, las pinturas rupestres...pero, por contra, el Homo Analfabetis recurrirá a ella como en la Edad Media los iletrados acudían a las obras pictóricas o de arte en general, a las representaciones teatrales, a las enseñas indicativas de los comercios o a los cuentos de la plaza ilustrados en viñetas...es decir, a utilizar su capacidad visual y sonora natural para descifrar de forma primitiva los posibles conceptos, ya que el lenguaje de signos escritos no ha logrado ser aprehendido por dichos individuos, saturados por la sobreexposición visual.

Es más, no son pocos los Homo Sapiens que han sufrido mutaciones hasta transformarse en Homo Analfabetis: individuos que incluso antaño pudieran tener un desarrollo cultural o intelectual que las fotografías, la inmediatez y la vacuidad de un lenguaje propio de los papiones ha hecho desaparecer de su masa encefálica.

Descubramos y maravillémonos pues ante esta nueva especie. Quién sabe si no seremos el resto los futuros Neardenthales extinguidos del planeta Tierra.


Dentro de la cueva del tiempo.



Hoy quiero rendirle homenaje a los libros de Elige tu propia aventura de Timun Mas. Más concretamente al primero de ellos: La cueva del tiempo (E. Packard).

Recuerdo cómo llegó ese libro a casa de mis padres hace unos veinticinco años. Lo trajo un amigo de mi tío -el mismo al que le debo haber visto en el cine El imperio contraataca con 8 o 9 años y el que me permitía ir con él una y otra vez allí donde echaran Flash Gordon aunque hubiera otras películas en el cartel-.

 En apariencia era un libro normal, no muy grueso, con la cubierta en rojo y una ilustración inquietante con un caballero sobresaliendo en su mitad. Lo realmente "transgresor" radicaba en el desarrollo del mismo, en la posibilidad , como tanto remarcaban sus instrucciones, de que TÚ eras el héroe; concretando esto, venía a significar que estaba escrito en segunda persona del singular, dirigido de forma directa al lector: el autor te contaba dónde estabas y las posibilidades de acción de las que disponías.

Lo que hacías, y eso era lo fundamental, era elegido por ti mismo entre las opciones que tras un determinado número de páginas leídas debieras adoptar. Esto te desplazaba de una página a otra del libro, por lo que su lectura no era lineal y la toma de decisiones variaba entre dos o más.

Todo ello te derivaba hacia un final u otro -recuerdo que en la portada de los libros indicaba entre cuántos finales distintos podría acabar tu historia-. Mis preferidos eran los que tenían más finales, puesto que la gracia de la lectura radicaba en encontrarlos todos, si bien un final feliz reconfortaba y uno fatídico te dejaba helado.


Ni que decir tiene que este fue el arranque de numerosas colecciones de novelas primitivamente interactivas: los basados en el universo de Dragones y mazmorras de tapa negra, los de La máquina del tiempo -donde a través de dicho artilugio viajabas en cada uno a distintas épocas con una misión concreta y en vez de haber diversos finales, el fracaso radicaba en perderte en bucles de lectura-, etc.

Posteriormente los más avanzados entraban en juego con lápiz, goma, ficha de personaje y dados o tablas numéricas, un claro ejemplo de protro-rol. Esta evolución era fascinante y mis colecciones preferidas eran las de Altea Junior y los Advanced dungeons and dragons.

Pero no quiero desviarme del protagonista del artículo, La cueva del tiempo. Su punto de partida te llevaba al encuentro casual de una cueva en apariencia normal, pero que al penetrar en ella te transportaba misteriosamente a otra época histórica pasada o futura.

Al salir de nuevo de ella, te encontrabas en mitad de la Edad Media, corriendo por que un dinosaurio no te aplastara o perdido en el Lejano Oeste. Imaginaros lo asombroso que es para un niño imaginar y formar parte activa de esa forma con el poder de evocación absoluto de la lectura.

