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sábado, 9 de noviembre de 2019

Propaganda Electoral. Por Raúl del Olmo.

Diseño y creación de la imagen: Andrés Menchén

Volvía de un paseo impreciso, de esos que se hacen sin saber por qué ni a dónde, acompañados de una voluntad nula y caprichosa.

Abrió la pesada puerta metálica del portal y se dispuso a otear si había algo en el buzón. Nadie escribe, y las facturas de papel se mantienen como una vetusta reliquia del siglo pasado. Él ya tenía todas las facturas electrónicas, como manda el libro de estilo del buen occidental moderno. Aún así, instintivamente acercaba sus ojos a la brecha del compartimento metálico.

En la parte destinada a los habitantes de su piso, un deformado rectángulo de papel mostraba el nombre de dos personas muertas junto al suyo, escritos con tinta azul en dirección ligeramente descendente. Para qué cambiarlo, pensaba, si los vivos y los muertos ya no se diferencian más que por el hecho de seguir respirando unos y luchar por ser olvidados los otros.

Escudriñó el interior descubriendo un sobre acartonado con toda la apariencia de estar facturado en material reciclado y, sobre él, un flyer del Domino's. Giró la llavecilla y subió el tramo de escaleras hasta su casa con las dos comunicaciones en su mano.

Tras prepararse una cena insignia de perdedores con dignidad, consistente en un tomate regado de aceite de oliva, se preparó una infusión de cola de caballo y se acomodó en el sillón. Encendió su SmartTV, seleccionando el app de Youtube para que el apartado de sugerencias eligiera por él lo que le gustaba y lo que le apetecía; delegar para no decidir, rabioso vicio de moda.

Sin prestar la menor atención a lo que apareció en pantalla, se dispuso a abrir ese misterioso sobre reciclado que había rescatado de su buzón. Unas siglas marrones le llamaron la atención en la esquina inferior izquierda del haz: PER. Enseguida comprendió que se encontraba ante propaganda electoral. Tras haber tirado a la basura los días anteriores el resto sin prestarles la menor atención, la novedad que suponía encontrarse frente a un  partido político desconocido, le hizo decidirse a leer la carta que contenía, sin convicción y por hacer algo, lo mismo así tenía un tema de conversación en el trabajo para el día siguiente.

Terminó de leerla y se quedó inmovilizado y con la boca abierta. Tuvo que volver a leer los párrafos más inauditos -o lógicos, según se mire- porque no podía ser cierto que este partido emergente hubiera escrito una misiva así a la ciudadanía de su país.

"Estimad@ ciudadan@ del mundo:

Seguramente estarás cansad@ de recibir cartas como esta pidiendo tu voto. PER ha nacido para que sea la última vez que recibas propaganda electoral; es más, que sea la última vez que tengas que decidir si votas o no y, en el caso de hacerlo, a quién votas. El Partido Ecologista Radical (PER) nace con una perspectiva universal y las próximas elecciones de tu país son las elegidas para darse a conocer.

Frente a otras propuestas enarboladas por la "ecología cobarde", PER apuesta por una conservación asegurada y con futuro pleno para La Tierra. Para ello, nuestro fundamento y objetivo es sólo uno: la completa extinción de la especie humana.

El ser humano es el único animal con capacidad e intención de destruir su planeta, su hogar. Por tanto, la erradicación de su existencia es un bien común colectivo para la supervivencia del mismo. Con este planteamiento único y global terminamos con diversos problemas: desde la falta de recursos a la explotación indiscriminada de nuestro lugar en el universo.

Para lograr nuestro objetivo, nuestra principal propuesta es clara: la prohibición absoluta de la procreación. Esta medida de urgencia impediría el tremendo acto egoísta de traer descendencia humana, evitando con ello la ampliación de población que supone, a su vez, un aumento de la explotación de recursos y malestar general para nuestro planeta. Las personas que infrinjan esta medida serán duramente sancionadas por su completa insolidaridad con el resto de seres humanos que cohabitan en La Tierra y, por supuesto, con el ecosistema natural. Igualmente, se implantará un sistema gratuito de esterilidad asistida para ambos sexos con dotaciones suficientes para cubrir la demanda de peticiones que en este sentido surjan.

El fracaso como especie justifica por sí mismo este argumento que, además, supone la paridad definitiva entre seres humanos: todos somos iguales ante el hecho de sobrar. Un mundo sin la intervención de personas es un mundo libre; (...) tenemos ejemplos donde ha medrado una exuberante libertad salvaje, como Chernobyl tras la hecatombe nuclear.

Igualmente, viejos discursos políticos o absurdos planteamientos supuestamente novedosos carecen de sentido alguno. PER termina con la radicalización capitalista del consumo desmesurado liberal y, también, elimina de facto planteamientos marxistas como considerar la lucha de clases el elemento dinamizador de la historia.

De hecho, este sí es el verdadero fin de la historia, (...) debemos desaparecer por completo. Con constancia, convicción, orgullo y decisión. Para ello, no faltarán presupuestos y acciones gubernamentales encaminadas a facilitar el suicidio voluntario y, en los núcleos familiares que fomenten razonadamente quitarse la vida entre sus miembros, subvenciones y ayudas en compensación a tan honorable fin.

(...)

De la arcaica idea del todo para todos pasaremos al nuevo paradigma del nada para nadie. Contamos con tu voto. Otro mundo sin personas es posible".

Abrió de par en par sus ojos y miró la pantalla del televisor, pulsó el botón de mute mientras se rascaba la cabeza. Giró su cintura hacia la izquierda ahuecando el culo del sillón para tirarse un pedo sordo. Una generosa ración de CO2 invadió la estancia. Al fin y al cabo, ser vegano tenía sus efectos colaterales.

sábado, 14 de septiembre de 2019

La Cura.




LA CURA

Quizás estoy preparado para que alguien me cure, pero olvidé cuál es mi enfermedad.

Olvidé sus síntomas, sus dolencias, sus consecuencias, sus remedios...

Sí, lo olvidé por completo. Y ahora que me siento preparado -diría que hasta dispuesto- a que alguien me sane, olvidé mi enfermedad y, con ello, la virtud de ser curado.

Así que, si vienes a sanarme, disculpa si no sé agradecértelo, si no me asombro de tus prodigiosas dotes.

Disculpa, en fin, si ya no me reconozco enfermo ni tan siquiera involuntariamente sano.

(foto y poesía Raúl del Olmo).

jueves, 4 de octubre de 2018

Huérfanos de historia y utopía, de Armando B. Ginés

Hoy toca escribir sobre un libro que acaba de ser publicado. Se trata ya del quinto envite literario del obrero de la comunicación -y mil cosas más- Armando B. Ginés, editado por Piedra Papel Libros. Su título se antoja elocuente: Huérfanos de historia y utopía, diario crítico del capitalismo actual. El lector al que va dirigido es un "nosotros" aglutinador y claro: todos aquellos a los que nos han desposeído de ambas sin habernos dado cuenta, o no sé si es peor, dándonosla y sin haber hecho nada por evitarlo.

Bien es cierto que para quienes vagamos náufragos -pero alerta- en la monomanía neoliberal capitalista imperante, esta recopilación de escritos, una bitácora de apuntes cotidianos de un ciudadano cualquiera con capacidad crítica y dispuesto a compartirla, no nos enseña cosas nuevas, sino que nos las re-descubre. Tarea reveladora, por tanto.

Desde este prisma, era del todo necesario que alguien nos mostrara qué hay detrás de cada acto o de cada omisión que se produce en esta nuestra sociedad occidental. La finalidad no es otra que ir un poco más allá de la superficie y de la descripción pautada e interesada que nos muestran los distintos medios de comunicación institucionalizados en base a unos intereses económicos y políticos. Y era también recomendable no elevar el discurso. Escribir para todo el mundo, nada de elitismos endogámicos, dirigidos a una supuesta élite intelectual que vive por y para ensimismarse en sus propios pensamientos y opacos debates internos, sin pasar a la práctica real transformadora.

Un meneo solidario donde cada cual se reconoce en su semejante como espejo definitivo y definitorio; una zozobra deseada, un grito para agitar y despertar conciencias y consciencias, azuzando el hambre por saber, por curiosear manchándonos de fango, por buscar y cuestionar aún a riesgo de no encontrar. Una labor fundamental en estos tiempos huérfanos como bien dice Armando: desenmascarar la realidad para vertebrar preguntas, que no respuestas, para facilitar una acercamiento a la verdad crítica, cuestionada y aceptada por uno mismo, que no asumida.

Una apreciación rápida, carente de la digestión adecuada, pudiera suponer que nos encontramos ante una serie de reflexiones apesadumbradas. Nada más lejos de la realidad. B. Ginés no presenta fórmulas mágicas, más bien apela a la interdependencia constructiva de un colectivo cohesionado como esquema de convivencia armónica. Desde luego no es nada baladí ni ingenuo: se trata de una constatación natural, instintiva y palmaria, salvo para aquellas élites incapaces de pensar y de actuar más allá de su propio beneficio sin que les importe el precio a pagar por los demás.

