Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de noviembre de 2019

Propaganda Electoral. Por Raúl del Olmo.

Diseño y creación de la imagen: Andrés Menchén

Volvía de un paseo impreciso, de esos que se hacen sin saber por qué ni a dónde, acompañados de una voluntad nula y caprichosa.

Abrió la pesada puerta metálica del portal y se dispuso a otear si había algo en el buzón. Nadie escribe, y las facturas de papel se mantienen como una vetusta reliquia del siglo pasado. Él ya tenía todas las facturas electrónicas, como manda el libro de estilo del buen occidental moderno. Aún así, instintivamente acercaba sus ojos a la brecha del compartimento metálico.

En la parte destinada a los habitantes de su piso, un deformado rectángulo de papel mostraba el nombre de dos personas muertas junto al suyo, escritos con tinta azul en dirección ligeramente descendente. Para qué cambiarlo, pensaba, si los vivos y los muertos ya no se diferencian más que por el hecho de seguir respirando unos y luchar por ser olvidados los otros.

Escudriñó el interior descubriendo un sobre acartonado con toda la apariencia de estar facturado en material reciclado y, sobre él, un flyer del Domino's. Giró la llavecilla y subió el tramo de escaleras hasta su casa con las dos comunicaciones en su mano.

Tras prepararse una cena insignia de perdedores con dignidad, consistente en un tomate regado de aceite de oliva, se preparó una infusión de cola de caballo y se acomodó en el sillón. Encendió su SmartTV, seleccionando el app de Youtube para que el apartado de sugerencias eligiera por él lo que le gustaba y lo que le apetecía; delegar para no decidir, rabioso vicio de moda.

Sin prestar la menor atención a lo que apareció en pantalla, se dispuso a abrir ese misterioso sobre reciclado que había rescatado de su buzón. Unas siglas marrones le llamaron la atención en la esquina inferior izquierda del haz: PER. Enseguida comprendió que se encontraba ante propaganda electoral. Tras haber tirado a la basura los días anteriores el resto sin prestarles la menor atención, la novedad que suponía encontrarse frente a un  partido político desconocido, le hizo decidirse a leer la carta que contenía, sin convicción y por hacer algo, lo mismo así tenía un tema de conversación en el trabajo para el día siguiente.

Terminó de leerla y se quedó inmovilizado y con la boca abierta. Tuvo que volver a leer los párrafos más inauditos -o lógicos, según se mire- porque no podía ser cierto que este partido emergente hubiera escrito una misiva así a la ciudadanía de su país.

"Estimad@ ciudadan@ del mundo:

Seguramente estarás cansad@ de recibir cartas como esta pidiendo tu voto. PER ha nacido para que sea la última vez que recibas propaganda electoral; es más, que sea la última vez que tengas que decidir si votas o no y, en el caso de hacerlo, a quién votas. El Partido Ecologista Radical (PER) nace con una perspectiva universal y las próximas elecciones de tu país son las elegidas para darse a conocer.

Frente a otras propuestas enarboladas por la "ecología cobarde", PER apuesta por una conservación asegurada y con futuro pleno para La Tierra. Para ello, nuestro fundamento y objetivo es sólo uno: la completa extinción de la especie humana.

El ser humano es el único animal con capacidad e intención de destruir su planeta, su hogar. Por tanto, la erradicación de su existencia es un bien común colectivo para la supervivencia del mismo. Con este planteamiento único y global terminamos con diversos problemas: desde la falta de recursos a la explotación indiscriminada de nuestro lugar en el universo.

Para lograr nuestro objetivo, nuestra principal propuesta es clara: la prohibición absoluta de la procreación. Esta medida de urgencia impediría el tremendo acto egoísta de traer descendencia humana, evitando con ello la ampliación de población que supone, a su vez, un aumento de la explotación de recursos y malestar general para nuestro planeta. Las personas que infrinjan esta medida serán duramente sancionadas por su completa insolidaridad con el resto de seres humanos que cohabitan en La Tierra y, por supuesto, con el ecosistema natural. Igualmente, se implantará un sistema gratuito de esterilidad asistida para ambos sexos con dotaciones suficientes para cubrir la demanda de peticiones que en este sentido surjan.