Quizá hoy suene descacharradamente rudimentario e inimaginable para una sociedad educada de forma salvaje en el valor y la predominancia de la imagen frente a la palabra, pero, por aquel entonces, cada incursión en la caverna era un ensoñador viaje que sentía dentro de mí ser como único e intransferible.

Recuerdo cómo me gustaba jugar especialmente los días lluviosos, de cielo gris; no sé realmente el motivo, puede que fuera por la escafandra de nubes densas que cubría mi cabeza y reducía las posibilidades de movimiento y acción del ser humano en el mundo real.


Salía a la terraza de mi casa, un primero, cercano a la calle, y me alegraba no estar molesto por el trasiego de gente debajo de mí. Miraba al frente y el firmamento oscuro y amenazante era mi único compañero mudo. A veces levantaba los ojos del libro y los fijaba en el horizonte como si de forma velada entre los nubarrones aparecieran instantáneas de lo que estaba viviendo allí, sentado en el suelo y cubierto con una manta a la imagen de Bastián Baltasar Bux con el que tanto me identificaba.

Y, bueno, rememorarlo, me hace sentir bien y protegido, aunque el cielo de hoy en día ya no refleje más que la nostalgia de alguien que difícilmente aprendió a crecer.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La brújula caleidoscópica de Kate Winslet.



Hoy repasando en mi cabeza la trayectoria cinematográfica de Kate Winslet, he trazado un paralelismo curioso entre algunos de sus papeles.

Siempre me ha sorprendido el buen tino y la capacidad para elegir personajes que no son fáciles de asimilar ni de encarnar por su parte. Así, me he aventurado a trazar una analogía entre ella y los puntos cardinales de una brújula imaginaria que podrían ser las situaciones o decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida, para evidenciar como ha tenido los recursos necesarios para jugar papeles tan antitéticos a la par que indisolubles los unos de los otros.

Partiremos del punto neutro, del centro del mapa, de una señorita a medio hacer, de una chiquilla frágil e impresionable capaz de dar la vuelta a su vida por cualquier impulso pasional aunque eso contradiga los preceptos sociales o educacionales en los que se haya criado. Hablamos de Titanic (1997, James Cameron), de esa epopeya que algunos de adolescentes nos resistíamos a ver con el fin de parecer rocosos o nada ñoños y que, sin embargo, al visionarla nos incomodaba como teníamos que ocultar alguna lágrima mientras en la cabeza o al lado se encontraba alguna persona por la que tragaríamos hasta la última gota del océano.

De esa pulsión, de esa abnegación cándida, inocente y extrema, nos movemos al norte, a un intento de resucitar el amor perdido junto a aquella persona que nos enamoró y de la que sabemos no podremos encontrar otra igual. Del fugaz instante eterno desde el que partíamos, pasamos a comprobar como, a pesar de la idea de eterno, la erosión, el devenir vital y los errores minan ese magma que creíamos inmortal.

Entonces llega la posibilidad de volver a empezar de cero; pero desde el delirio, desde la ciencia ficción, desde olvidar por completo quiénes somos y quién es el otro para, inevitablemente, aún sin reconocernos, volvernos a encontrar y enamorar de la misma persona. Predestinación de fábula para hacer un cuento contemporáneo de amor que supone una de mis películas más admiradas y predilectas, Olvídate de mí (2004, Michel Gondry).


Con ese borrado del pasado, con ese reset duro imaginario capaz de cauterizar heridas y lograr que el sueño se repita como ciclo, nos atrevemos a mover la brújula multicolor junto a Kate y nos desplazamos 180º para encontrar como, en el mundo real, el pasado no muere y se convierte en una losa invencible; Aflora y nos destruye por mucho que la volatilidad y la evasión hayan intentado ser los paños calientes con los que ocultar o matizar una vida miserable. Y todo revienta.