No se trata de dar con la llave adecuada, sino de describir minuciosamente la cerradura para que cada cual, en consonancia con sus semejantes, fabrique el llavero. Por tanto, el libro es sólo una herramienta de pensamiento y de llamada a la reflexión activa para conseguirlo. Una diario cotidiano de batallas universales y milenarias en las que la ternura del caminante muestra un trayecto en el que no resulta difícil reconocerse como individuo vulnerable, ingratamente indefenso frente a la hegemonía ideológica depredadora, erigida a través de la llamada posmodernidad asumida, nunca asumible.

Concluyendo, estamos frente a una llamada a la acción que comienza con una reflexión profunda acerca de quiénes somos y lo más importante: considerar la dependencia de los unos con los otros, del colectivo frente al individualismo teñido de libertad falaz y egoísta donde el fin último es consumir incluso los sentimientos y cualquier experiencia como cénit definitivo.

lunes, 23 de abril de 2018

15 discos para 15 libros


Este mes, el podcast Talk to Him propone una curiosa interacción entre dos artes: la literatura y la música. Cada vez parece algo más evidente que refugiarse en la cultura y el arte es la manera más eficaz de entender el mundo y, en el caso en que esto resulte imposible, resguardarse de su agreste exposición. La propuesta consiste en asociar la lectura de 15 libros a 15 discos que, de una manera u otra, se encuentran emparentados en forma o espíritu. De Gabriel García Márquez a H.P. Lovecraft, de Björk a At the Drive-in, un viaje infinito a través de una danza maravillosa entre notas y páginas. Espero lo disfrutéis. Leer canciones y escuchar libros es una bonita forma de vivir.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Halo


Limpiando cada esquina del pasado,
percibo la silueta del futuro,
vengo a entregar mis armas, no lo dudo,
desafiaré destinos a tu lado.

Agotado y yendo a ciegas,
jornada tras jornada,
descubrí por fin tu brillo,
se parecía mucho al mañana.

Espero aprender en el viaje,
quiero curarme en el camino,

Privado, carente, desposeído,

pero intacto de esperanza
por haberte conocido.

Anhelante y febril, resulta ineludible
que deje de ocurrir lo que no pasa
y suceda lo increíble.

¿Cómo voy a volar
        si llevo el cielo dentro?
Ya no ansío alas ¡para qué!
si surco a pie tu firmamento.

Espero aprender en el viaje,
quiero curarme en el camino,

Sereno, confiado, por fin vivo,

tan lleno de esperanza
por haberte conocido.

Eres la verdad tras los escombros,
la resurrección sin estar muerto,
un balcón cualquiera, con estrellas,
envidiando la luz que da tu cuerpo.

Miro a lo lejos y no hay nada
que no lleve por dentro.

domingo, 16 de julio de 2017

Súper-Desconocido. Por Raúl del Olmo.


Perdone usted, ¿Le conozco? Tiene cara de no saber lo que hace aquí, imagino que más o menos parecida a la que debo de tener yo. Apostaría a que suele venir a este lugar, el caso es que su persona me suena, no sé muy bien de qué o por qué, pero me suena. Vamos, por favor, no me mire con esa cara, no se asuste, hombre. Nos pasa a muchos: nos encontramos en este sitio y nos quedamos con este semblante de no saber qué decir; qué demonios, ojalá fuera no saber qué decir, ni siquiera sabemos qué pensar. Sin temor, eso es, lo único que merece provocarnos miedo es la posibilidad de acertar, que para que nos lo provoque equivocarnos sirve cualquier cosa.

Si no aparta sus ojos de mí voy a creer que está usted tramando algo, elucubrando váyase a saber qué historias. No pregunte, no, mejor no pregunte. Hace mucho tiempo que las preguntas sólo generan dudas ¿verdad? Y las dudas, a estas alturas del camino, ya sabe usted que son lo más parecido a una contradicción que nos ha salido inteligente, la muy condenada. Le contaría tantas historias…tantas y tantas…pero, a decir verdad, tiene usted pinta de saberlas todas; o, si me permite la osadía, de ignorarlas aún más, como yo, como cualquiera que pasa un rato delante de usted.

Qué tiempos aquellos en los que uno pasaba por aquí y no veía a nadie. Bueno, sería mejor precisar que no notaba a nadie porque verse, ya me dirá a mí si hay alguna forma de no hacerlo. De acuerdo, claro, la de estar ciego, pero los ciegos lo ven todo por eso de no tener castrada la imaginación con la observación de la realidad. Ya me estoy poniendo pesado, como tantas otras veces dirá usted, y no le faltará razón.

A veces me hago una pregunta absurda, más bien la pienso, que decirla a solas en voz alta sólo lo hacen los locos cuerdos y las madres cuando no entienden la conducta de sus hijos. Mi pregunta es ¿vendrá usted alguna vez aquí sin estar yo? Lo mismo le parece una solemne estupidez preguntármelo, lo asumo, soy un bobo solemne, pero si yo soy un bobo solemne usted es un súper-desconocido. Así, con el absurdo calificativo de súper, como los héroes de los tebeos, como los héroes que ya no existen en el mundo moderno cuya identidad secreta es su corazón.

¡Pero hable…pero diga algo, buen hombre! No se quede con ese rostro de pasmado. Ay, dios mío, el día que tenga yo parecido semblante lo mismo no vuelvo a aparecer por aquí. Ya sé: la vida le ha pasado por encima, pero es suya ¿lo sabe?, al fin y al cabo es suya. Úsela con frívola responsabilidad; no se gasta, pero se acaba. A lo mejor sencillamente consiste en no entender nada, pero estar dispuesto a comprenderlo todo. ¿Y qué hará usted si yo no vuelvo, eh? Vale, sí, le estoy interrogando en demasía, me lo permito, no por conocerle, sino por sernos inevitables, alguna licencia habría de tener la concurrencia cotidiana de nuestros seres y estares.

Otras veces he fantaseado, no se lo ocultaré, con la idea de que usted y yo no volviéramos a vernos por este sitio más, algo que fuera mutuo, meditado, deseado en silencio. Ya ve, qué osadía la mía, pensar por ambos ¿ha visto? Pero entonces, de pronto, es como si me acordara muy fuerte de usted o quizá de mí y, no sé, como que no me lo imagino. Al fin y al cabo nos hemos hechos tan imprescindibles como inexcusables, nos parecemos a esos viejos amores que ya no conocen otro campo de batalla que sí mismos.

Hay ocasiones en las que le mandaría a la mierda. Así, con todas las letras, pero sin decir ni una palabra. Hace tiempo que ya estoy en la edad de hacerlo de esta forma. Es fantástico: el viajero no lo sabe, pero su éxodo inexorable hacia el destino fecal es una prueba irrefutable. Discúlpeme la sinceridad en bruto, pero si no la tengo con usted, ¿con quién hubiera de tenerla?

Qué despropósito, darle yo la tabarra de esta forma, como si no tuviera suficiente conmigo mismo. Los ojos mojados y la sonrisa torcida ¿a qué jugamos ahora, buen amigo? Posee usted esos surcos reveladores que hablan de ilusiones yermas, de haber alimentado los sueños sin dar de comer a la realidad. Lo sé, lo sé…nos pasa a todos, pero siempre miramos hacia otro lado. Aquí eso es imposible, ¿eh? Aquí nos tenemos frente a frente.

Bueno, si me lo permite me voy a ir ya. Usted puede quedarse, pero algo me da en la nariz que se marchará también, nos daremos la espalda y nos volveremos a ver algún otro día, es ineludible, pero a veces deseo que estuviera aquí sin estar yo; o, más bien, me hubiera gustado que usted hubiera llevado otra vida, aunque hubiéramos seguido compartiendo el mismo espejo.

domingo, 11 de junio de 2017

Estrellas en sus ojos


Estrellas en sus ojos,
ríos por mis venas,
aquello era sentir,
merecía tanto la pena.

¿Te acuerdas tú también?
de esos días no queda nada,
dos miradas hacia el techo
desde una misma almohada.

Estrellas en sus ojos,
sobresaltos en mi alma,
resulta triste dormir hoy
en esta misma cama.

Ahora lo repito en silencio,
cómo olvidar aquel delirio,
mirándonos diciendo:
"Nadie muere en domingo".


domingo, 14 de mayo de 2017

Heridos


Aunque esto me duela,
voy a cerrar los ojos.
Es la forma que nos queda
de contemplar algo hermoso.

A veces imprevista,
casi siempre improbable,
nunca consigo impedir
llevarte en mí cada instante.

Heridas curando heridas,
como si eso corrigiera
los errores de la vida.

Yo tampoco necesito que exista
para jurar que se ha perdido,
buscando a ciegas lo imposible
y encontrando solo lo prohibido.

Con las alas cansadas de reptar
me escondí en un edificio de cristal,
el lugar menos prudente y cabal
si una víctima se quiere dejar notar.

Heridas lamiendo heridas,
como si eso permitiera
confiar en meras fantasías.

Inmortalizas los atardeceres del mundo.
Mira de nuevo el sol, ¿no lo ves profundo?
Es justo ahí dentro donde yo me hundo.

Heridas abriendo heridas,
como si eso nos dejara
olvidarnos sin mentiras.

(Letra, fotografía: Raúl del olmo)

lunes, 1 de mayo de 2017

Him. Una historia de amor. (En 46 tweets).



