domingo, 10 de noviembre de 2013

The Applessed Cast: emociones submarinas.


(Recupero para el blog mi crítica escrita originariamente en Muzikalia de la gira 2013 de The Appleseed cast a su paso por Madrid).

Una de las cosas que más asombra en esta vida es descubrir que, a pesar de los años, la capacidad de sorpresa aún surge en ocasiones. Y eso es lo que viví el pasado jueves en Madrid, en una noche que aunaba un triple cartel con los maravillosos The Appleseed Cast como protagonistas.

Estamos acostumbrados al sonido fabuloso de Moby Dick; tanto que no se me ocurre una mejor sala para conciertos reducidos en la capital. Pero esto fue de matrícula de honor: sonido limpio, penetrante y envolvente, de principio a fin, haciendo partícipe de él a las tres bandas.

Sólo eso ya es un seguro y un deleite para lograr introducirnos en el directo. Y el resto, y de qué forma, lo consiguieron unas formaciones que apelan a la emoción, algo que, por desgracia, está cayendo en desuso en unos tiempos que destilan una música tan preciosista como insultantemente vacía.

Bikes & Girls supusieron para mí una agradable sorpresa. Se trata de un proyecto madrileño que cuenta con miembros de Fira Fem y Jamie 4 President. Texturas de cálida nostalgia construidas a través de destellos electrónicos sintetizados y melodías orgánicas. Un aperitivo estimulante que nos dejó con ganas de más.


Con los italianos June Miller, cualquier atisbo de levedad se esfumó y la intensidad se adueñó del escenario. La perfección sonora alcanzó la excelencia con ellos y llenaron la sala sin resultar ampulosos, derrochando una sencillez prodigiosa y envidiable. Como mejor baza, sus preciosos pasajes instrumentales construidos a través de muros de guitarras que nos situaban ya muy cerca de The Appleseed Cast.


La banda que con todo merecimiento se ganó el calificativo de herederos del sonido de los insustituibles, por otro lado, Sunny Day Real Estate, llegaba para presentarnos su último trabajo, Illumination ritual (2013). Su midwest emo de los primeros trabajos ha ido mutando poco a poco en una propuesta más personal y con carácter que coquetea con el post rock o las estructuras rítmicas complejas.


Desde Peregrine (06), los desarrollos instrumentales han adquirido una importancia fundamental, si bien desde sus inicios ya existían claros ejemplos. Comenzaron centrados en su nuevo trabajo, del que sonaron extraordinarios sus mejores pasajes, "Cathedral rings", "30 Degrees 3 AM" y, especialmente, una brutal "Barrier islands (do we remain)". Hasta temas que en estudio no me dicen mucho como "Adriatic to Black Sea", ganaron mucho en vivo.

Pese a sonar un poco aceleradas algunas interpretaciones, un volumen demasiado alto - que ahogaba en ocasiones la voz de Christopher Crisci- y breves parones que sacaban un pelín del clímax musical, fue un concierto soberbio, con momentos a recordar entre los más estremecedor que he visto en un escenario.

Esos llegaron, como casi siempre ocurre, cuando echaron la vista al pasado y nuestros corazones se fueron con ella: "On reflection", "Fishing the sky" y "Steps and numbers" resultaron prodigiosas, milagros que exorcizaban la angustia que nos atenaza en estos tiempos tan ingratos. Como colofón, la inabarcable y ambiciosa "As the little things go", -cumbre sin paliativos de su irregular Sagarmatha (09)- y un bis crudo con Chris solo interpretando "Fight song", cerraron una velada mágica e irrepetible.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El manifiesto desastre de Nacho Vegas.



Resulta extraño llevar un tiempo sin material de Nacho Vegas. Para los que nos consideramos fieles seguidores de su carrera musical, la espera es inquietante. Su último trabajo, La zona sucia (11), supuso una decepción para mí. En un intento de soltar lastre, de desnudar la canción y su narrativa a la mínima expresión, considero que mucha de la impronta del asturiano se quedó por el camino: Menos dramático y trascendente, más inteligente y sencillo.