Hablamos de El Lector (2008, Stephen Daltry), ese film con dos partes tan bien diferenciadas y tan necesariamente complementarias: el despertar del amor adolescente en una relación asimétrica al abrigo siniestro del nazismo y las posteriores consecuencias donde lo que uno ha sido prima y vence a lo que uno pretendía ser.

El siguiente movimiento lo haremos entre lo que supone una vida deseada, de ensueño convertida en pesadilla y el de una vida no escogida que requiere de evasiones para torpemente convertirla en llevadera.

Una vez comprendido y asimilado el peso del pasado en nuestra existencia con el anterior eje norte-sur, nos movemos. Primero al ocaso que supone viajar al oeste para descubrir como una vida soñada a la que tender se convierte en la mayor de las frustraciones y cárceles al amparo de una relación afectiva  involuntariamente vampírica donde el complementarse y aportarse aquello que el otro no tiene se convierte, por el contrario, en el escollo definitivo para desarrollar vidas incompletas y frustradas.

Se trata del amargo retrato de Revolutionary Road (2008, Sam Mendes), el reverso más tenebroso posible al arranque de nuestro viaje, con los mismos protagonistas desintegrándose ante nuestros ojos con una causticidad abominable y tristemente reconocida en no pocos casos.

Pero Kate corre por impedir esa desvanecimiento doloroso y orienta su brújula hacia el amanecer, juega con ella y trata de convertirse en una Madame Bovary moderna para crear subterfugios de pulsión momentánea creyendo erróneamente que eso puede salvarla del duro día a día. Craso error, puesto que esos cantos de cisne no son más que meras pantallas momentáneas que no tiene  peso alguno cuando las obligaciones, las responsabilidades, las frustraciones o el acomodamiento marcan de forma férrea la capacidad de movimiento. Esa es la principal función que tiene Juegos Secretos (2006, Todd Field), un retrato reconocible e hipócrita de las hueveras adosadas mugrientas por dentro y exfoliadas por fuera.


Este es el recorrido final tras el marco incomparable que en este eje marca la cárcel moderna de las asépticas urbanizaciones unifamilliares: campos de concentración del capitalismo burgués donde el deseo, la represión, la frustración y la apariencia afloran a sus anchas, eso sí, con el delirante ritmo subterráneo de actuar como dios manda.

Gracias por el viaje, Kate; y más allá de esta alegoría, por el que supone no huir del surco que la vida deja en ti, ese que luces con orgullo y que nosotros, al mirarte, reconocernos como nuestro.


lunes, 15 de octubre de 2012

Alcest: fábula de otro tiempo y lugar.



"Je m'abreuve à sa Lumière,
et laisse ses rayons ardents
dèlier mes Membres Engourdis,
pour m'offrir une seconde Naissance".
Percées de  Lumière


La búsqueda incansable de emociones a través de esa banda sonora de nuestra existencia que es la música, acompaña el devenir de todos los que nos consideramos apasionados de ella.

Alarma especialmente cuando llevamos tiempo estéril sin encontrar algo que nos agite por dentro: siempre existe el temor a considerar que el desarrollo de la vida, la costumbre, la edad o el gris diario puedan hacernos perder esa capacidad de sorpresa, de reventar por dentro y por fuera en un torrente de lágrimas, de risas, de elevación del alma...

Así, el descubrir bandas que consigan todo lo anteriormente expuesto, es celebración pura y genuina, como en mi caso fue el encontrarme con Alcest.

Alcest es el proyecto francés tras el que se esconde Neige, una enigmática figura que, si nos adentramos en las motivaciones y razón de ser de su obra, resulta fascinante. En origen, su sonido se adscribió al black metal más ortodoxo, género con el que no guardo ninguna afinidad y del que no tardó en ir desmarcándose para crear un universo propio e intransferible.

Lejano queda ese primer EP Tristesse Invernel el cual ni tan siquiera he escuchado. Aún adolescente y como fan , Alcest por entonces estaba lejos de convertirse en lo que actualmente es.