1. "Si llego a 25 favs de este tuit, os cuento en tuits encadenados mi única cita de Tinder y luego lo borro. Para que veáis a quién seguís".

(N. del R. tras escribir este tweet, en cinco minutos ya habían llegado esos 25 favs).

2. "Sois unos hijosdeputa. En fin...empiezo".

3. "Tinder para mí es una mierda y me deprime, lo he instalado un par de veces y borrado al poco tiempo. Me dedico a dar like a un 0,1% de tías".

4. "Y, claro, todas pijísimas que están buenísimas. No leo una mierda de su bio ni hostias. Total, que os imagináis lo que les importo yo".

5. "Yo con camisetas de los Pixies y tirao en un edredón de flores. El acabose. Ni una se interesaba".

6. "Una vez, una me hizo match y me entra diciendo "Eh, Pearl jam. ¡Una camiseta de Pearl Jam!" Y yo, frunciendo el ceño. "Otra que me va a timar".

7. "Al final ésa era redactora o no se qué del Binaural. Una tía interesante, me cansé y lo desinstalé. No la vi en mi vida".

8." El caso es que esta última vez lo iba a borrar y el último día veo una tía y digo "yo creo que está buena". Y entonces... match".

9. "Y leo que ha trabajado en un programa de la tele de esos con muuuucha audiencia que yo no he visto en mi puta vida, claro. Y digo, "ni zorra".

10. "Total, hay que hablar, eres el hombre y esas cosas medievales...y digo "hay que ser creativo" y no sé qué hostias le pongo. Ella contestó".

11. "Tonteamos, lo de siempre y le pido indirectamente el teléfono, os imagináis...sacando más pecho que los pavos en plan "te lo tienes que ganar".

12. "Y yo ya..."Puff..qué pereza". El caso es que la tía me hace un stalkeo integral y da con todo, TODO lo mío en internet. Y llega a...twitter...".

13. "Empieza a leer el twitter...y se vuelve LOCA, LOCA TOTAL, (la chica es muy twittera al parecer). Me sigue, me hace RT...".

14. "Y de pronto, tras dos días sin hacer mucho caso, me encuentro su teléfono directo ahí mandado de golpe...y las bragas porque no pudo, entiendo".

15. "El tío tirao...que pidió un teléfono sin éxito dos veces con cierta gracia de pronto lo recibe sin pedirlo y ya sabéis "joder...cómo escribes".

16. "No pensaba yo que en Tinder alguien iba a escribir así" "tu cuenta es buenísima" "un chico majo que escribe bien"...

17. "Y yo todo el rato mirando sus fotos. "Pues parece que está buena, ojo que es de la tele, las maquillan y eso". De su vida, ni caso".

18. "¿Quedamos?" "Vale". Y yo al momento "para qué tío, un fracaso, uno más" "¿No te basta con pasados eternos y presentes que no existen?".

19. Callao. "Hola" "Hola". Pienso: "Puff..tío, ahora hablar...sacar gilipolleces...tu corazón no está aquí, tu polla tampoco".

20. "Un té. Sitio cool, primeras risas y dice "La próxima vez eliges tú el sitio". 20 minutos juntos y dice "LA PRÓXIMA VEZ". Eso es bueno, creo".

21. "Lenguaje visual, sonrisas, leves toques de brazos y manos. Hablando chorradas. Mirando al suelo a veces yo. "Levanta la cabeza, tío".

22. "Total. Buen feeling. "¿Y si cenamos algo?" "Vale, genial". Vas bien, sólo has pensado 16447 veces en la chica que te gusta de verdad y no ves".

23. "3734783743847 veces en el amor de tu vida que perdiste por capullo. Pero va bien".

24. "Ella no bebe casi. Yo no soy nadie sin beber. Pedimos dos margaritas con la cena. Se le sube. Se cierne hablar de nuestras mierdas. DANGER".

25. "Total, confesiones. Todo muy chungo. La lívido mutua se va a 2000 kms y ella...se pone a llorar y yo...pues...ya sabéis, soy el del avatar".

26. "Total...rimmel corrido, sonrisas tristes cruzadas...un café...se queda frío...coger el metro...abrazo fuerte...muy fuerte...se van...".

27. "Pero claro, un gilipollas de mi nivel no puede nunca dejar las cosas ahí...tiene que ir mucho más allá..."Tío, todo tu puta culpa, desastre".

28. "Saca el móvil y mándale un mensaje ahora mismo".

29. "Him: "¡Eh, tenemos que volver a quedar!"
Ella: "¡Sí!".

30. "Entonces... pasan los días. Y me pasan cosas. SPOILER: ver foto de IG de la paloma con la nevada".

31. "Os resumo: mucho más jodido porque quien me gusta me ha dicho por 572346575467846 vez que paremos con algo que no va a ninguna parte".

32. "La 572346575467847 fue la definitiva".

33. "Y yo, sin ninguna esperanza con aquello que me la dio, el día de la nevada más brutal del año, quedo con esta otra chica esa noche".

34. "Sol. La tortuga. Llega muy abrigada, me asusta por detrás "¡uh!" Sonrío triste. No estoy allí y me sé de memoria mis zapatos mientras ando".

35. "Me mira, sabe que soy un animal herido. Pero... vamos a fumarnos unas shishas mientras me cuentas cosas alegres, chica".

36. "Han cambiado el sitio. ¿Te acuerdas cuando ibas con tu amor, Him? Qué bonito era, ¿recuerdas sus ojos vivos por ti? Ya no queda nada".

37. "Ella habla mucho, no para, pide un boli a los dueños, hace un dibujo, te cuenta cosas sobre las películas para que no sean machistas...".

38. "Te cuenta otra cosa ingeniosa, te mira, quiere impresionarte con mucho cariño, y tú no estás Him, eres un fantasma, transparente y te duele".

39. "Vamos a cenar a otro sitio. La miro y me mira. Ojalá le guste mucho menos que el otro día como me pasa ahora mismo a mí con ella por mi culpa".

40. "Baja al baño. Miro el móvil. "No te va a volver a escribir nunca más quien te gusta, te lo ha dicho. Y lo sabes. No mires, es inútil".

41. "Vuelve. Y me rompo...saco toda mi frustración, mi desamor, mis errores, mis infiernos, mi incapacidad, todo allí, en bruto, 100000 tuits".

42. "Su cara cambia. Está desilusionada. Y me dice la gran frase...".

43. "Tío, tú tratas a las chicas como si fuéramos tu psicólogo". Tocado. Hundido. Se acabó".

44. "Nos despedimos. Sólo una imagen en mi cabeza. No sé si reír o llorar".


45. "Epílogo: Al día siguiente me envía una imagen con frase de auto-ayuda de Jodorowsky por DM. "Gracias". Fin. Ya sabía yo que algo no encajaba".

46. "Os quiero mucho. Me he mirado los pies escribiéndolo".

domingo, 16 de abril de 2017

Perpetua


Perpetua

Acompáñame, ausencia, haz mi soledad más sola.
He perdido el mapa de la imaginación,
árboles con alas escribiendo esta canción.

Una invasión de puntillas conquista el abismo del olvido.
Descifro el jeroglífico anatómico de un deseo,
uno las partes y no se muestra entero.

Al futuro le pedí detener el tiempo,
algo cercano a ser eternos.

Dicen que elegir es renunciar,
yo no pienso optar a nada.
Juntos, y ya veremos dónde,
juntos, y ya sabremos cómo.

Sonrío a los perros vagabundos,
poco más me queda en este mundo.
Convierto puertas en ventanas,
mueren los días y nunca pasa nada.

¿Regresará o nunca estuvo?
Dudo de lo que estoy seguro.
Verdades guardadas en miradas perdidas;
bien, en esto debe de consistir la vida.

Al pasado le pedí resucitar un recuerdo,
algo parecido a existir sin hacerlo.

Dicen que elegir es renunciar,
yo no pienso optar a nada.
Juntos, y ya veremos dónde,
juntos, y ya sabremos cómo.

Vacío presente,

presente ausente,
idea perenne.

Juntos, y entenderemos el porqué.

(Letra: Raúl del Olmo)
(Gracias a @BlitXu -PablitXu- por contagiar motivación y mostrar tanto entusiasmo).
P.D. Esto no pretende ser una poesía, pretende ser la letra de una potencial composición musical.

domingo, 12 de marzo de 2017

Ensayo sobre el miedo.


"No quiero dormir por miedo a no soñar".
(Raúl del Olmo).
"La libertad es no sentir miedo nunca". 
(Nina Simone).


Hoy vamos a hablar de una de las sensaciones más humanas que puedan existir: el miedo.
Pocas cosas nos asaltan de una manera más inevitable que el miedo. El miedo es una sensación universal e instintiva que abarca todo el espectro de fenómenos, tantos los conocidos como los desconocidos. Es peligroso ensimismarnos en su recreación ya que supone algo parecido a una droga capaz de inmovilizarnos con su estático deleite personal. Parece un refugio atractivo muchas veces, y es dañino: resultara como si se estuviera confortablemente allí. Es probable que el miedo sea saber, en el fondo, que las cosas podrían ser de otra forma y quedarnos quietos en vez de hacer algo. El primer escollo que tenemos que salvar es el propio enfrentamiento que surge al confrontar idea y realidad. Cuando la imaginación se convierte en el refugio del miedo, es tiempo de tirarse de cabeza a la realidad.