El fracaso como especie justifica por sí mismo este argumento que, además, supone la paridad definitiva entre seres humanos: todos somos iguales ante el hecho de sobrar. Un mundo sin la intervención de personas es un mundo libre; (...) tenemos ejemplos donde ha medrado una exuberante libertad salvaje, como Chernobyl tras la hecatombe nuclear.

Igualmente, viejos discursos políticos o absurdos planteamientos supuestamente novedosos carecen de sentido alguno. PER termina con la radicalización capitalista del consumo desmesurado liberal y, también, elimina de facto planteamientos marxistas como considerar la lucha de clases el elemento dinamizador de la historia.

De hecho, este sí es el verdadero fin de la historia, (...) debemos desaparecer por completo. Con constancia, convicción, orgullo y decisión. Para ello, no faltarán presupuestos y acciones gubernamentales encaminadas a facilitar el suicidio voluntario y, en los núcleos familiares que fomenten razonadamente quitarse la vida entre sus miembros, subvenciones y ayudas en compensación a tan honorable fin.

(...)

De la arcaica idea del todo para todos pasaremos al nuevo paradigma del nada para nadie. Contamos con tu voto. Otro mundo sin personas es posible".

Abrió de par en par sus ojos y miró la pantalla del televisor, pulsó el botón de mute mientras se rascaba la cabeza. Giró su cintura hacia la izquierda ahuecando el culo del sillón para tirarse un pedo sordo. Una generosa ración de CO2 invadió la estancia. Al fin y al cabo, ser vegano tenía sus efectos colaterales.

lunes, 1 de mayo de 2017

Him. Una historia de amor. (En 46 tweets).



1. "Si llego a 25 favs de este tuit, os cuento en tuits encadenados mi única cita de Tinder y luego lo borro. Para que veáis a quién seguís".

(N. del R. tras escribir este tweet, en cinco minutos ya habían llegado esos 25 favs).

2. "Sois unos hijosdeputa. En fin...empiezo".

3. "Tinder para mí es una mierda y me deprime, lo he instalado un par de veces y borrado al poco tiempo. Me dedico a dar like a un 0,1% de tías".

4. "Y, claro, todas pijísimas que están buenísimas. No leo una mierda de su bio ni hostias. Total, que os imagináis lo que les importo yo".

5. "Yo con camisetas de los Pixies y tirao en un edredón de flores. El acabose. Ni una se interesaba".

6. "Una vez, una me hizo match y me entra diciendo "Eh, Pearl jam. ¡Una camiseta de Pearl Jam!" Y yo, frunciendo el ceño. "Otra que me va a timar".

7. "Al final ésa era redactora o no se qué del Binaural. Una tía interesante, me cansé y lo desinstalé. No la vi en mi vida".

8." El caso es que esta última vez lo iba a borrar y el último día veo una tía y digo "yo creo que está buena". Y entonces... match".

9. "Y leo que ha trabajado en un programa de la tele de esos con muuuucha audiencia que yo no he visto en mi puta vida, claro. Y digo, "ni zorra".

10. "Total, hay que hablar, eres el hombre y esas cosas medievales...y digo "hay que ser creativo" y no sé qué hostias le pongo. Ella contestó".

11. "Tonteamos, lo de siempre y le pido indirectamente el teléfono, os imagináis...sacando más pecho que los pavos en plan "te lo tienes que ganar".

12. "Y yo ya..."Puff..qué pereza". El caso es que la tía me hace un stalkeo integral y da con todo, TODO lo mío en internet. Y llega a...twitter...".

13. "Empieza a leer el twitter...y se vuelve LOCA, LOCA TOTAL, (la chica es muy twittera al parecer). Me sigue, me hace RT...".

14. "Y de pronto, tras dos días sin hacer mucho caso, me encuentro su teléfono directo ahí mandado de golpe...y las bragas porque no pudo, entiendo".

15. "El tío tirao...que pidió un teléfono sin éxito dos veces con cierta gracia de pronto lo recibe sin pedirlo y ya sabéis "joder...cómo escribes".

