miércoles, 10 de octubre de 2012

A cinco latidos por segundo. Un viaje al corazón de Makoto Shinkai.


"Ella siempre decía que se sentía como si estuviera perdiendo algo".

The Place Promised in Our Early Days

No me considero ningún experto en anime, pero es cierto que, tras muchos años alejado de él -yo también pertenezco al fenómeno Manga films adolescente que tantas cosas buenas y malas trajo consigo en tanto en cuanto a encasillar o limitar la perspectiva de una cultura-, he vuelto a retomar su visionado de forma bastante intensa.

El motivo principal es el lirismo y evocación que muchas veces encuentro en sus propuestas. Hasta ahora es algo que comento en petit comité o que me guardo para mí, pero el descubrimiento de la obra de Makoto Shinkai, me ha agitado fuertemente la entrañas.

Por eso, es el detonante de que le dedique mi primera entrada a este blog realizada en exclusiva para él, sin venir de ninguna publicación en otro medio o de alguna reflexión archivada en los muchos escondrijos de mi persona. Ni siquiera he visto toda su filmografía, pero me han bastado tres títulos para apreciar y sentir muy dentro sus principales inquietudes y la plasmación de lo que denominaré como el amor invencible/imposible.

Una dualidad clara para mí, ya que dentro de toda idealización y de idea de eternidad, subyace la tragedia que supone la imposibilidad, la quimera ilusoria que, a su vez, constituye el alma de todo lo que queremos.

Es maravilloso apreciar un director con una capacidad tan pura para captar la intensidad de las emociones, en este caso de narrar el tránsito vital de las relaciones amorosas inconclusas, heridas de muerte entre la paradoja que crea la distancia inabarcable que existe al estar junto a la persona deseada y que, sin embargo, revientan en catarsis cuando los surcos del tiempo y del espacio separan a los corazones anhelantes de encontrarse para transmitir aquello que su pudor o su cobardía nunca les permitió.



Son precisamente esas fronteras inabarcables del tiempo y del espacio las que marcan el desarrollo de sus películas. Como, cuanto mayores son las grietas que engrandecen ambos, mayor es el hambre y la impotencia por unir algo que por naturaleza debiera haberse fundido y no lo hizo cuando ambos límites aún no habían pergeñado sus infinitas simas.

Todo ello deriva en la soledad y el sufrimiento silencioso más devastador, a la vez que es el motor de la esperanza a un reencuentro imposible: un bullir continuo de la remembranza que casi se puede palpar mientras el desvanecimiento de la propia persona es más y más latente.



Shinkai lo convierte todo en un fluir emotivo donde uno derrama lágrimas sin saber si es debido a la narración, al despliegue visual, al cromatismo de ocaso o, por supuesto, a esas bandas sonoras que se filtran sin darte cuenta por dentro y ahogan la garganta como soporte ineludible al desarrollo de la historia; podría decir que es un sentimiento parecido al que experimento con las escuchas de las epopeyas de la banda japonesa Mono.

Y luego están sus constantes, no sólo ya argumentales, sino simbólicas: los trenes como líneas de fuga entre vivencias, la nieve como paisaje evocador para inmortalizar los instantes en nuestra retina, las miradas al vacío como embudos del alma, la comunicación escrita como fuego elemental para iluminar la oscuridad de la distancia, la contradicción inabarcable entre el cielo y la tierra que ejemplifican como nada el estar en otra parte, los vuelos del anhelo, la quietud del miedo, el sueño del deseo, la reflexión interna inevitable...tantos y tantos mimbres para construir un todo delicado y esencialmente puro, sin cortapisas de ningún tipo, pura naturaleza primigenia del padecimiento por sentir.

Y, bueno, concretizando títulos, decir que quedé prendado en primer lugar por A cinco centímetros por segundo, un conjunto de 3 cortos interrelacionados donde cronológicamente se desarrolla una relación de ese amor definido más arriba como imposible/invencible desde la adolescencia - punto de partida constante de Shinkai- hasta la adultez sorda fustigada por lo que algunos llaman "sufrir en silencio", todo ello salpicado de las trampas, las barreras y los trompicones del tiempo y del espacio.

De forma más concreta esto explotó en mi aorta con el primerizo corto Voices of a Distant Star; 25 minutos henchidos de emoción que dan más que de sí para remarcar las constantes descritas a través de una distancia, reitero, que en este caso juega espacio-temporalmente de una forma tan bella y emocionante que es imposible no caer rendido. La lucha constante por sobreponerse a su demoledor poder es celebración pura. Irrepetible.

Y, justo hoy, el día en que científicos matemáticos dan por hecho la existencia real de universos paralelos, he visionado The Place Promised in Our Early Days (esta y Voices of a distant star creo que no están dobladas; la de A cinco centímetros por segundo sí, pero recomiendo los subtítulos en castellano buenísimos que circulan de las tres). Quizá la más ambiciosa, o quizá lo vea así por ser un largo, pero en todo caso las señas de identidad se mantienen y la conclusión no es tan abierta como en los otros dos trabajos, algo que en unas obras que dan tanta importancia a la interpretación y al sentir libres del espectador, me hubiera gustado que de nuevo fuera más abierta o más metafórica. Juega de nuevo con ese mundo de gente fragmentada, que ha dejado inconclusos sueños y promesas y cómo eso influye en el desarrollo de realidades paralelas.



En cualquier caso, sirva esta entrada como agradecimiento a la obra de Makoto Shinkai. Gracias por purificar nuestro corazón, por insuflarle la sabia necesaria para seguir creyendo a través de él.