Generalizando, la mayor victoria a la que podemos someter al miedo es a la de vivir en su máxima expresión sin él. Es posible que no sepamos nada de la vida, pero prometernos a nosotros mismos cuidarla y no asustarnos se me antoja el principio natural para disfrutarla. La vida es demasiado corta como para tenerle miedo. El miedo no se tiene a preguntar, el miedo se tiene a la respuesta. Cualquier miedo exterior se produce muchas veces por el pánico no asumido que da la propia vida que se lleva.

Es sorprendente que muchas personas le tengan tanto miedo a la muerte cuando a lo que deberían tenérselo es a vivir sin que les ocurra nada de nada: es preferible, pienso, el entrañable miedo a que todo salga bien antes que la acartonada paz de que nunca pase nada. Para algunos, la vida se reduce a esperar que les pasen las cosas que no son capaces de buscar ellos mismos por miedo o por pereza. Pocas cosas distinguen más a las personas que la división entre las que le tienen miedo a la vida y las que le tienen miedo a la muerte. Aunque lo más peligroso es despertarnos un día y que nuestro miedo se haya convertido en indiferencia, ese día sí que podemos darnos por muertos.

Se supone que vivir debiera de ser algo así como no tener miedo a equivocarse por el temor que provoca acertar, más aún que equivocarnos en no pocas ocasiones; aunque peor que ambos miedos siempre será el miedo a no hacerlo. Nuestra misión es encontrarnos para buscar de nuevo sin miedo a perdernos: si juegas con miedo, perderás ganando. Mostrar debilidad sin miedo es la mayor fortaleza. Resultamos indescriptiblemente bellos sin el miedo a intentar volver a ser felices o a encontrar sentido a las inmensas cuestiones existenciales; es paradójico como una de las mayores amenazas del miedo es la posibilidad de ser feliz. Madurar emocionalmente la idea de que toda fuente de felicidad es perecedera, que vivir consiste en momentos felices intermitentes y no en ser feliz como ideal absoluto, es la clave para desterrar ese absurdo miedo a la felicidad, cambiándolo por esperanza. Vivir es encontrar el difícil equilibrio entre el ansia infatigable de buscar y el miedo erosionante de encontrar.

Llama la atención el miedo que experimentamos ante la incertidumbre, y una de sus mayores manifestaciones es la temporal. Miedo es sentir que cada vez el tiempo pasa más deprisa y, sin embargo, nos ocurren menos cosas. A veces, también, puede atenazarnos el miedo constante de que lo que está a punto de ocurrir no pase nunca. Su manifestación más evidente es en forma de futuro. El futuro, ante su inexistencia manifiesta, produce temor, y es curioso, a su vez, como el miedo al futuro proviene del pasado y viaja hasta él; una paradoja en sí misma cruel e irónica: tememos lo que pueda ocurrir en base a nuestra experiencia a través de lo que ha ocurrido, este hecho supone la venganza definitiva del pasado ausente: condicionar nuestro futuro a través del miedo que sintamos ante él a través de una determinada serie de pensamientos, motivaciones o conductas. Uno de los miedos a los que conviene superar se trata del miedo de habernos dado cuenta demasiado pronto de que es demasiado tarde. De nuevo, la experiencia a través de nuestras vivencias actúa como freno de mano y el miedo nos embriaga al comparar inevitablemente personas, situaciones, cosas y lugares sin que la mayoría de veces exista un hilo conductor propicio para realizar esas asociaciones mentales tan arteras. El mayor fracaso es tenerle miedo a volver a fracasar.

Obviamente, el miedo también se manifiesta en otra dimensión básica como lo es la del espacio. El miedo es en sí mismo distancia; distancia con respecto a todo y a todos. Aleja, aisla e inmoviliza. Mientras el miedo, la cobardía y la pereza sean mayores que la distancia que nos separa, seguiremos todos solos. Distancia entendida en todas sus percepciones, más allá de la distancia netamente espacial.

Más paradojas caprichosas de nuestro protagonista: nos asusta el miedo de la gente; es el miedo de los otros muchas veces el que nos hace temer y, de esta forma, manifestarse no ya sólo como sensación interna, sino como sensación colectiva castradora de todo posible proceso de cambio que conlleve modificaciones sustanciales con respecto a lo establecido por costumbre y tradición. El miedo, la sumisión y el servilismo son actualmente los principales factores de degradación humana. El miedo, por tanto, se vence en común y desde esa perspectiva social, la ignorancia suele ser su mayor caldo de cultivo y su resultado, la cobardía militante. Y esto genera, a su vez, la terrible venganza del cobarde para redimirse de su miedo a través de la intransigencia, un miedo que suele recaer sobre lo desconocido o lo que no se entiende. Llama la atención lo mal repartido que está el miedo en este mundo, y resulta trágico comprobar lo mal que se lleva la bondad con el miedo, pocos matrimonios más despreciables que el que existe entre éste y la maldad. Que la inteligencia y el conocimiento produzcan miedo y la estupidez ayude a socializar en nuestro día a día es una de las cosas que más llegan a asquear en los tiempos modernos. La ecuación es tan sencilla de plantear como difícil de poner en práctica: el mundo cambiará cuando los que se encargan de crear el miedo lo sientan en sus carnes.

Otra forma de miedo terriblemente humana es el miedo a perder. Y no nos estamos refiriendo únicamente a cosas tangibles, va mucho más allá: nos estamos refiriendo a la abstracción de las emociones y los sentimientos. En este ámbito destaca especialmente el miedo a amar. Ese miedo es uno de los que más se basan también en la experiencia y resulta extraordinariamente añorable la inocencia perdida de amar sin miedo a perder. El miedo a perder no debiera devenir en un miedo aún más atroz, devastador y sordo: el miedo a mantener algo por el mero hecho de hacerlo, por propia inercia. Pocas prácticas cotidianas erosionan más la pasión por la vida.

En el ámbito artístico me llena de satisfacción vencerle al miedo por resultar sencillo. Pocas cosas más complicadas que ser sencillo; ya saben ustedes, todo lo contrario a resultar simple y en el ámbito de las artes parece que existiera un terror manifiesto (recuerden el horror vacui) a huir de la floritura y de la pirueta estilística compleja. Afortunadamente, la experiencia y el conocimiento devienen en apreciar la sencillez como una de las armas definitivas de la belleza artística más honesta. Por otro lado, para aquellos infatigables amantes del conocimiento y de la cultura existe otro miedo muy común y menos expresado y discutido de lo que debiera: el miedo constante de que todo lo que nos guste no nos sepa conquistar.

Y el conocimiento del mundo artístico tendría su correspondiente paralelismo en el conocimiento personal. Particularmente, algunos vivimos en la terrible contradicción entre querer siempre conocer personas nuevas y el terrible miedo a que casi todas nos aburran. Es peligroso el miedo constante a que cualquier persona piense que no es suficiente para nosotros y viceversa, ambos nos condenan a una existencia aislada en la isla desierta de nuestro propio ser. Otros temores notables son el miedo a creer que ninguna presencia llene jamás el hueco de una ausencia o el miedo a que nada nos parezca excitante en el mundo actual. En ambos casos, sólo el tesón y la constancia basada en una ilusión alimentada por la esperanza en nuestra propia especie, unidos a la capacidad por seguir sorprendiéndonos sin renunciar a la curiosidad y a sentir sin reservas, pueden compensar tan amenazadores planteamientos.

Quizás pocas veces reparamos frente a una posibilidad no tan remota como pudiera pensarse y es la que supone otro juego perverso y divertido del lenguaje: hacer valiente al miedo. El auténtico miedo pareciese que fuera el de mostrarse lo suficientemente valiente y fuerte como para mostrar debilidad. Atreverse a sentir miedo es una manera de vencerlo. Sólo a través de experimentar la sensación de miedo conseguimos vencerlo, pero más allá de vencerlo, conviene educarlo, hacerlo nuestro sin huir de él y, en definitiva, aportarle el valor suficiente para que deje de tenérselo a sí mismo. Esa victoria sería similar a la de ilusionar al desaliento en el ámbito motivacional. Aunque, pensemos por un instante...¿no será que todo aquello que no nos da miedo no nos interesa lo suficiente como para merecer la pena?

Ahí les dejo con el interrogante, pero, háganme un favor: no teman.

viernes, 20 de enero de 2017

Taxi a Chapinería. Escrito por Raúl del Olmo.


Sabía que no tenía motivos para hacerlo. Simplemente lo decidió de manera instintiva. En su mente sólo podía rememorar una y otra vez la sensación completa de avinagramiento. De pronto pensó absurdamente si el sustantivo vinagre demandaba ir acompañado por el artículo "el" o "la". Ni idea de por qué pensaba esto, ni idea de nada. Levantó el brazo, parecía un grotesco muñeco de nieve sucio y sin alma. Entró empujado por la inercia inequívoca de quien un día fue feliz -y vaya usted a saber si lo será de nuevo-. "A dónde vamos". "A Chapinería", contestó, "lléveme usted a Chapinería, si hace el favor".