Lo auténticamente fabuloso llega cuando Neige consideró que su música, el hecho de encomendarse a esta tarea artística, nace fruto de una inquietante y ensoñadora experiencia que tuvo en su infancia: unas visiones que experimentó camino del colegio y que marcaron el trascurso de su vida; algo así como un universo paralelo, una tierra bucólica y alejada de este mundo que le transmitía una sensación placentera que él mismo más de una ocasión ha indicado que no puede describir con el mero uso de la palabra para llegar a toda su grandeza.

Desde entonces, utilizó la música, sú musica, para evocar e intentar mantener inmortal en sus recuerdos y su corazón esas visiones. Cada canción que desarrollaba, era un intento por hacer permanecer su vivencia constatada a través del sonido que conseguía desarrollar. Una lucha infatigable por no olvidar algo que, amargamente, no se fue repitiendo más.

En una persona del todo incrédula como yo, estas afirmaciones, más allá del valor fantástico que pudieran tener, me parecen de un poder y una esencia romántica únicas y no dejan de ser una maravillosa motivación compositiva cargada de nostalgia y magia.

Las encontramos ya en su EP Le Secret (05), compuesto por dos temas de enorme distorsión y fuerza, aún con unas formas adscritas en buena parte al black metal más genuino.

Pero es a partir de esa obra maestra que es Souvenirs d'un autre monde (07), cuando su universo estalla y muestra un acercamiento a la belleza y a la elevación de nuestra alma absolutamente arrebatador. Desde su propio título, esos "recuerdos de otro mundo", son manifestados con una armonía y delicadeza ardiente que conforman eso que se ha dado en llamar, blackgaze, por esa mezcla entre el black metal referido anteriormente y las capas de distorsión y melodía subterránea del shogaze, aunque, curiosamente, Neige ha relatado que por aquel entonces no tenía ni idea de lo que era el shoegaze y no conoció - y amó- hasta bastante después carreras como la de My Bloody Valentine.

Dejando etiquetas y valoraciones estilísticas, -desde luego muy alejadas de la finalidad y la naturaleza del artículo- el disco es impresionantemente hermoso, destacando el cariz vivificador que la música de Alcest transmite en él: intenta ser una plasmación vívida de la experiencia trascendental relatada anteriormente. Canciones como "Printemps émeurade" o "Ciel errant" me acompañarán ya lo que me queda de vida como límpido reflejo de etéreos viajes.




El disco con el que conocí su legado fue Écailles de Lune (10), más oscuro y desolador. El motivo que causa ese giro es fatídico: la frustración y el dolor que causa el olvido paulatino de esas visiones infantiles en Neige mientras el tiempo va pasando inexorablemente. De nuevo la tragedia del Romanticismo de amar lo que inevitablemente es inalcanzable o lo que forzosamente se desvanecerá. El grito, lejos de ser utilizado como careta o recurso extremo, Neige lo emplea como lo hacemos cualquiera: manifestación y denuncia de esa frustración y de ese dolor, nunca exclusivamente como elemento distintivo musical como algunos consideran erróneamente. En ese sentido la agónica "Percées de lumière" es totalmente abrasadora y distintiva.

Y llegamos a 2012 donde Les voyages de L'Âme supone su cénit creativo y consagración de un legado ya inmortal. Esa portada entre dos mundos con la simbólica figura del pavo real como animal fascinante y poseedor de un misterio enigmático atravesando el arco de un portalón, es la metáfora definitiva del artista que se encuentra entre dos mundos: aquel que rememora y hace dolorosamente descriptivo en la contradicción que supone su inexistencia real y aquel al cual debe trascender en su periplo vital y supone una cárcel de frustración e intrascendencia. Algo que se podría emparentar con Las Flores del Mal de Baudelaire sin ir más lejos.