16. "No pensaba yo que en Tinder alguien iba a escribir así" "tu cuenta es buenísima" "un chico majo que escribe bien"...

17. "Y yo todo el rato mirando sus fotos. "Pues parece que está buena, ojo que es de la tele, las maquillan y eso". De su vida, ni caso".

18. "¿Quedamos?" "Vale". Y yo al momento "para qué tío, un fracaso, uno más" "¿No te basta con pasados eternos y presentes que no existen?".

19. Callao. "Hola" "Hola". Pienso: "Puff..tío, ahora hablar...sacar gilipolleces...tu corazón no está aquí, tu polla tampoco".

20. "Un té. Sitio cool, primeras risas y dice "La próxima vez eliges tú el sitio". 20 minutos juntos y dice "LA PRÓXIMA VEZ". Eso es bueno, creo".

21. "Lenguaje visual, sonrisas, leves toques de brazos y manos. Hablando chorradas. Mirando al suelo a veces yo. "Levanta la cabeza, tío".

22. "Total. Buen feeling. "¿Y si cenamos algo?" "Vale, genial". Vas bien, sólo has pensado 16447 veces en la chica que te gusta de verdad y no ves".

23. "3734783743847 veces en el amor de tu vida que perdiste por capullo. Pero va bien".

24. "Ella no bebe casi. Yo no soy nadie sin beber. Pedimos dos margaritas con la cena. Se le sube. Se cierne hablar de nuestras mierdas. DANGER".

25. "Total, confesiones. Todo muy chungo. La lívido mutua se va a 2000 kms y ella...se pone a llorar y yo...pues...ya sabéis, soy el del avatar".

26. "Total...rimmel corrido, sonrisas tristes cruzadas...un café...se queda frío...coger el metro...abrazo fuerte...muy fuerte...se van...".

27. "Pero claro, un gilipollas de mi nivel no puede nunca dejar las cosas ahí...tiene que ir mucho más allá..."Tío, todo tu puta culpa, desastre".

28. "Saca el móvil y mándale un mensaje ahora mismo".

29. "Him: "¡Eh, tenemos que volver a quedar!"
Ella: "¡Sí!".

30. "Entonces... pasan los días. Y me pasan cosas. SPOILER: ver foto de IG de la paloma con la nevada".

31. "Os resumo: mucho más jodido porque quien me gusta me ha dicho por 572346575467846 vez que paremos con algo que no va a ninguna parte".

32. "La 572346575467847 fue la definitiva".

33. "Y yo, sin ninguna esperanza con aquello que me la dio, el día de la nevada más brutal del año, quedo con esta otra chica esa noche".

34. "Sol. La tortuga. Llega muy abrigada, me asusta por detrás "¡uh!" Sonrío triste. No estoy allí y me sé de memoria mis zapatos mientras ando".

35. "Me mira, sabe que soy un animal herido. Pero... vamos a fumarnos unas shishas mientras me cuentas cosas alegres, chica".

36. "Han cambiado el sitio. ¿Te acuerdas cuando ibas con tu amor, Him? Qué bonito era, ¿recuerdas sus ojos vivos por ti? Ya no queda nada".

37. "Ella habla mucho, no para, pide un boli a los dueños, hace un dibujo, te cuenta cosas sobre las películas para que no sean machistas...".

38. "Te cuenta otra cosa ingeniosa, te mira, quiere impresionarte con mucho cariño, y tú no estás Him, eres un fantasma, transparente y te duele".

39. "Vamos a cenar a otro sitio. La miro y me mira. Ojalá le guste mucho menos que el otro día como me pasa ahora mismo a mí con ella por mi culpa".

40. "Baja al baño. Miro el móvil. "No te va a volver a escribir nunca más quien te gusta, te lo ha dicho. Y lo sabes. No mires, es inútil".

41. "Vuelve. Y me rompo...saco toda mi frustración, mi desamor, mis errores, mis infiernos, mi incapacidad, todo allí, en bruto, 100000 tuits".

42. "Su cara cambia. Está desilusionada. Y me dice la gran frase...".