"Me va a disculpar usted, ¿Que le lleve a dónde?".
"A Chapinería, quiero ir a Chapinería".
"¿Cómo que a Chapinería?".
"Sí, le digo que me lleve para allá, que me lleve a Chapinería".
"Disculpe, no puede ser...¿a Chapinería?".
"Demonios, ¿en qué idioma hablo? Que arranque de una vez y nos dirija a Chapinería. CHA-PI-NE-RÍ-A, caballero".
"Chapinería...imposible".
"¿Pero qué dice usted?".
"Supongo y entiendo que sabe lo que ocurre cuando alguien llega a Chapinería..."
"Pues por supuesto que lo sé, pero todo lo demás que encuentre allí me compensará con creces las consecuencias de ir a Chapinería".
"Yo sólo le advertía. Son muchas las personas que después de estar en Chapinería se arrepienten de haber realizado ese viaje".
"Hace años ni se me hubiera pasado por la cabeza la idea de ir a Chapinería, pero esta noche he decidido que me da igual. Ya no hay verdaderamente nada que me impida tomar ese rumbo".
"A lo largo de mi experiencia en el servicio, le aseguro que he llevado a muchísima gente a Chapinería, pero no sé si fruto de la casualidad o no, no ha habido ni un solo pasajero que haya repetido el viaje".
"Quizá se hayan quedado para siempre allí".
"Fíjese que no lo creo...".
"El caso es que yo ya no tengo motivos para dudar acerca de si quiero ir o no a Chapinería. Estoy convencido de que la deriva me lleva en esa dirección".
"Es arriesgado, dese cuenta de que no elige usted aquel recuerdo bonito que olvidará para siempre".
"Bah, como si me importara eso. He llegado a un punto de mi vida en el que no tengo nada bueno que recordar. Figúrese".
"Es algo terrible la consecuencia. Mire: usted llega a Chapinería, hace lo que quiera hacer, está el tiempo que desee, pero después, al regresar, un recuerdo agradable de su pasado se habrá borrado para siempre".
"De verdad que me da igual. Sé que suena exagerado, o increíble directamente, pero es así".
"¿Nada? ¿es posible que no exista una sola cosa que tenga miedo de olvidar?".
"Nada, de veras".
"Seguro que hay algo, hombre. Vaya atrás en el tiempo, al pasado, a la infancia...de niños siempre se nos queda algo en la cabeza que resurge en las tardes de verano que huelen a lugares perdidos en la memoria".
"El perro Curro".
"¿Cómo?"
"Sí, el perro Curro, me acuerdo del perro Curro".
"¿Por qué recuerda a ese perro?".
"No sé, de pequeño era muy tímido y no tenía casi amigos. Me escondía cuando veía gente conocida por la calle. Me tiraba cuerpo a tierra detrás de los coches. Los chicos se reían de mí y los mayores pensaban que era un tarado".
"¿Y qué tiene que ver eso con Curro?".
"Curro era un perro vagabundo. Ni idea de por qué todo el mundo le llamaba Curro si nadie le había puesto ese nombre. Cuando me veía escondido en cualquier parte, se acercaba meneando el rabo y sacando la lengua para que le acariciara. A veces me lamía las lágrimas hasta hacerme casi sonreír".
"Yo pensaba que Curro era sólo un nombre de persona. Mi padre era persianista. Tenía un compañero cubano, él le llamaba Currito Americano".
"¡Vaya, suena realmente absurdo!"
"¡Completamente!".
"Bueno, ahora que lo pienso...me acuerdo también de Aurelio, el hijo de la señora de la droguería. Mi único amigo de la infancia. Su madre le vestía invariablemente con un chándal de tactel. Estaba obsesionado por explicarme a todas horas la teoría de cómo se tenían hijos".
"¿Y cuál era esa teoría?".
"Aurelio me decía que para tener hijos lo que hacía falta era comer mucho cada día. Pero mucho, mucho, sin parar, vamos; eso provocaba el embarazo y luego, al ir al servicio, en vez de salir una cantidad generosa de mierda por nuestro esfínter, saldría un bebé. Eso sí, incidía en que había que tener especial cuidado en recoger al niño antes de que se colara por la taza del váter y se ahogara".
"¡Qué me dice! ¡esa imaginación es prodigiosa!".
"Calle, calle...yo recuerdo...que engordé más de diez kilos comiendo. Estaba tan solo que lo único que quería era tener un hijo comiendo sin parar para poder querer a alguien".

Las risas entre ambos estallaban dentro del vehículo, fuera llovía. Una manta fina de agua difuminaba la luz de una farola y le daba a la escena la apariencia de un cuadro cualquiera, de esos que las abuelas cuelgan tan dignas ellas en la sala de estar de su casa, alejadas de cualquier pudor presunta e intelectualmente artístico.

La conversación continuó fluyendo animada, inverosímil y sorprendente, como las cosas inesperadas que asaltan nuestra rutina diaria de puntillas.

"¿Y dice usted que se llamaba...?"
"Jovita, se llamaba Jovita. Esa niña estaba loca. Se asomaba al balcón de su casa, ¿qué serían?, pues tres o cuatro metros de altura por lo menos, y allí la tenías, con las alas que se había fabricado de cartón, papel charol o vete a saber qué colgadas con dos cuerdas a su espalda; saltaba la barandilla ¡y se tiraba al jardín de abajo un día sí y otro también para intentar aprender a volar! Fue la primera vez que me enamoré. Quizá la única. Por cierto, llevamos horas hablando aquí y todavía no nos hemos presentado. Me llamo Raúl. ¿Cómo se llama usted?".
"Mi nombre es Enrique David de Carlos. Mi padre me enseñó que siempre había que presentarse con nombre y apellido por una mera cuestión de formalidad".
"Bueno, mi apellido da igual, posiblemente ni siquiera pueda recordarlo. ¿Sabe? he decidido que hoy ya no quiero que me lleve a Chapinería".
"Vaya, ¿y se puede saber por qué? parecía usted tan convencido...".
"Sencillamente me he dado cuenta de que hay un momento el cual no querría correr el riesgo de olvidar".
"¿ Y se puede saber cuál es ese momento?".
"El primero en el que he vuelto a ser feliz por un instante desde hace mucho tiempo: éste".

domingo, 28 de junio de 2015

¿Existe futuro para Juego de Tronos?


(ATENCIÓN: este texto puede contener spoilers literarios o televisivos de los universos Canción de Hielo y Fuego y Juego de Tronos).

Tras devorar en tres días la quinta temporada de Juego de Tronos, me dispongo a escribir de nuevo un artículo sobre unas de mis aficiones principales -y la de tantos otros en los últimos tiempos-, las series de televisión contemporáneas. La verdad es que nunca pensé que escribiría algo sobre el universo asociado a George R.R. Martin, pero creo que la multitud de incógnitas e interrogantes que deja la serie y su correspondiente paralelismo con los libros que aún quedan por escribirse de la saga Canción de Hielo y Fuego, abren un interesante debate sobre el futuro que les deparará a ambos formatos y sobre la cada vez más difícil –o fácil, según se mire- relación entre ambos.

Resulta curioso que sea precisamente ahora, en el momento en que la serie quisiera distanciarse más de las tramas literarias o, al menos, adquirir determinadas licencias para abrirse su propio camino no tan dependiente -tarea harto complicada sin soliviantar a la parroquia de fans del universo escrito- cuando más presteza y tino ha conseguido su adaptación televisiva.

 La presión que se adivinaba en pasadas temporadas, especialmente en la segunda y la tercera, tras una inmaculada y soberbia primera temporada para enmarcar en el universo de las grandes obras maestras de las series modernas, parece haber disminuido. Y es que la fidelidad, atmósfera y solemnidad alcanzada con aquel arranque no es fácil de olvidar.

Me resulta divertido ahora recordar mi ingenuidad primitiva al visionar los primeros tiempos de la serie y ponerle un “pero” por omitir al personaje de Edric Tormenta –el hijo bastardo de Robert Baratheon oculto en RocaDragón-. Torpe de mí, poco sabía por entonces que ése sería un detalle de lo más nimio comparándolo con el libre albedrío posterior que iba a alcanzar la adaptación televisiva.

Sir Psycho-Sexy

El nuevo aire que le veo a estas alturas a Juego de Tronos muy probablemente venga marcado indirectamente por la pérdida de fuelle e incomprensibles juegos literarios que Martin pone en práctica en sus dos últimos libros, los fallidos Festín de Cuervos y Danza de Dragones. El principal, el de dividir el desarrollo de tramas que confluyen en el tiempo y separar a sus distintos personajes en dos libros que aparecieron publicados con seis años de diferencia.

Al problema añadido de la parsimonia a la hora de escribir del autor, hay que sumar la complejidad estructural del universo Martin, no sólo ya por su ambicioso juego a novela-río definitiva de la historia, sino a la multitud de detalles escondidos en sus miles de páginas, imposibles de recordar con el paso inexorable del tiempo para el lector. Desde luego, no resulta fácil seguir adecuadamente la saga con espacios temporales entre volumen y volumen que se pueden ir fácilmente a los seis años o más entre volumen y volumen.