Creo que es buen momento de recuperar la crítica que hice de, si no su mejor trabajo, sí aquel que supuso un exorcismo de demonios más a flor de piel y descarnado. Me refiero a El manifiesto desastre (08), su último gran tratado sobre, como él mismo diría, el terror que da vivir.


(Escrito originariamente para Muzikalia).


Mucho ha pasado desde la eclosión de esta obra magna, pero es merecido que, tras observar con perspectiva sus devastadores efectos, reflexionemos y saquemos conclusiones del desastre.

Nacho Vegas ha forjado una carrera brillante, tanto solo como acompañado, y El Manifiesto Desastre (08) es la cúspide de su trayectoria. Quizá no sorprenda tanto como Actos Inexplicables (01), ni sea tan insondable como Cajas de música difíciles de parar (03), pero lo que es seguro es que estamos ante su colección de temas más impactante, desgarradora y cruda. Y no me refiero a esas piruetas que tanto fascinan a los críticos acerca de reinventarse o explorar caminos, conceptos que son más forma que contenido, el motivo no es otro que la brutalidad terrorífica de su pluma, de cómo retrata el conflicto del vivir de una forma tan descarnada, directa y sobrecogedora. Sólo la experiencia permite inspirarse así, bailar en el filo de la navaja aportando a ese fundamento el aderezo creativo que, ya sí, cierra la canción.

En el plano musical, la hondura y cohesión conseguida por su banda actual, en concreto la expansión que logra a las teclas Abraham Boba, alfil de lujo tanto en estudio como en vivo, es también notable. Una producción no tan subrayada como la de Desaparezca Aquí (05), pero que con sutil viveza subterránea, remarca unas composiciones que lejos de ser livianas como sólo alguien desorientado tras una hoja de promoción pudo señalar tiempo ha, entrañan una carga emocional realmente efectiva y afectante.


“Dry Martini S.A.” abre el disco de forma solemne, con ese piano ya casi omnipresente. Primer envite ante la contradicción del actuar, de la derrota ante el amor fatal que lleva y conlleva al más absoluto vacío final. “Detener el tiempo” muestra otra de las obsesiones de Nacho, esa lucha por el hacer trascendente, sabiendo que sólo el nihilismo instantáneo nos cura de valoraciones estériles. Muy Dylan, uno de los cortes más discretos. La oscuridad sinuosa y tensa de “Junior suite”, intervenida por coros angelicales, cede paso a esa vacilada que se monta junto a la Rosenvinge: “Lole y Bolan”, coqueteos con el glam en un tema que más que por su sonido, llama la atención por la noción tan cínica e irónica de las relaciones infectadas.

Mucho mejor resultado aporta otra novedad estilística de Vegas como lo es “En lugar del amor”, influida por la ranchera de José Alfredo e inspirada en los versos de Pessoa; es un bellísimo canto al amor, triste, resignado y con esa melancolía sabia que madura con los años.

Las adicciones a seres y estares, otra marca de la casa, conmueve y agita como nunca con “El tercer día”, quizá el corte más intenso nunca escrito por Nacho, que, desbocado hasta la desesperanza, relata el temor de enfrentarse al vacío de un día tras otro sin el dulce veneno que sabías que mataba y resucitaba a la par. “Crujidos”, otra cima inapelable, es el corte más accesible en el mejor de los sentidos y supone la tristeza personificada de intentar salir una y otra vez de una condena sin éxito. Querer sin poder. Temblores.

El único canto a la devoción espeluznante de quien ama a pesar de los bandazos de los culpables, “Nuevas mañanas” –una adaptación al castellano de Guy Clark-, supone el único soplo de esperanza en un disco que abate inevitablemente de principio a fin, y más cuando al acabar con “Morir o matar”, te das cuenta que mientras existas la única opción siempre es matar. Desintegración plena en un clásico instantáneo a la altura trascendental de “El Ángel Simón” u “Ocho y medio”.