43. "Tío, tú tratas a las chicas como si fuéramos tu psicólogo". Tocado. Hundido. Se acabó".

44. "Nos despedimos. Sólo una imagen en mi cabeza. No sé si reír o llorar".


45. "Epílogo: Al día siguiente me envía una imagen con frase de auto-ayuda de Jodorowsky por DM. "Gracias". Fin. Ya sabía yo que algo no encajaba".

46. "Os quiero mucho. Me he mirado los pies escribiéndolo".

viernes, 20 de septiembre de 2013

El reflejo. Escrito por Raúl del Olmo.

(Escrito hace muchos años y revisado ligeramente ahora, preservando su sencillez y su limpia exposición de un alma aún por macillar).


No lo soporto, cada día es igual. Todas las mañanas me despierto a la misma hora y odio el sabor que tiene mi boca cuando me digo en voz baja "no quiero levantarme". Sé que no existe salida a esto, nada impedirá que me vista mecánicamente y sienta el más profundo asco por el olor que desprende mi cuerpo tras una semana entera sin ducharme. La dejadez absoluta y el abandonarse por completo son pruebas palpables de la derrota existencial. Sin duda, pienso que hoy será "como siempre".

Después de tomar un café solo y una magdalena revenida, bajo las escaleras del porche sin importarme que hoy el sol brille con un brío vehemente: las puertas del verano están casi abiertas. A mí, sin embargo, el invierno profundo del gris trascurrir de mis días no me abandonará jamás. Me subo al coche y arranco. Ya casi no recuerdo el momento en que lo hice por primera vez, con cara sonriente por recibir aquel regalo que me concedieron mis padres al terminar mis estudios superiores.

Rápidamente, me adentro en la autopista que me llevará hasta el edificio gigantesco de cemento armado, a aquel monstruoso lugar que drena mi existencia poco a poco e hipoteca mi tiempo de manera despiadada. De todas formas, no sé para qué quiero contar con tiempo, todo me da igual, el síntoma más evidente de haber tocado fondo.

No quiero pensar en ello, no quiero que las lágrimas vuelvan a empañarme la visión de los otros automovilistas de la rutina diaria que llevo por delante. Busco distracción y pongo la radio; giro el dial lentamente hasta llegar a una emisora en la que suena aquella canción que tanto me gustaba antes y que tanto me había hecho sentir. Da lo mismo, apago la radio. Ya no me volverá a emocionar; ni tan siquiera recuerdo el grupo que la ha compuesto. ¿Por qué he dejado todo en el camino? ¿Por qué he cambiado tanto si me prometí ser siempre yo mismo?

No me siento con fuerzas para hacer algo nuevo o ni tan siquiera para recuperar lo perdido, quizá nunca tuve nada, no lo sé. De nuevo retención, la agónica penitencia inevitable. Mientras estoy detenido, cierro los ojos para ver si la espesura negra se traga mis reflexiones cuando, de pronto, algo cae en la luna delantera de mi automóvil. Es un ruido pesado, inerte y leve -pock-. Abro los ojos a la realidad y observo como un líquido espeso y blanquecino cae lentamente por el cristal. Parece leche con grumos verdosos, o quizá más bien las bilis que mi cuerpo expulsa al volver cada noche de excesos desperdiciando mi juventud.

Pero no había duda: una gaviota había defecado en plena luna. Maldigo mi mala suerte y esta estúpida situación en medio del gran atasco. Salgo del coche a estirarme y miro hacia delante para saber cuán larga es la fila de almas vacías enlatadas entre cuatro ruedas y un volante. No puedo hacerlo con claridad, el resplandor cegador del sol -ciertamente, no sé siquiera si queda poco para el verano o es una ilusión- me hace desviar la vista y girar la cabeza hacia la izquierda repentinamente. Es entonces cuando lo percibo: el inmenso mar recorta el paisaje tan vivo e imponente como lo fueron un día mis sueños. La imagen se me clava en la retina.

Deseo justo ahora volver a sentir el tacto del agua marina sobre mi piel y escuchar las espirales infinitas del oleaje para encontrar la paz. Sé, de una vez por todas, que no me queda nada que encontrar, ni ánimos para buscar: sé que mi sorda derrota invita a bajarme de la monotonía, mi única compañera de viaje.