Este mismo año, canciones tan bellas como "Autre temps", tan intransferibles a la hora de significar lo que me suponen como "Les voyages de l'Âme", tan intensas como "Faiseurs de mondes" o tan vivificadoras como "Summer's glory", están acompañando mis días y mis noches en busca de ese otro mundo al que poder aspirar para salvarnos del que conozco y que unos pocos han convertido en yermo infierno de codicia humana.


"Les Voyages de L'Âme" supone la consagración de un estilo; un huida a fundirse con la esencia de las cosas, por alcanzar una pureza alejada de la corrupción mundana acechante. El desarrollo del tema me emociona y conmueve como muy pocos.


viernes, 12 de octubre de 2012

2011. 20 discos para sobrevivir a la desintegración.

(Lista elaborada y aparecida originariamente en el programa de radio La Parada de los Monstruos).



Como algunas y algunos de mi reducido número de lectores sabrá, llevo años colaborando en el programa radiofónico La Parada de los Monstruos, cuyo link podéis encontrar en este mismo blog. Es algo que vengo haciendo, con mayor o menor asiduidad, desde que mi amigo del colegio David Royuela aka "The Freakman" iniciara hace la tira de años el proyecto con la ilusión, inocencia y pujanza juvenil con la que se encaran este tipo de cosas.

El caso es que cada año elaboro una lista con lo que han sido los mejores discos, evidentemente con el único precepto de lo que han significado emocionalmente para mí: la alegría, tristeza, energía o pesadumbre que me han creado. No deja de ser una banda sonora a los días que componen un año y una forma de colorear con sonido los episodios más oscuros o más brillantes de mi vida. Una pequeña escapada, un oasis donde refugiarme. Los comparto acompañados de una canción, por si alguna persona perdida en el laberinto de las redes consigue zambullirse dentro y no querer salir después. Las palabras sobran, si alguno desea conocer las que lo acompañaron, no tiene nada más que ir al archivo de podcast de La Parada de los Monstruos y buscar los programas.

Este fue el 2011. Depende de la motivación, de la humedad y del vuelo del chotacabras publicaré otros años o no. Nunca sé nada porque lo imagino todo.

20. Mastodon. The Hunter.


19. Foo Fighters. Wasting light



18. Eric Fuentes & El Mal. Id.



17. PJ Harvey. Let England shake



16. Today is the day. Pain is a warning.



15. Lucinda Williams. Blessed



14. Lagartija Nick. Zona de conflicto.



13. Dustin O'Halloran. Lumière.



12. Low. C'mon



11. The pains of being pure at heart. Belong.



10. Michel Cloup (Duo). Notre Silence.




09. R.E.M. Collapse into now.



08. Bon Iver. Bon Iver, Bon Iver.


07. Samiam. Trips.




06. Sr. Chinarro. Presidente.




05. A winged victory for the sullen. Id.




04. The New Raemon. Libre asociación.




03. NudoZurdo. Tara Motor Hembra.




02. The joy formidable. The Big Roam.



01. Mogwai. Hardcore will never die, but you will




jueves, 11 de octubre de 2012

Once upon a time: Cómo Ten de Pearl Jam me construyó.



Hoy recupero la exaltación a un disco como Ten de Pearl Jam. Un torrente de sensaciones en aquellos momentos vulnerables y porosos que son la primera juventud, donde el hecho de sentirse invenciblemente vulnerable expande la devoción. Siempre estaré agradecido a esta banda por haberme dado esto. Y mucho más después, pero eso ya es otra historia.



(Publicado originariamente para Muzikalia)


Por aquel entonces rondaba los quince años. En 1991 una auténtica explosión de nihilismo existencial, de metafísica más allá de los elásticos y los monstruos de cartón piedra se cernía sobre el panorama rockero internacional. Eran tiempos en los que en la radio comercial hasta se podían escuchar cosas como Nirvana. José Antonio Abellán fusilaba una y otra vez “Smells like teen spirit” en la lista de los 40 un sábado por la mañana.