Y quien tenga tiempo de cuestionarse de si estamos ante una persona o un personaje capaz de componer e interpretar así, debería hacerse mirar un poco si lo único que es una puta mentira es su transitar en estado vegetativo desde hace mucho. Entre el dolor y la nada, yo también, elegí el dolor.

Dry Martini S.A.: Las terribles fauces del instante

viernes, 25 de octubre de 2013

Ángela Cavagna: prima donna.


Hoy quiero rendir en mi blog un sentido homenaje al principal mito erótico de mi infancia: Ángela Cavagna. Quizá se aparte de la temática general de los artículos, pero qué duda cabe que rememorar la importancia de un mito en cualquier campo es fundamental, personal e intransferible. El tono dista bastante del empleado en la mayoría de entradas, ya que fue ideado y escrito para un especial de "Guerra de tetas" que hicimos en el weblog del programa de radio donde colaboro, La Parada de los Monstruos. Su desparpajo, frescura y nostalgia feromática lo convierten en una rareza singular y díscola para estas páginas.

Ángela Cavagna es un nombre que no dirá nada a muchos. Esta italiana rivalizó con Sabrina con furor por ser la sensación definitiva de la batalla voluptuosa en torno a los senos que dinamitó los años ochenta de muchos hogares a nivel televisivo. Su esbelto poder mediterráneo exigía desde entonces paladares exquisitos: ella era la elegancia para el inquieto semen bisoño quinceañero.

Y contaba con un arma que no fueron capaces de explotar sus rivales: un culo de órdago del que siempre hacía gala ya fuera posando, ya fuera actuando. Así, a las claras, ella era la mujer latina perfecta para haber protagonizado cualquier devaneo carnal de Tinto Brass o Bigas Luna, sus generosas chichas bien habrían merecido el homenaje de estos gigantes fílmicos de la industria cárnica sin complejos.

Aún recuerdo su impactante presentación: su camisón amarillo, medias de rejilla y deportivas bajando por la escalinata de una sala de máquinas que emulaba el interior de un barco. No podría ser en otro entorno más casposo y excitante al tiempo para un quinceañero lejos de dinamitar la noche: un programa decadente de Nochevieja presentado por La Trinca nada menos. Un año antes había sido la mortadela de la Salerno la que había conquistado pantalla con esa chupa heavy carpetera en TVE, pero esta vez era nada menos que una revisión en playback del “Cuando, cuando” –tiene huevos, oigan- bailado a brincos y vueltas, el que dejó ver un pezón empitonadísimo (nada que ver con la picadura de avispa en medio de una rodaja de fiambre de la cejuda Sabrina). Esos bailes horteras y esa manera de tocarse su esplendida cabellera, junto a un magreo en plano picado de su culo en primer plano, dejaban a las claras que la Cavagna pisaba fuerte aunque hubiese llegado rezagada a nuestro universo tetómano.


Ese mismo año fueron las autonómicas las que se llevaron a la Salerno para la ocasión, pero bien asegurados de que sus pechos no guiñarían un regalo al personal, al hacerla actuar con un sujetador empedrado bien ceñido que impedía cualquier salida de mama y de madre.

No tardaron en llegar portadas por estas tierras en Interviú, con esas famosas batallas entre las antiguas amigas italianas de adolescencia, hasta fotos juntas de entonces llegaba a publicar la revista. Interiores con fotos de escándalo donde quedaba muy a las claras la superioridad de la Cavagna en su geografía corporal. Ambas debieron haberse conocido en su Génova natal. El colmo de la lucha le hizo llevar a los tribunales italianos a Sabrina acusándola de que sus pechos no eran naturales a diferencia de los suyos y que incluso llegaba a meterse algodón en los sujetadores antes de actuar (¡!). Lo más desternillante era la manera en que a los cuatro vientos se promulgaba “Artista” como si fuera, no sé, Diana Ross o Aretha Franklin. Para mearse.