Cierro la puerta del coche y sé que lo dejo ahí para siempre, en medio del caos circulatorio. No me importan los pitidos y los insultos, ni los escucho. Mi mente sólo busca una salvación. Me pregunto justo ahora por qué soy tan frágil en mi interior tras una fachada artificial, pero ya da igual.

Llego al otro lado de la autopista y cruzo un puente. Hace tanto tiempo que no tengo ganas de llegar a algún lado que hasta me sorprende este énfasis. Atravieso un trecho del paseo marítimo.No sé ni cuándo había sido la última vez que había pisado estos gastados azulejos de mármol; ni siquiera recordaba la procesión de farolas a ambos lados. Finalmente, bajo las escaleras que mueren en la playa.

Siento una mezcla de sensaciones, una confusión agradable entre el olor a salitre y el brillo plateado del sol sobre el mar. Piso la arena. A lo lejos descubro varias barcas abandonadas más viejas que el mundo. Un par de pescadores prueban suerte con prudente entusiasmo mañanero. ¿Son felices? ¿lo he sido yo alguna vez?

Avanzo con decisión. Me quito los zapatos, los tiro despreocupado y mis pies siente la porosa humedad. Ya no veo nada, me guía el instinto. Me desnudo por completo y desprovisto de todo lo que no soy, me pregunto la finalidad con que el ser humano ha creado tantas cosas inútiles. Mi cuerpo en crudo me ofrece la seguridad del que se ha encontrado a sí mismo.

Al contrario de lo que pueda parecer, me muestro tranquilo y sólo interrumpe mi liturgia el frío intenso del líquido elemento en contacto con mi piel. Me voy introduciendo en el mar poco a poco, mi cuerpo se difumina bajo las aguas. Fijo la mirada en el horizonte. Ante mí, no hay límites; sólo un todo infinito y su llamada es irresistible.

Comienzo a nadar para seguir avanzando, es irónico que todo parezca claro en el momento más extraño de mi vida: sin rumbo, pero habiendo encontrado la salida. Floto ligero: el peso demoledor de una vida insatisfecha y errática, el lastre de todas las renuncias que no elegí, se hunden en las profundidades.

El oleaje es suave y continuo, un vals embriagador. Y entonces los noto, ya penetran sutilmente, ahí están: ¡los sonidos en espiral! Miro instintivamente hacia la orilla como reflejo de todo lo que dejo atrás: una pareja de ancianos pasean de la mano junto a ella. Vuelvo la cabeza y sonrío.

jueves, 30 de mayo de 2013

Espacio y tiempo. Escrito por Raúl del Olmo.


Las afiladas puntas metálicas se le clavaban en el alma cada vez que paseaba cerca junto a su viejo chucho despistado. Habían pasado muchos años desde que esa pared baja de ladrillo, levantada al final de un callejón, fuera el refugio particular de ella y de su, por entonces, vivaracho pretendiente rebosante de pujante juventud. El trazado urbano de su ciudad era un deleitoso caos donde perderse y allí, en el extrarradio del su otrora barrio dormitorio, los refugiados de un mundo gris, tenían sus escondrijos entre los que invocar al deseo furtivo.

Estela miraba el muro de soslayo, acelerando el paso y tirando firmemente de la correa de Pluto, como si aquella tapia fuera a hablar o, peor aún, como si no fuera a volver a hacerlo nunca. Porque allí se encerraban tantas tardes de un verano, tantas palabras cautivas del tiempo y tantas miradas electrizantes que no es de extrañar que le supusiera poco menos que enfrentarse a un mito creacionista hecho carne.

Resultaba hiriente que encima del lugar donde habían hecho germinar un arcaico amor en bruto hubieran construido una barrera férrea. La rabiosa tendencia de generar zonas privadas para determinar la exclusividad de la propiedad había sido la causante. Especialmente ridículo en un entorno obrero, elitismo propio de antiguos gerifaltes de épocas oscuras y traumáticas. Para Estela aquel hecho encerraba un tremendo simbolismo: suponía una sima fatal, quebrantar los cimientos de las pasiones pretéritas.