Esto provoca una irritante sensación de estar ante un Diógenes de narrativa estéril con quien resulta harto difícil una implicación directa a través de la multitud de cauces abiertos, más o menos excitantes, ya que el lector, al enfrentarse a un nuevo libro, no recuerda prácticamente más que su esqueleto esencial.

No diré nada nuevo si digo que la mejor solución hubiera sido la de soltar lastre y no estar tan obsesionado por crear un engendro tan abominablemente grande que acabara por devorar a su propio creador. Vamos, menos páginas, menos lapsos de tiempo entre obras y más rescate de lo fundamental.

Por tanto, lejos de achacarle a la serie la preocupación principal de alcanzar –Hasta luego, Bran-, o incluso superar, como ha terminado ocurriendo, el desarrollo hasta el que ha llegado Canción de Hielo y Fuego, hay que terminar por felicitar a los responsables de su adaptación televisiva por el coraje y la determinación de tomar un camino propio, más allá de la traición al espíritu original o la omisión de determinadas circunstancias, personajes o hechos.

La agilidad narrativa en el formato de pantalla también ha logrado hacer permanecer intactos el aura, el carisma y el encanto de personajes absolutamente agotados en las páginas de los libros por sus subtramas, divagaciones y caminos a ninguna parte. Sirvan como mejores ejemplos Daenerys Targaryen, Arya Stark y Tyrion Lannister.

Despojados de toda la broza posible, las tramas de estos personajes fluyen ágiles, quizá algo disminuidas en cuanto al montante psicológico de los personajes, eso es innegable, pero, al fin y al cabo, discurren acertadamente adaptadas al formato televisión sin caer del todo en lo obvio y burdo.
A destacar para lograr este hecho el innegable trabajo de producción. Se nota que hay presupuesto. Comparen si no los tremebundos desarrollos audiovisuales de esta última temporada con las elipsis en las batallas de la primera temporada o el chirriante aspecto de los dragoncitos recién nacidos con el deambular estratosféricamente majestuoso de Drogón a día de hoy. Para ello, HBO concentró todo su poder económico en Juego de Tronos, llegando a eliminar una teórica sexta temporada entera y la reducción a siete episodios de la quinta, de su fastuosa y absolutamente imprescindible Boardwalk Empire para ello.

Otros ejercicios deslumbrantes en materia audiovisual los encontramos en el octavo y noveno episodio de su última temporada hasta el momento. La licencia argumental llevada al infinito de su potencial televisivo como lo es el enfrentamiento entre caminantes blancos y muertos contra los salvajes y un pequeño reducto de la Guardia de la Noche, es una auténtica golosina para los sentidos, un tour de force adictivo que deja sin palabras, más que nada porque no lo ves llegar. Igualmente, acertado es el festín de sangre y fuego en que terminan las luchas en las arenas de Meeren con Daenerys huyendo a lomos del dragón. Desde luego, nada que ver con los –aún- limitados recursos que hubo para plasmar la batalla del Aguas Negras o el asedio a El Muro por parte del ejército salvaje.

Actitud perdonavidas

Como decía, es a partir del cuarto libro cuando Martin, quizá superado por lo que iba a ser una trilogía inicialmente, comienza a lanzar sobre el estrado multitud de nuevos personajes con un papel o background detrás lo suficientemente importante como para ser inconcebible sacarlos a escena después de tantas páginas escritas. La serie, sabiamente, decide prescindir de ellos en su mayoría. O bien juega a incluir detalles de los mismos fusionándolos dentro de otros personajes, así vemos con perplejidad inicial como son Jaime Lannister y Bronn quienes van a Dorne al rescate de Myrcella –por cierto, magistral tratamiento en todos los sentidos de las tierras sureñas en comparación a la pereza que generan en su desarrollo literario- o cómo es Jorah Mormont quien enferma de psoriagrís.

Fundamental resultó que la televisión decidiera prescindir de uno de los episodios más controvertidos de la saga literaria: la “resurrección” de Catelyn Tully y su reclutamiento en la Hermandad sin Estandartes del perturbador Beric Dondarrion y compañía. Destino que le corresponde igualmente a Brienne de Tarth en los libros; personaje, por cierto, que deambula con tan poco tino entre páginas  como en pantalla, sin encontrar jamás un sitio o trama decente en la que escudarse.
Y es esa sensación de vagar sin rumbo de los personajes que muchas veces apreciamos en la lectura la que la serie ha querido borrar de un plumazo. Sirva como ejemplo bandera el caso de Arya. La atmósfera de extrañeza, oscuridad y turbiedad que consigue el personaje y su entorno en el Templo del Dios de Muchos Rostros ya hubiera deseado un millón de veces los libros haberla alcanzado. Dudo que haya alguien que mantuviera el interés en la lectura cada vez que tocaba un capítulo de Arya desde, por lo menos, haber abandonado a El Perro. Cosa parecida ocurre con Tyrion Lannister y su pseudo-romance con la enana y los mil tumbos entre clanes, ciudades y monsergas varias en las que se enfrasca Martin en Danza de dragones. Llama la atención ese maltrato literario, esa cantidad de lastre tirado encima de sus, en sus propias palabras, personajes favoritos de la saga.

Eso sí, lo que me parece del todo inaceptable, es haber obviado por completo el desarrollo del universo GreyJoy, punto álgido narrativo sin duda alguna desde Festín de Cuervos. Me cuesta pensar que la irrupción de todos los personajes tan carismáticos de las Islas del Hierro vayan a quedarse sin aparecer en la serie, pero, igualmente, si se trata de hacer una reducción a lo imprescindible en aras de un argumento principal que nos lleve a alguna parte, quizá tenga que reconocer, no sin cierto dolor, que se pueden fumar sin problema su deslumbrante irrupción. Eso sí, visto lo visto, en este caso lucir una camiseta de la casa Greyjoy comercializadas por HBO en la primera temporada debiera verse traducido en compras a través de E-bay de las mismas por valor de 5000 euros mínimo. Además, se notó un cuidado estético y esmero en los guiños a dichas islas en sus breves apariciones de pasadas temporadas. Me consta que somos muchos los die-fans de esta casa y recuerdo hasta mis búsquedas en google para saber qué actor interpretaría a Victarion Greyjoy o al sacerdote principal del Dios Ahogado, Aeron Greyjoy “Pelomojado”.

Frente a los ninguneos y a los libres albedríos argumentales, destaca en el lado opuesto el tratamiento respetuoso y fiel de todo el universo Desembarco del Rey. Ahí uno tiene la sensación de recrear casi cada momento de los libros y son muy pocas las violaciones argumentales u omisiones llevadas a cabo –eso sí, a ver quién es el guapo de olvidar la experiencia lésbica puntual de Cersei en Festín de Cuervos, momento tórrido por antonomasia de la saga entera-. La serie gana solemnidad y empaque cada vez que sus escenas recaban en la capital de los Siete Reinos. Además, el tratamiento de Cersei Lannister es soberbio, a la altura de su papel estelar en los dos últimos libros de Martin. La Isabel Pantoja de Juego de Tronos brilla por todo lo alto, desde su auge a su decadencia absoluta.
Y volviendo a las licencias, más allá de personajes que no aparezcan o inventar el destino de alguno de ellos, llegamos ya a algunas que no me parecen de buen gusto. Me refiero, sobre todo, a la muerte de personajes que en los libros todavía siguen vivos: Mance Rayder o Barristan Selmy, sin ir más lejos.

Dulce carne de cañón

En este caso, especial es el desarrollo del décimo y último capítulo de la quinta temporada donde los productores se vienen arriba y, frente a la fidelidad impoluta que merece Cersei Lannister y –en gran medida- Arya Stark, adelantan una presumible muerte de Stannis Baratheon a manos de la inevitable “dónde meto yo a ésta” Brienne de Tarth, tan impensable literariamente hablando como la de su combate con El Perro en la pasada temporada. Mención aparte la desgarradora escena donde su hija Shireen es quemada viva en el anterior capítulo para la gloria del Dios de la Luz y salvamento del ejército sitiado entre las nieves. Esta licencia sí que me parece del todo demoledora en cuanto a crudeza y a emoción desoladora.

En esta conclusión, la serie se atreve también a apuntar cosas que no sabemos si ocurrirán o no, adelantando la llegada del ejército Dothraki de nuevo a las órdenes de Daenerys o es capaz de cargarse el cliffhanger por antonomasia de Danza de Dragones, confirmando la muerte de John Snow (digo yo, vamos, porque si sobrevives a esas cinco mojás, eres más duro que el titán de Braavos).

Por tanto, cabe destacar que la saga literaria de Canción de Hielo y Fuego y la serie televisiva Juego de Tronos, gracias al desarrollo de los acontecimientos, se me antojan más que nunca dos universos compatibles, no sólo ya en términos de fidelidad o inspiración, sino por la rica complementariedad que pueden aportarse mutuamente al ser disfrutados de manera independiente y no ya encorsetados al único baremo de la fidelidad.

