jueves, 11 de febrero de 2016

Ensayo sobre la ausencia.


"La peor ausencia es la que nunca estuvo"
Raúl del Olmo.


Hoy hablaremos de la ausencia, muy probablemente la cosa más presente por irónico que resulte el hecho de pensarlo. No existe soledad sin ausencia, ni ausencia que no remita a algún tipo de soledad. Podríamos decir que la ausencia es el parásito que habita en lo más profundo de nuestros recuerdos, sensaciones y anhelos.

La nostalgia es la caricia de la ausencia. Resulta difícil no caer bajo el hechizo de vivir de los recuerdos, si bien ello supone morir de ausencias. A este fenómeno contribuye el hecho de medir el paso del tiempo en ausencias y no en años.

Pocas cosas expresan mejor lo que somos que nuestra propia ausencia cuando somos sus representantes en las vidas ajenas; En nuestra vida particular, toda ausencia tiene nombre propio. Su eterna compañía es especialmente dolorosa cuando es inmerecida o cuando somos responsables de su existencia. En estos casos, la magnitud del agujero negro que representa es insondable, un pozo sin fondo al que da miedo asomarse.

Todo lo que consideramos fundamental, lo conocemos por su ausencia; su aroma es prácticamente instantáneo. A través de ella, descubrimos lo presente que estará siempre aquello que no existe. Por duro que parezca, las ausencias son algunos de los más importantes mimbres que nos hacen crecer como personas. La ausencia es la única posesión intransferible: dentro de nosotros late vivo un proceloso bosque repleto de ellas, incluso algunas yacen tan ocultas que ni siquiera somos conscientes de su existencia.

La presencia interior y cotidiana, inevitablemente constante, de la ausencia nos hace difícil mantener un equilibrio entre su terrible silencio y el grito incesante de cada cosa que nos habla de ella. Su uso del silencio, además, no cesa de contarnos cosas.

Uno de los miedos más inevitables es el de pensar que ninguna presencia pueda llenar jamás el hueco de alguna de nuestras ausencias; de hecho, el vacío y la ausencia son dos conceptos complementarios que se alimentan el uno del otro; estar ensimismado por una ausencia infinita conlleva sentir un vacío continuo: somos un pasado de pérdidas, un presente de vacíos y un futuro de ausencias. Toda ausencia nos acabará sobreviviendo.

Sin quererlo, en otras ocasiones surge el fenómeno -bonito y trágico a la vez- de que personas desconocidas nos convirtamos en las ausencias involuntarias de otras vidas. A sabiendas o no de ser sujeto activo o pasivo de la ausencia, las personas que merecen la pena jamás están preparadas para encajar aquellas que la vida nos va día a día regalando. Resulta doloroso comprobar como la erosión del paso del tiempo convierte presencias en ausencias. Esto nos lleva a descubrir que de existir un utópico amor eterno, este no es otro que el idilio entre carencia y ausencia.

Hay veces en las que la deriva existencial y la derrota nos arrastran a aspirar sencillamente a convertirnos en la ausencia preferida dentro de la vida de alguien. Y es que de la tristeza, echamos de menos a aquellas personas cuya ausencia nos la provoca, si bien esta demoledora conclusión no nos impide seguir derramando ausencias.

De alguna manera, el silencio, la distancia y la ausencia son también formas de suicidio y, en ocasiones, no nos queda otro consuelo que encontrarnos los unos con los otros en el infinito marco de la ausencia, resultando inevitable arraigar en lo más profundo de nosotros aquellas que no conocieron despedida.

Al final, no nos queda mucho más que ser poseedores de la mezcla imposible entre la resignación y la esperanza de ser las ausencias que nos quedan por vivir.

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