La madre del "trovador de pico de oro" que embelesó su por entonces tierno corazón, vivía también allí. Ese había sido el motivo principal por el que ambos jamás abandonaron sus raíces: su ecosistema primigenio. La señora Sole había enviudado tiempo atrás, al poco de conocerse los flamígeros enamorados. Su marido llevó hasta las últimas consecuencias su rudimentario epitafio con el que callaba a su mujer y a su hijo cada vez que reprendían su conducta kamikaze: “Cuando muera, que me den por culo”. Un rotundo aviso asilvestrado, proveniente de quien se ha ganado la vida desde la infancia saboreando la dureza del terruño y evadiéndose a través de los placeres más instintivos. Su cuerpo era la carcasa que encerraba la tragedia de quien no es más que un prisionero de la metrópoli, de un difuminado hombre bueno perdido en una ciudad de extraños.

Tras la marcha del "inconsistente maestro del oxímoron existencial", Estela siguió en contacto con su madre. Desde que se rompió la cadera al caerse en casa, tenía bastante miedo a bajar sola a la calle; todo aquel temor que nunca tuvo, sin embargo, para enfrentarse a los escollos de haber lidiado con un hogar repleto de hombres disfuncionales enfermos de sí mismos. A pesar de haber sido una mujer dolorista sin remedio por los escollos del cavernario catolicismo de épocas acomplejadas, la tolerancia y la ternura incondicionales de la señora Sole convertían en comprensible la más disparatada de las conductas.

Aquel día Estela regresaba de tomar café con la entrañable viejecita. Siempre tuvo con ella una afinidad natural para mostrarse tal y como era, algo extremadamente difícil: a lo largo de los años, se había encargado de poner a buen recaudo su amasijo de emociones. La visión recelosa de un entorno demasiado ensimismado en sus verdades universales le había llevado a protegerlas. “Sufrir en silencio”, recordaba que le dijo alguien en una ocasión. Pero eso era, pensaba, la antesala de la soledad compartida en colectivo, la presentación de lo que es nuestro mundo ahora: una inmensa red de seres interconectados completamente ausentes los unos de los otros.

Con la señora Sole era distinto. Cada palabra cobraba sentido, se pronunciaba lentamente, trascendiendo al silencio; era escuchada con la honorable sabiduría que otorgan a los oídos la ancianidad. La joven se había sentido de nuevo abrigada en conversaciones cálidas durante esa tarde.

Al volver hacia su casa fue cuando se topó de bruces con ese parapeto erigido en vertical apuntando al cielo. Estela se percató de que no podía seguir huyendo de su visión: recorrió el monstruo metálico de pies a cabeza y elevó en continuo su mirada hasta el firmamento. Y entonces automáticamente pensó en el huido. No había logrado superar el día de su marcha. Desde que se conocieron sabía que su vínculo estaba supeditado por completo a su vocación y a los confines del espacio donde quizá algún día le llevara ésta.

De todas las personas que el azar repartiera entre los recovecos de su vida, había tenido que ser un futuro astronauta quien se cruzara en su camino. Enamorarse de un astronauta era hacerlo del vasto infinito de la incertidumbre, de lo ajeno y de lo infranqueable. Por eso mismo pensó que su amor nunca conocería fin; por esa naturaleza extraña y fascinante de la que lo dotaba el hecho de estar con alguien tan desconectado del mundo.

Recordó la tarde en que se despidieron por lo que sería un periodo mayor que el que su corazón bullente de sensaciones quisiera resistir. Sin embargo, desde el principio supo que ese momento era algo que podría acaecer; además, no todos los días se forma parte de la expedición elegida para investigar el descubrimiento de un nuevo planeta del sistema solar. El desfile de palabras, lágrimas, miradas y caricias antecedió a un silencio sordo que ya nunca dejó de acompañarle. Esa impresión era lo más parecido a un zumbido molesto que le recordaba lo incompleta que se sentía aún cuando la felicidad hacía visos de entrar fugazmente en su interior de nuevo.