Algo estaba a punto de eclosionar. Y tuve la fortuna de estar en el momento preciso, con la edad adecuada y con las circunstancias vitales propicias. Me refiero a esa pérdida de la niñez para entrar en la adolescencia donde nunca más se vive, sino que lo que queda ya se sobrevive, como indicaba un lúcido Leopoldo María Panero. Caída de bruces ante las primeras frustraciones, desengaños, violación de la inocencia. Necesitaba algo a lo que asirme y me aferré fascinado a la mirada desorbitada en blanco y negro que desde un televisor proyectaba un tipo llevado en alzas por el público en un estado de trance.

A las dos semanas compraba en los almacenes de mi barrio la cinta original de Ten (91). Y ya nada fue lo mismo. Amaba a algunas bandas por entonces, pero justo en esa edad en la que se es tan ricamente poroso a las sensaciones nuevas, fue algo imborrable la primera escucha de esta maravilla.

Esa intro casi tribal, misteriosa, haciendo honor al potingue de peyote alucinógeno que preparaba la abuela india de Eddie Vedder, Pearl, era la antesala a unas guitarras desbocadas que sonaban desde otro plano. Un puñetazo a los sentidos, una épica epitelial desorbitada, no era posible, jamás había experimentado eso antes, la belleza virgen de las primeras experiencias que nunca mueren. Era “Once”, un tema que sigue poniéndome la piel de gallina, y tras esas geniales guitarras de Stone Gossard, un torrente de voz explotaba: la voz de mi vida. A quien tantas veces he querido escuchar, que me contara, que me entendiese, que me diese un abrazo cómplice al estar perdido, solo, desamparado, incomprendido. Él es Eddie Vedder, nunca posiblemente me conozca, pero yo siempre le agradeceré que mi vida sea la que es gracias a su legado. Deuda inmortal.

Un sonido envolvente, mágico, omnipotente, angustiado en su belleza ahogada que refulge y arde valiente. Esa producción nunca se repitió, criticada por muchos, para mi supone entrar en un hogar cuyo techo donde reverbera es la pared de mi corazón. Nunca sentiré algo tanto. La posterior maravilla, Vs.(93), contraponiendo esto, sonaría cruda y salvaje.

Los temas se suceden y la sensación es la misma: urgencia, inmortalidad, enfrentamiento a la existencia desde la perspectiva del que no rechaza sufrir en busca de sí mismo, de algo que trascienda al gris que a tantos les ha difuminado de nuestro lado ventricular. “Even Flow”, “Alive”… muestras significativas del mejor rock herencia de los setenta, de una obra acongojante de los últimos tiempos, eran ya clásicos entonces. Y ese riff que ejercía de empujón a los días donde sólo miraba al suelo, me permitía poner también a mí los ojos en blanco y repetirme que seguía vivo, con eso, bastaba y sigue bastando. La vida, imposible abarcarla en su plenitud, siempre resbalando entre las manos, a cada ausencia, a cada sueño marchitado.

El viaje continúa amplio, expandido, pasando de la rabia henchida de “Why Go” a los versos de la crepuscular belleza tintada de “Black”, esa frase que ya empañaba la mirada al exclamar quebrada: “Sé que algún día tendrás una bonita vida, sé que serás una estrella bajo el cielo de alguien; pero ¿por qué? ¿por qué? no podrá ser el mío”. La tragedia del ser incapaz, de aceptar la derrota de inicio y aún así merecer la pena la batalla y estar en el frente. Así nos lo mostró años después la fantástica Olvidate de mí de Michel Gondry en lenguaje fílmico.