En la posterior lucha de ubres ya mencionada en anteriores artículos, dirigida por el inefable Ángel Casas en su programa de variedades, donde coincidieron aparte de ellas dos, Samantha Fox, Carmen Russo y nuestra Marta Sánchez –época tensa con la prensa en que tuvo que posar en un calendario en bolas a lo Marilyn para que no la publicaran unas fotos junto a un negro trempado a su lado- la Cavagna tuvo que grabar su actuación en distinto día al que acudía Sabrina para evitar que coincidieran juntas. Apabullante fue su vestido escarlata de terciopelo vampírico a punto de estallar a cada centímetro y cerrado en el cuello, dejando a la vista un hiperbólico escote, un paraíso sensorial donde cebar nuestra líbido adolescente. Muy pin-up 50´s. No obviemos el tema de spaghetti disco con guitarrita a lo Raúl Orellana de la época que era su tarjeta de presentación siempre: “Easy Life”, pa’ nota.

Easy life en el programa de Ángel Casas.

Y como nos vino, se nos fue y se nos refugió en su Italia donde llegó a ser portada de Playboy y tener numerosas apariciones televisivas en programas concurso y demás como enfermera, azafata, hasta recientesreality-shows; en fin a cualquier palco donde ver algo de su carnal “instinto artístico”.

Su decadencia puede ser seguida, tristemente, en www.angela-cavagna.it, página donde vemos como es capaz de, casi veinte años después de estas tempestades, seguir posando con un físico irreconocible a decir verdad, lo que la convierte casi en la Axl Rose del circo pectoral.

viernes, 18 de octubre de 2013

Horizontes inabarcables: God is an Astronaut en directo.

Tras la oportunidad de disfrutar una vez más de las virtudes y emoción que transmiten en directo los irlandeses God is an astronaut, os dejo mis impresiones para rendir homenaje y justicia a una banda que merece mucho más. Acompañaron los madrileños Jardín de la Croix como teloneros.


(Escrito originariamente para la revista on-line Muzikalia).

Madrid aunó este mes de octubre en una misma velada una doble apelación no tan fácil de lograr: al corazón (God is an Astronaut) y al cerebro (Jardín de la Croix). Y eso fue posible porque ambas bandas cuentan con la capacidad de tocar la fibra y estimular ambos órganos -cada una en su propuesta- con extrema facilidad y pulso firme.

Abrieron fuego Jardín de la Croix. Su math rock virtuoso y contundente convenció desde el primer momento. Siendo especialmente agradecido este estilo para ser digerido en directo, la batería de ritmos y contratiempos trepidantes aunó eficacia y técnica. Es muy posible que sea la propuesta de rock instrumental más excitante de nuestro país junto a Toundra hoy día.


Esta era la tercera vez que veía a God is an astronaut en directo. Con cada disco desde el homónimo les he ido disfrutando a su paso por España. Presentaban en esta ocasión Origins (13), un trabajo de tremendo poder evocador y sensibilidad, con dosis moderadas de electricidad desbocada y tintes electrónicos.


Quizá lo que más llame la atención de primeras sea el uso distorsionado de la voz a las maneras que hicieron Mogwai desde su Happy songs for happy people (03), detalle éste que les remite en parte a los escoceses, pero que no debiera despistar y dejar pasar por alto las virtudes de un trabajo notable.


Confiados en el potencial de éste, abrieron el concierto con la bellísima expansión de "Weightless", su tema más delicado y maravilloso. Sonó estupendo y fue el mejor momento de Origins junto a la solemnidad de "The last march", el riff demoledor de "Calistoga" y, ya en el bis, la abrasión desatada de "Red moon lagoon".

Sus miradas al pasado se centraron en su obra magna, All is violent, all is bright (05), del que no faltaron temas inmortales como "Fragile", "Forever lost", "Fire flies and empty skies" o la reserva para el bis de "Suicide by a star". Sin embargo, el mejor momento de ese tratado imponente de post rock fue la durísima revisión de su tema titular.