Súbitamente, la noche se rasgó en el infinito al que apuntaban sus bellos ojos vivaces: Una especie de estrella fugaz refulgente rompió el ingente mar negro que reposaba sereno y sublime sobre su cabeza. Estela se quedó inmóvil observándolo varios minutos: un haz intenso de luz rojiza no terminaba de difuminarse ante su mirada extrañada. Tras ese momento en que permaneció absorta, enfiló junto a Pluto el camino que le quedaba hasta llegar a su refugio urbano.

A la mañana siguiente, anduvo apresurada hasta la estación de metro y recogió de manos de la repartidora el periódico gratuito que le servía como primer contacto con la precariedad mundial impresa. Cogió el transporte justo al llegar al andén. Aún fatigada por las prisas, tomó asiento y se dispuso a hojear el diario. Sus ojos depararon en una foto de portada que presentaba una imagen extrañamente familiar.

El titular a tres columnas que la acompañaba rezaba así: "La aeronave espacial VR 27/98 sufre una trágica explosión en la órbita de Ítaca". El pitido del vagón ahogó un suspiro súbito.

martes, 23 de octubre de 2012

Miradas de un Metro.



Venía de cualquier sitio e iba al mismo lugar de siempre. Viajaba en el Metro y se apoyaba de pie al fondo del vagón.Entonces, Ángel reparó en ellos.

Era una pareja de jóvenes atiborrados de tonos pardos, serios, apagados, mortecinos y supuestamente otoñales; múltiples bolsas colgaban de su abatidos brazos como indicios del deporte consumista del shopping.

Él era alto, rubio, de velados ojos azules pánfilos y cara derretida, embajador de esos semblantes aburridos de sí mismos por tener tanto en los bolsillos y tan poco dentro de uno mismo; ella era mona, de cara bonita y cuerpo ligeramente contrahecho, o quizá a medio hacer -Ángel pertenecía a ese estacionamiento existencial en el que se hace tarea imposible concretar la edad de otras personas, pareciendo siempre de forma incomprensible infinitamente mayores o menores que uno mismo-.

Nuestro pasajero a la deriva era de los que no despistan su trayecto con lecturas, músicas o micro-entretenimientos tecnológicos. Él prefería observar a su congéneres pensando que así entendería mejor el mundo en el que vivía; o quizá, para dejar con conocimiento de causa el intentar hacerlo ante el absurdo que le rodeaba.Y miró con atención a los asépticos enamorados de color camel.

Pronto se aburrió de observar al muchacho: imposible conectar con sus ojos y percatarse si la abulia infinita que se concentraba tras sus ojos respondía ante un estímulo externo. Pero no le fue difícil captar la mirada nerviosa de ella; una mirada ovina y a la par curiosa que, incomprensiblemente, tras retirarla, al poco recuperaba el hambre de encontrarse con la del extraño ojeador ante la pasividad del iceberg bípedo que le acompañaba.

Ángel se percató de ello y con cierto sadismo y espíritu invasor clavaba sus ojos con insistencia y ardor en la oveja de mechas oxigenadas. Tras unos segundos donde volvía la cara con cierto desdén ortopédico, le asestaba puñaladas oculares una tras otra .Y allí de nuevo estaban esos globos oculares de clase bien preparados para recibir una nueva estocada.

En la electrocutante sensación que penetraba por el iris de la muchacha hasta disolver el tuétano de su osamenta confluía el choque de estar a merced de una mirada furtiva, proyectada desde una realidad ajena; capaz, pensaba, de brindarle auténticas acometidas de existencia ordinariamente mundana entre las piernas o, quién sabe, "quizá se trate de un terrorista que en cualquier momento va a reventar en pedazos autoinmolándose y nos va a matar a todos".

La curiosidad y el desconocimiento aceleraban el ritmo cardíaco de la joven hasta que el convoy llegó a la estación destino.Tiró de la manga del extasiado efebo de mármol y avanzaron juntos a la languidez que afuera les esperaba mientras le regalaba un beso profiláctico.

Ángel continuó su marcha y reconoció al observarles a través de la puerta entrecerrada del vagón los plomizos pasos hacia el más abominable matadero.