Más estaciones imperecederas. El bajo desafiante de Jeff Ament anuncia “Jeremy”, la historia real de un chaval con problemas, aislado, que se vuela la tapa de los sesos un día en mitad de clase. Jeremy habló ese día, y reflejaba todas esas veces en que uno se sentía observado en el aula y no se atrevía a preguntar, a hablar por miedo a que se rieran de él, a que le hundiesen. Necesaria siempre, con un desarrollo increíble, fue otro estandarte desde el primer minuto.

La cadencia relajada y onírica de “Oceans” nos mecía en un mar de tranquilidad trascendente antes del latigazo que supone “Porch” una endiablada canción, con tanto nervio que era imposible no hinchar las venas al escucharla una y otra vez. Una nueva demostración de que nada sobraba, de que cinco personas tenían mucho que decir, que necesitaban dar un puñetazo en la mesa y volcar La Tierra para que nos diésemos cuenta de algo.

La introspección excelente de “Garden”, con esos versos de gruesa filosofía existencial, se hacía grande a un mozalbete como yo, pero imponía un respeto máximo. Tramo final con otro eclosión hiperbólica: “Deep”, un tema en la mejor tradición Seattle, tan intensa como “Man in a box” de Alice in Chains o “Let me drown” de Soundgarden, por citar otros evangelios de mi desgastado transitar.

Y final en absoluta comunión, esa improvisación convertida en letanía, “Release”, el eco de una caracola que rememora como las olas te llevan a la deriva, como te liberan en medio del océano, en medio de lo que fuiste y serás.

Casi una hora que daba sentido a haber nacido.


Sentidísima interpretación de Black en el Festival Pinkpop del año 1992. Una banda en comunión absoluta con su público, tocando como si fuera a la par la primera y la última vez que lo harían en su vida, con esa pasión que infligimos a lo que nos supone tanto que es capaz de abstraernos de la realidad. Recomiendo todo el directo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Los sueños fracturados. Kurt Cobain: About a Son.




Es muy difícil tratar de hacer entender quién fue Kurt Cobain a cualquiera que cuando apareciese Nevermind no tuviera unos 15 o 16 años. Yo tuve la suerte de estar rondando esa edad cuando los medios saturaban día y noche con el "Smells like teen spirit" y la incomprensión adolescente, el desplazamiento y el desarraigo los canalizábamos ante los fulgurantes ojos azules del rubio de pelo lacio.Los inadaptados, los tímidos, los feos, los que no triunfábamos nunca, los que nos considerábamos incomprendidos o los que habíamos crecido en hogares convulsos recibiendo una educación que en casos debíamos aplicarnos nosotros mismos, encontramos una Estrella Polar.

Recuerdo escribir en las mesas del instituto con boli bic el famoso "I hate myself and i want to die", el llevar rebecas de lana de pensionista y chuparme las puntas de las greñas pegajosas por las calles, de ir mirando al suelo siempre cheposo, de comenzar a correr y estamparme contra unos cubos de basura y quedarme sentado encima mirando a la gente que pasaba con media sonrisa de bobo...

Y estas, digamos, salidas de tono adolescentes eran en gran medida producidas por este icono que como niño me creé; y como yo, tantos miles o millones de personas. Lloré su ausencia, juré que nunca más llevaría un atuendo de Nirvana, insultaba a la gente que les conoció con el Unplugged de MTV y odiaba especialmente la camiseta con su cara acompañada de la fecha de su nacimiento y muerte.

E inocente de mí, no me había dado cuenta que yo mismo había contribuido a ese culto, a esa elevación del nihilismo y la mitificación teen. Y ahí radicaba el encanto de esa contradicción realmente, como la que siempre le acompañó a él en vida.

Hoy por fin he visto el documental About a son, basado en las conversaciones mantenidas por Kurt con el periodista Michael Azerrad cara a la publicación del libro Come as you are. No tenía muchas esperanzas, después de fiascos visuales sensacionalistas como ¿Quién mató a Kurt Cobain?, verdadero engendro del que sólo recuerdo los comentarios del loco ese de El Duce o películas con coartada arty de las que huyo como de la peste como Last Days, la cual amigos muy cercanos me han dicho no vea nunca.