Quizá esta era la única salida posible ante la calma de Martin a la hora de escribir los dos libros pendientes (The winds of Winter y A dream of spring) -¿tres? según algunas afirmaciones suyas dejando la puerta abierta-. También pienso que esto se debe a un interés por parte de Martin de que su ambicioso proyecto sea recordado con el peso y la megalomanía suficientes como para ser escindido directamente de la adaptación televisiva, como si eso hubiera sido un acercamiento lo más fiel posible a una obra de dimensiones ingentes. ¿Soberbia, justicia poética, casualidad? Quién sabe.

"...Y me tomé cinco pollos y no escribí una línea durante dos días".

Y son más aún las preguntas con las que se debe cerrar este análisis: ¿cuál será el futuro de los libros teniendo en cuenta lo avanzado por la serie sobre acontecimientos aún por escribirse? ¿Podrá mantenerse Martin ajeno a ello? ¿Romperá sus planteamientos iniciales? ¿Serán avances de lo que leeremos destruyendo la sorpresa y la fidelidad de aquellos que venimos del universo literario y terminamos en la serie? ¿Le importarán al gordo barbudo estas cuestiones? ¿Es todo una venganza de HBO a la parsimonia del autor? ¿Se vengará ahora éste dando un tratamiento radicalmente distinto a lo adelantado por la serie? ¿Te quedas con la serie? ¿Te quedas con los libros? ¿Con ambos? ¿Con ninguno? ¿El que mola es Tolkien :P?

viernes, 27 de febrero de 2015

Como un suicidio. Por Raúl del Olmo.


Llevaba casi una hora mirando inmóvil por el cristal. Sus ojos se mantenían fijos en ninguna parte, en un punto de fuga indefinido por el que resbalaba, de vez en cuando, alguna gota de un improvisado aguacero mientras aferraba firmemente al frío guardián de su destino.

También llovía bajo sus párpados, intentando escampar a duras penas sobre las grietas de su piel. Sentado, su cabeza daba vueltas sobre la idea de que todo había terminado. Ignoraba si era una decisión cobarde o la más valiente que tomar llegado a ese punto. Fuese como fuese, debía ser algo rápido y fulminante, no cabían las medias tintas o arrepentimiento alguno, el paso sería determinante.

No daría explicaciones a ningún conocido, no dejaría rastro, no mediría las consecuencias que ello tendría sobre los demás. Tampoco había dado pistas a nadie, si bien todos conocían su angustia existencial, su trágica fortuna de contar con una vida empeñada en sonreírle mientras él le daba la espalda.

Se preguntó cómo sería recordado, qué pensarían los demás de su atrevimiento a abandonar un mundo con tantas oportunidades desperdiciadas como decepciones compartidas. Pero éste sería su último día. Sin avisar, sin rendir cuenta alguna lo llevaría a cabo. Una salida final, extrema, sin marcha atrás posible.

Sabía que ésa era la mejor forma para hacerlo. Se levantó de la silla lentamente, respiró profundo y con paso lento se dirigió hacia su habitación con el objeto entre los dedos; lo observó con gesto entre duro y resignado, recostándose sobre la cama, testigo muda de sus tormentas emocionales desde hacía tanto tiempo.

Deslizó de forma rápida su mano por él: lo primero sería desinstalar Instagram, Facebook, Twitter y Whatsapp, uno tras otro, y cerrar para siempre su Tumblr y su blog.

Abrió la ventana de par en par y arrojó el móvil al vacío: había elegido vivir.

viernes, 20 de septiembre de 2013

El reflejo. Escrito por Raúl del Olmo.

(Escrito hace muchos años y revisado ligeramente ahora, preservando su sencillez y su limpia exposición de un alma aún por macillar).


No lo soporto, cada día es igual. Todas las mañanas me despierto a la misma hora y odio el sabor que tiene mi boca cuando me digo en voz baja "no quiero levantarme". Sé que no existe salida a esto, nada impedirá que me vista mecánicamente y sienta el más profundo asco por el olor que desprende mi cuerpo tras una semana entera sin ducharme. La dejadez absoluta y el abandonarse por completo son pruebas palpables de la derrota existencial. Sin duda, pienso que hoy será "como siempre".

Después de tomar un café solo y una magdalena revenida, bajo las escaleras del porche sin importarme que hoy el sol brille con un brío vehemente: las puertas del verano están casi abiertas. A mí, sin embargo, el invierno profundo del gris trascurrir de mis días no me abandonará jamás. Me subo al coche y arranco. Ya casi no recuerdo el momento en que lo hice por primera vez, con cara sonriente por recibir aquel regalo que me concedieron mis padres al terminar mis estudios superiores.

Rápidamente, me adentro en la autopista que me llevará hasta el edificio gigantesco de cemento armado, a aquel monstruoso lugar que drena mi existencia poco a poco e hipoteca mi tiempo de manera despiadada. De todas formas, no sé para qué quiero contar con tiempo, todo me da igual, el síntoma más evidente de haber tocado fondo.

No quiero pensar en ello, no quiero que las lágrimas vuelvan a empañarme la visión de los otros automovilistas de la rutina diaria que llevo por delante. Busco distracción y pongo la radio; giro el dial lentamente hasta llegar a una emisora en la que suena aquella canción que tanto me gustaba antes y que tanto me había hecho sentir. Da lo mismo, apago la radio. Ya no me volverá a emocionar; ni tan siquiera recuerdo el grupo que la ha compuesto. ¿Por qué he dejado todo en el camino? ¿Por qué he cambiado tanto si me prometí ser siempre yo mismo?

No me siento con fuerzas para hacer algo nuevo o ni tan siquiera para recuperar lo perdido, quizá nunca tuve nada, no lo sé. De nuevo retención, la agónica penitencia inevitable. Mientras estoy detenido, cierro los ojos para ver si la espesura negra se traga mis reflexiones cuando, de pronto, algo cae en la luna delantera de mi automóvil. Es un ruido pesado, inerte y leve -pock-. Abro los ojos a la realidad y observo como un líquido espeso y blanquecino cae lentamente por el cristal. Parece leche con grumos verdosos, o quizá más bien las bilis que mi cuerpo expulsa al volver cada noche de excesos desperdiciando mi juventud.

Pero no había duda: una gaviota había defecado en plena luna. Maldigo mi mala suerte y esta estúpida situación en medio del gran atasco. Salgo del coche a estirarme y miro hacia delante para saber cuán larga es la fila de almas vacías enlatadas entre cuatro ruedas y un volante. No puedo hacerlo con claridad, el resplandor cegador del sol -ciertamente, no sé siquiera si queda poco para el verano o es una ilusión- me hace desviar la vista y girar la cabeza hacia la izquierda repentinamente. Es entonces cuando lo percibo: el inmenso mar recorta el paisaje tan vivo e imponente como lo fueron un día mis sueños. La imagen se me clava en la retina.

Deseo justo ahora volver a sentir el tacto del agua marina sobre mi piel y escuchar las espirales infinitas del oleaje para encontrar la paz. Sé, de una vez por todas, que no me queda nada que encontrar, ni ánimos para buscar: sé que mi sorda derrota invita a bajarme de la monotonía, mi única compañera de viaje.

Cierro la puerta del coche y sé que lo dejo ahí para siempre, en medio del caos circulatorio. No me importan los pitidos y los insultos, ni los escucho. Mi mente sólo busca una salvación. Me pregunto justo ahora por qué soy tan frágil en mi interior tras una fachada artificial, pero ya da igual.

Llego al otro lado de la autopista y cruzo un puente. Hace tanto tiempo que no tengo ganas de llegar a algún lado que hasta me sorprende este énfasis. Atravieso un trecho del paseo marítimo.No sé ni cuándo había sido la última vez que había pisado estos gastados azulejos de mármol; ni siquiera recordaba la procesión de farolas a ambos lados. Finalmente, bajo las escaleras que mueren en la playa.

Siento una mezcla de sensaciones, una confusión agradable entre el olor a salitre y el brillo plateado del sol sobre el mar. Piso la arena. A lo lejos descubro varias barcas abandonadas más viejas que el mundo. Un par de pescadores prueban suerte con prudente entusiasmo mañanero. ¿Son felices? ¿lo he sido yo alguna vez?

Avanzo con decisión. Me quito los zapatos, los tiro despreocupado y mis pies siente la porosa humedad. Ya no veo nada, me guía el instinto. Me desnudo por completo y desprovisto de todo lo que no soy, me pregunto la finalidad con que el ser humano ha creado tantas cosas inútiles. Mi cuerpo en crudo me ofrece la seguridad del que se ha encontrado a sí mismo.

Al contrario de lo que pueda parecer, me muestro tranquilo y sólo interrumpe mi liturgia el frío intenso del líquido elemento en contacto con mi piel. Me voy introduciendo en el mar poco a poco, mi cuerpo se difumina bajo las aguas. Fijo la mirada en el horizonte. Ante mí, no hay límites; sólo un todo infinito y su llamada es irresistible.

Comienzo a nadar para seguir avanzando, es irónico que todo parezca claro en el momento más extraño de mi vida: sin rumbo, pero habiendo encontrado la salida. Floto ligero: el peso demoledor de una vida insatisfecha y errática, el lastre de todas las renuncias que no elegí, se hunden en las profundidades.