The Darkness: El rock como terapia.


(Publicado originariamente en Muzikalia)


El domingo 7 de octubre era un día para celebrar por todo lo alto la esencia del rock primigenio de AC/DCQueen o Journey, ese que, sin ningún tipo de complejo y sí con mucha pasión, consigue salvarnos en no pocas ocasiones cuando todo alrededor parece hundirse.

La causa era el regreso a nuestras tierras de The Darkness, la banda que, posiblemente, más ennobleció este legado desde principios de siglo. En Madrid, con una sala bien repleta y alejados de su papel como teloneros en la gira mundial de Lady Gaga -gran freak eligiéndoles como tales-, los ingleses se convirtieron en protagonistas y reinaron sin problema desde el primer minuto.

Es cierto que Hot cakes (12), un disco deslavazado y falto de coherencia estructural, no era el mejor regreso que ansiábamos los fans de la banda. Eso evidenció en directo la racanería de temas como "Every inch of you" -¿la apertura menos acertada de un disco en la historia del rock?-, "She just a girl, Eddie" o "With a woman", aunque, por el contrario, cuando recurrió a sus aciertos, emocionó e hizo palpitar con "Love is not the answer" y "Concrete".

Pero está claro que los allí congregados lo estábamos para disfrutar de esa obra maestra imponente que fue su debut Permission to land (03), el cual brindaron por completo exceptuando ese broche descomunalmente emotivo que es "Holding my own" y que algunos reivindicamos durante la velada.

Así, pepinazos como "Black shuck", auténticos himnos como "Love is only a feeling" o el demoledor binomio compuesto por "Givin' up" y "Stuck in a rut" nos hicieron saltar, gritar y jalear a unos Darkness que han ganado una consistencia escénica ejemplar, superando inseguridades primitivas y derrochando un sonido, energía y seguridad encomiables.

Mención especial a Justin Hawkins, un auténtico animal escénico manejando audiencias y tempos de forma extraordinaria, así como poseedor de un timbre histriónico y entonado que brilló especialmente en la irritante -todo hay que decirlo- acelerada versión del "Street spirit" de Radiohead.

Por poner algún pero, el ninguneo a su segundo trabajo, One way ticket to hell...and back (05), nunca suficientemente reivindicado y que, por desgracia, sólo sonó con su tema homónimo.

En el bis, un baño -literal- entre multitudes del mosquetero frontman guitarra en alto y llevado por decenas de brazos en volandas con la babilónica "Love on the rocks with no ice", supuso un broche de oro a una velada cicatrizante de las heridas profundas que causa el desagradecido día a día.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La belleza herida: Sigur Rós en el DCode de Madrid


(Publicado originariamente para Muzikalia; Foto de Iñaki Espejo)


Era la quinta vez que me encontraba a Sigur Rós en directo. El temor, como las veces que les he visto en el entorno de un festival, se apoderaba de mí la heterogeneidad de la propuesta de DCode, o mejor dicho, la absoluta diferencia estilística y emocional que pudiera tener la banda islandesa con el resto de propuestas, era tan abismal que el miedo a estar rodeado de gente que no entendiera nada o irrespetuosos se apoderó de mí.

Afortunadamente, el núcleo de fans de Sigur Rós era poderoso en primeras filas y un respeto absoluto se apoderó del ambiente.

La puesta en escena era somera y minimalista, con proyecciones difuminadas y un conjunto de bombillas  que latían a ritmos lentos sustentadas desde el suelo.

De primeras, ya nos dimos cuenta que iban acompañados de sección de cuerda y viento, lo que presumía un concierto expansivo, como así fue, alejado todavía -habrá futura gira en febrero y marzo más centrada en su reciente lanzamiento- de la huída hacia dentro, del repliegue emocional y exigente del infranqueable y demoledor Valtari (12), un tratado de drones, ambient y esencia primigenia de la banda maravilloso con el que buscan huir de la imagen que, equivocadamente, les hacía estar cada vez más cerca de cortinillas de televisión para creativos con inquietudes musicales.


De hecho, sólo sonó de su nuevo trabajo "Varúð", su tema menos exigente y más ortodoxamente asociable a la banda.

Llamó poderosamente la atención igualmente la ausencia de su barbudo teclista Kjartan Sveinsson, que, como declaró hace meses, estaba cansado de girar, sin que esto supusiese una salida de la banda, aunque es preocupante la ausencia, paliada por dos músicos a las teclas, flauta y oboe.

De nuevo, la actitud de Sigur Rós trascendía al entorno y con una solemnidad a prueba de balas evitando cualquier atisbo de facilidad o aceptación masiva -sólo surgió como perla más accesible su inmortal "Hoppípolla"- arrancaron con el dramatismo ardiente de "Í gaer", de su maravilloso doble Hvarf / Heim (07), del que también rescataron la revisión de "Hafsól".

Si por algo será recordado su concierto, será sin duda por la aglutinación de seriedad, tristeza y belleza que irradió su música, siempre esperable, pero que, en esta ocasión, dolía de forma aguda las lágrimas, los recuerdos, los anhelos, las ausencias...pasaban a velocidad de vértigo ante nuestros ojos cerrados mientras sonaban "Svefn-g-englar ",Sæglópur", "Olsen Olsen" o la catártica "Festival" con Jónsi alargando una nota hasta el infinito.

Y, una vez más, asistimos al final con la explosión de "Popplagið", broche de violencia sónica que nos sacudió bien adentro dejándonos exhaustos, tan vapuleados y purificados a la vez, que parecíamos estar naciendo de nuevo. Inmortales.