Pero hoy, sin darme cuenta, me he topado con el material visual definitivo en materia documental sobre Nirvana, o Kurt Cobain si se prefiere. Por un lado, por el hecho de ser la propia voz de Kurt en primera persona la que va relatando su vida, sus sueños, sus recuerdos, sus frustraciones, sus miedos, sus anhelos, sus contradicciones, sus gustos...

No es cuestión de desvelar episodios importantes, graciosos o conmovedores, pero anécdotas como el hecho de considerarse así mismo un marciano de pequeño y que sus padres terrestres lo hubieran adoptado recogiéndole de una nave, deseando cada noche poder reencontrarse con sus progenitores o salvar a los demás niños alienígenas del planeta, dice mucho acerca del desarraigo que desde niño experimentó con respecto al mundo.

Divertida resulta su fijación por las tortugas cuando adquirió algunas en un terrario enorme en el salón para hacerle compañía como antítesis a lo que supone el afecto abnegado de un perro el cual le incomodaba, o los comentarios sobre las fijaciones que las moscas sentían por él y le llevaron a prácticamente plagar una habitación de cintas atrapamoscas por todo el techo.

También hay momentos para la desolación. Uno siente auténtico pavor cuando le escucha hablar sobre su terribles problemas estomacales y de espalda y como se drogaba para poder paliarlo. Ya conocido, de acuerdo, pero que en boca de Cobain adquiere un dramatismo y crudeza heladoras.

Resulta bonito y emocionante verle hablar de entusiasmo sabiendo que termino sus días en un charco de sangre; de los momentos en que conoció a Courtney, la auténtica bomba de relojería que ambos formaban juntos y tanto le divertía en los comienzos o esos intentos fallidos de encontrar su lugar en el mundo al nacer su hija Frances. Muchos propósitos truncados por el destino y que, al ser conocidos, van clavando una aguja de lana al espectador cada vez que asoman.

No faltan comentarios que van desde el sueño de ser una rock star hasta el descalabro completo de la merienda de negros en que el sensacionalismo periodístico convirtió su posición. Y el violento odio que descarga de su boca hacia ellos. El respeto y la comprensión que tuvo por sus compañeros de banda, mutuo siempre, aflora a lo largo de sus exposiciones, incluso en el final de su carrera donde ya no albergaba ninguna ilusión por seguir al frente de Nirvana.

Destacar también la elegancia, buen gusto y sutilidad con que está tratado el apartado visual, utilizando siempre imágenes acordes con lo que el desarrollo estrictamente cronológico en boca del protagonista, algunas bastante evocadoras que suelen ir acompañadas de las partes musicales compuestas para el film por Steve Fisk y Benjamin Gibbard (DCFC), pasajes instrumentales de belleza introspectiva inmaculada.

Quería compartir esta experiencia de haberme encontrado esta tarde con un icono de mis primeros años de desencanto con el mundo y rendir homenaje a una banda única, no tanto estrictamente por lo musical, que no inventó nada nuevo -aunque mejoró el legado de muchas otras-, sino por expresar la lucha contra aquello que nos zarandea violentamente en esta vida; en palabras del propio Cobain, la lucha entre el bien y el mal no desde una perspectiva moralista, sino como la denuncia hacia aquellos que actúan con violencia en cualquier sentido a lo largo de su vida para joder al resto.

Gracias, Kunos.


Interpretación en la presentación de In Utero del tema "Radio Friendly Unit Shifter", muy probablemente al poco de terminar este conjunto de entrevistas que acompañan el film. La intensidad, el desangre sónico y la absoluta falta de decoro en la interpretación, son claros indicadores de la bilis que acompañaba a Kurt en la última etapa de la banda. Recomiendo completo este asombroso concierto descarnadísimo.