El oleaje es suave y continuo, un vals embriagador. Y entonces los noto, ya penetran sutilmente, ahí están: ¡los sonidos en espiral! Miro instintivamente hacia la orilla como reflejo de todo lo que dejo atrás: una pareja de ancianos pasean de la mano junto a ella. Vuelvo la cabeza y sonrío.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Un hombre maduro. Por Raúl del Olmo.


Una fila de miradas se agolpa a observarme desde el andén. Es extraño, yo, alguien que ha pasado desapercibido siempre, me siento ahora el centro de atención.

Cuántas veces habría suspirado por que una chica como aquella del pelo recogido se hubiera fijado en un paria como yo; o que este señor de impoluta presencia no hubiese apartado los ojos al encontrarse con un mediocre ciudadano gris.

Ahora, mientras les veo, pienso que me parecen infinitamente más jóvenes o más viejos, más guapos o más feos que yo. Será la ingravidez del momento.

Al menos, puede que por fin ya sea todo un hombre; no por nada en especial, simplemente por lo que decía mi profesor de literatura con solemnidad, eso de que “madurar es aprender a irse a tiempo”.

Me fastidia que las personas no nos percatemos de que vivir es el afortunado e improbable accidente de existir, pero, la verdad, es difícil que la muerte te pille viviendo.

Qué le voy a hacer: aunque haya suicidios que duran toda una vida, hoy elegí terminar con el mío.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Carne de Cañón. Escrito por Raúl del Olmo.


No era capaz de apartar la mirada de ella. Su reposo inmóvil se expandía ante Hugo. Se sentía un ladrón robando la esencia más íntima. Ante sus ojos, su perfil se le antojaba apagado, como el resplandor del anillo que apresa un dedo hinchado por el paso de los años.

La ferocidad con la que el deseo pujante invadía el lecho que compartían era poco más que una reliquia de los tiempos. La precariedad existencial llenaba cada poro de la piel de Hugo, si bien a la vez le vigorizaba como un resorte a despertarse cada día. La forma en que se desintegraba su convivencia no dejaba de ser una tragedia para oídos sordos. La casualidad había marcado su primer encuentro, llegó a su vida como la bala perdida que te penetra sin querer.

Mientras seguía fijado al espejo de su infortunio mudo, se sentía un miserable por ser cobarde y no hacer con las penurias la soga de su vida y de una vez cambiar algo. Recordaba con una sonrisa afligida cuando presumía de confiar en lo imprevisto como la fórmula del caos perfecta. Eso hacía mucho que no ocurría.

En lugar de ello, había convertido en hábito entonar un réquiem silencioso por todos los que, inconscientemente, compartían la misma angustia, frustración y desvanecida esperanza. Otra de sus costumbres era escribir inconexos versos, una válvula de escape inútil a la que recurrir en ocasiones.

Acercó la mano hacia el cajón de la mesilla del cuarto. Sacó el cuaderno deslavazado donde plasmaba sus ejercicios de desahogo cotidiano y lo abrió. Rara vez leía aquellos apuntes de un hombre ahogado; crear en el sentido más mundanal del término era para Hugo una línea de fuga sin retorno que no demandaba volver sobre sus pasos. Sin embargo, aquella mañana de domingo lo hizo.

“De tu sangre al vertedero”. Ese era el título de los últimos retazos fieros que había gestado su lápiz hacía tres días. Varías líneas escritas en primera persona con presión notable decían así:

Soy la poesía podrida en tu placenta,
Soy el azote de tus vicios,
Soy la vena que afea tu rostro,
Soy el cancionero de tus mutilaciones invisibles,
Soy el talento de tu condenado a muerte,
Soy las cartas que te inventas,
Soy el secreto de tu degeneración,
Soy la caja negra de tus sombras,
Soy el terror debajo de tu lámpara,
Soy, en fin, la historia que te falta.

Hugo se quedó mirando fijamente esas palabras varios minutos. Cerró las páginas y se sorprendió al toparse con la cubierta en la que ni recordaba el dibujo que había plasmado: una especie de Cristo crucificado en postura fetal bajo el que rezaba “los mejores finales, los que no comienzan”.

Su vista reparó de nuevo en ella. Indolente, sólo se movía y mostraba calor cuando Hugo la agitaba despertándola de su letargo. Por mucho que le pesara, se había acostumbrado tanto a ella que era inútil reinventarse un nuevo mundo.


La aferró firmemente entre sus manos, la levantó inerte y se la llevó camino del baño. Era momento de darle un agua a su vagina en lata. 

jueves, 4 de julio de 2013

El mundo invisible de Hayao Miyazaki, por Laura Moreno Plata.


Los que habitualmente leéis este blog, sabréis de mi gusto por el anime. Esta semana quiero dedicar mi entrada a un libro exquisito dedicado al director Hayao Miyazaki escrito por Laura Montero Plata.

La fascinación por Oriente, y más concretamente por Japón, es algo que desde siempre ha embriagado el pensamiento occidental y ha producido innumerables ensayos sobre el país, sus gentes, su cultura y sus costumbres; ese concepto que conocemos como Orientalismo.

Aún recuerdo con cariño el regalo que recibí por parte de una amigo. Se trataba de El Crisantemo y la Espada, libro escrito por Ruth Benedict: un estudio sobre los patrones culturales nipones encargado a la antropóloga tras la ocupación estadounidense de Japón al finalizar la II Guerra Mundial. Si bien algunos postulados y visiones son presas de la coyuntura en que aparecen, otros muchos, gracias a su universalidad inmortal, permitían acercarse con criterio al modus operandi del país del Sol Naciente.

Desde la perspectiva del papel del cine de animación japonés, y concretamente el realizado por el prestigioso genio junto a Isao Takahata al frente del Estudio Ghibli, el extenso libro de Laura Montero se me antoja una pieza inexcusable para entender en profundidad el alma de su obra.


En estas mismas páginas podéis encontrar artículos sobre Nausicäa del Valle del Viento (leer aquí) -a mi juicio su mejor película-, otro sobre pequeñas joyas del prestigioso estudio no dirigidas por Miyazaki (leer aquí) y uno sobre Makoto Shinkai, uno de los animadores actuales poseedor de una sensibilidad más especial (leer aquí). Pues bien, ninguno de ellos-más allá de la propia extensión del escrito- logra transmitir la trascendencia y la profundidad de la obra que me ocupa, El mundo invisible de Hayao Miyazaki.

Y es que Laura Montero logra construir una obra sólida, universal, ambiciosa y detallista. Lejos de ser una mera exposición de sus películas, la autora va mucho más allá y consigue, a través de un viaje que va del contexto general a lo particular, aportar una visión clarividente que despeja todos los enigmas y sutilidades que el autor de Mi Vecino Totoro lanza unas veces de forma evidente y otras de forma más soterrada.

Como fan absoluto que soy, el volumen adquiere una importancia capital, si bien a los no iniciados pudiera parecerles en exceso académico y sesudo. Se me viene justo a la cabeza como ejemplo análogo el estudio megalómano de J.J. Vargas en torno a la figura de Alan Moore: La Autopsia del Héroe, más ampuloso y elevado en su posicionamiento, si cabe.


Para entender la obra, hay que partir de la base de que se trata de la propia tesis doctoral universitaria que elaboró Laura Montero y que finalmente Dolmen se decidió a publicar como libro. Una historia bonita que consigue insuflar ánimos a las personas que creen en sus ideas y en la posibilidad de ser ofrecidas al público capaz de interesarse por ellas.

La autora estructura el fascículo en cinco capítulos. El primer capítulo supone una breve, a la par que detallista, historia del anime desde finales de los años 50 hasta nuestros días, repleto de anécdotas y extractos jugosos de entrevistas a diversos realizadores al margen del propio Miyazaki. Sólo apunto, a modo de ejemplo, lo curiosas y controvertidas que resultan las palabras de Mamoru Oshii (La chica que saltaba a través del tiempo) refiriéndose al Estudio Ghibli como "un lugar formidable, pero no quiero ir allí".

Su segundo capítulo se introduce en los referentes y homenajes del cine de Hayao Miyazaki, muchos de ellos curiosamente occidentales y que se complementan con la propia visión, no exenta de cierto pesimismo, que tiene el director del Japón actual presa del olvido de la tradición, de los valores y de los principios que funden al ser humano con la naturaleza para alcanzar un necesario equilibrio permanente y duradero.


Esta idea se completa en su tercer episodio, dedicado al folclore nipón, donde se analizan la multitud de semejanzas y analogías entre los personajes y situaciones de sus películas y el sintoísmo o el teatro nō, reflejadas en su faceta más clara en la ambiciosa El viaje de Chihiro. Finalmente, los dos últimos capítulos entran más de lleno en su filmografía a través de la explicación de la creación de personajes, su interrelación y su fundamento y desarrollo a través del flujo narrativo de las películas.

Más allá de un acercamiento repleto de enjundia y de filosofía al legado de Hayao Miyazaki, Laura Montero consigue al descifrarnos este mundo invisible, romper los prejuicios que aún existen sobre el anime; la reduccionista e incompleta visión que sufre por parte de muchas personas, reduciéndola a violencia, sexo o infantilismo. Una tarea titánica que logra acometer gracias al pormenorizado balance de los hechos y al tesón y el cariño con que modela su trabajo.