jueves, 13 de junio de 2013

Thomas Vinterberg: Vertebrando el destrozo de la vida.


Existen casos como David Lynch o Hayao Miyazaki en los que con el cine acostumbro a indagar en la totalidad de la obra de un determinado director. Considero que es tan basto el mar de opciones artísticas a degustar y tan amplia la filmografía de muchos autores -con lo que, inevitablemente, hay referencias flojas cuando no indignas- que me resulta no obstante una tarea sobrehumana y algo mecánica. A no ser que una fijación desbordante se apodere de mí, revisar cada carrera hasta sus últimas consecuencias es algo que hay que hacer, pienso, en ocasiones que lo merezcan para uno mismo, si bien muchos considerarán lo contrario argumentando que para hacerse una imagen realmente fiel de un artista hay que excavar hasta el fondo de su experiencia.

Sea como fuere, el caso es que prefiero guiarme por mi instinto y chocar de bruces con las obras referenciales de un autor para ir más adelante deshojando su cuerpo creativo en una dirección y profundidad concretas. Esta introducción viene dada por el hecho de que el protagonista de mi artículo semanal es un director de cine del que he disfrutado tres películas las cuales merecen en mi opinión el calificativo de prodigiosas. Me refiero a Thomas Vinterberg.

Me parece algo sobado determinar la obra de un autor por su procedencia geográfica, pero en el caso de ser países que no asociamos de primeras a una determinada parcela artística, nos resulta harto difícil obviar este dato. En el caso de Vinterberg hablamos de Dinamarca. Sin duda el director danés más reconocido con el permiso del excesivo y, para mí, imprescindible Lars Von Trier. No es momento de centrarse en la obra de este último -irregular en ocasiones, pero siempre interesante cuando no del todo necesaria- pero sí es preciso señalar algunas coincidencias entre ambos.

Más allá de ser dos de los co-fundadores del polémico manifiesto Dogma, maniobra que no deja de ser una gamberrada con marchamo artístico a la que todas las personas con inquietudes en algún momento de nuestra vida damos rienda de una forma u otra, tienen en común un tratamiento singular en lo que se refiere a la manera de interiorizar y canalizar los efectos de las experiencias vividas a lo largo de la existencia. Bien es cierto que cada uno es distinto: Vinterberg exteriorizándolas a través de su denuncia y Von Trier interiorizándolas a través del dolorismo.

Aún recuerdo cuando un gran amigo me dejó hace muchos años la cinta de vídeo de Festen (Celebración). No pensaba entonces, por mucho que me la recomendara fehacientemente, que se convertiría en una de mis películas preferidas sin discusión. Pocas veces he visto un golpe más certero y profundo a una institución en exceso reivindicada e incluso beatificada como única unidad de convivencia  respetable moralmente por los más integristas. Me refiero a la familia.


Vinterberg pone patas arriba los convencionalismos y las buenas formas asociables a una celebración de cumpleaños de un patriarca de una familia bien burguesa. Bajo la apariencia de un ciudadano modelo se esconde la basura más inmunda: una serie de actos deplorables hacia sus hijos enturbian su pasado y revientan sin ningún tipo de tapujo sobre la mesa desencadenando una auténtica catarsis donde la clase media y la familia reciben un rejón de muerte inapelable. Tanto, que hasta sentimos vergüenza ajena ante el desfile de situaciones y confesiones esperpénticas y traumáticas.

Un película valiente, desmitificadora, cáustica y terriblemente necesaria para aquellos que consideramos que la familia no la eliges, sino que te toca en suerte y que el cariño, la admiración o la lealtad que supuestamente debemos hacia ella no son más que meros formalismos que han de sucumbir ante la realidad de las cosas.

Reconozco que ninguna de sus otras dos grandes obras están a la altura, como casi ninguna película que haya visto desde entonces por otro lado. Fueron muchos los años en que no reparé en otra película suya hasta encontrarme hace tres con la genialidad de Submarino. De nuevo el trauma familiar es el punto de partida en un film protagonizado por dos hermanos separados que llevan ambos la vida al límite en una espiral de excesos y carencias. Un drama en torno al afecto, la soledad y los asideros imposibles para aferrarse a un mundo que no regala nada.

Para algunos, quizá esta cinta adolezca de cierto tremendismo, pero para mi en absoluto. Su descarnada visión entronca con la de otras cintas de las que ya hablé puntualmente como Contra la pared de Fatih Akin o Incendios de Denis Villeneuve, ardientes y desbocadas, destinadas a aquellos que sentimos de una forma kamikaze.


No tengo un recuerdo tan vívido como de Celebración, pero sí rememoro aún con un escalofrío el crepúsculo del film con el encuentro entre hermanos cuando la derrota les lleva por un cauce común casualmente.

Y llegamos finalmente al motivo por el que me he decidido a escribir este artículo. Esta misma semana visualicé su última película The Hunt (La Caza) y no pude menos que quedarme boquiabierto una vez más. De nuevo un problema subterráneo el protagonista, los complejos y los abusos ya hacían acto de presencia en Celebración y ahora lo hacen con una cara totalmente distinta, a través de un tratamiento muy poco visto en el cine para afrontar los abusos infantiles partiendo de la premisa de que "los niños nunca mienten".


El ritmo de aquello que reside oculto o distorsionado es el motor de una obra que otra vez hace hincapié como su anterior filmografía en las consecuencias devastadoras que esto genera. Una reflexión acerca de la confianza, la duda y, sobre todo, el esfuerzo de intentar construirse por dentro desde la destrucción de los cimientos que viene infligida desde fuera. Como apunte mencionaré que su plano último construye uno de los finales más conseguidos y demoledores en su monstruosa metáfora que han visto mis ojos.

Y hasta aquí mi tributo a un director soberbio, de los que demuestran que el arte nos ayuda a construirnos como personas. Ahí es nada.

2 comentarios:

  1. Siempre interesante Vinterberg, y "Jagten" brutal en todos sus aspectos.

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    1. Y ese tremendo plano final. Soberbia, Musetta.

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