Hermoso corto animado acompañando "Suicide by Star", uno de sus temas más intensos.

Entre las novedades que traían los irlandeses en vivo, cabe indicar la de un guitarrista de apoyo, lo que conseguía que, en algunas partes más intensas donde el teclista aferraba también las seis cuerdas, las canciones ganaran en cuerpo sustentadas por tres guitarras.

Para terminar, destacar la tremenda entrega demostrada por la banda, especialmente por la figura incombustible y fiera de unTorsten Kinsella en perfecta comunión con los fans más enfervorecidos de las primeras filas, alcanzando el cénit en otros dos rescates apoteósicos como lo fueron "Echoes" y un final convertido en una celebración orgiástica como pocas se recuerdan este año con "Route 666".

viernes, 11 de octubre de 2013

Mad Season: mi otoño particular.


Todos tenemos discos especiales para o por algo. Escucharlos se antoja un ritual. En mi caso, aún no sé el motivo, la llegada del otoño me lleva cada vez a pinchar el único trabajo de Mad Season, Above (1994). Aprovechando su re-edición este año y toda la vida subterránea que tiene para mí, dedico esta semana la entrada de mi blog a él.

No hace falta presentar a Mad Season a día de hoy. O quizá sí, lo que sería más grave. Mad Season fue uno de los denominados "supergrupos" de los 90's. Ya sabéis, esas bandas que aunaban miembros de distintas formaciones en proyectos la mayoría de veces puntuales. Mad Season fue junto a Temple of the Dog -proyecto liderado por Chris Cornell que aunaba a miembros de Soundgarden y Pearl Jam en un tributo a la muerte del líder de Mother Love Bone, Andrew Wood- la superbanda distintiva del movimiento grunge.

Sería cruel decir que fue la desidia con sus bandas madre y las adicciones con la droga las que solidificaron la reunión de miembros en Mad Season, pero omitirlo también sería faltar a la verdad. El aura de pesimismo, belleza marchita y emoción quebradiza que definen cada uno de sus surcos ejemplifican perfectamente este hecho. Layne Stanley (vocalista) en Alice in Chains y Mike McCready (guitarrista) en Pearl Jam habían caído en la espiral autodestructiva de la heroína y, por otro lado, Barrett Martin (batería) era presa de los conflictos siempre presentes en el seno de los añorados Screaming Trees. John Baker Saunders, bajista de The Walkabouts, completaba el cuarteto. Con el paso de los años, resulta terrorífico comprobar que dos de sus miembros, Layne Stanley y John Baker, resultaron finalmente fulminados por el peso de la droga y de la angustia vital, falleciendo ambos lastimosamente.

Recuerdo mi primer contacto con Above, fue en aquel bendito oasis radiofónico que era De 4 a 3 en Radio 3 con Paco Pérez-Bryan. Fue la canción "Artificial Red", canción con efluvios blues y jazzies la cual aún la considero bastante más prescindible que el resto del disco y bastante distinta además. Me dejó frío y extrañado. Posteriormente, un amigo de la facultad me grabó en cita de cassette el disco. Allí ya quedé prendado de tres canciones que durante mucho tiempo las tenía en brutal estima por encima del resto: "Wake up", "The river of deceit" y "All alone". Con diferencia, las más tristes y conmovedoras, tres de las más bellas muestras musicales que experimentaré jamás.


Con esas impresiones aún irregulares, pero puntualmente maravillosas, llegó el cumpleaños de un gran amigo mío donde mi idea era regalarle el disco. Cómo no, a la forma en que se hacen los regalos más inmortales: a mano, sin gastos, sólo con cariño y significancia. Le grabé otra cinta de cassette, de mi propia cinta pirata de cassette -reíros ahora, acólitos del bit rate- y se la deposité en su buzón sin mediar palabra con él. Sólo le incluí una nota a bolígrafo con alguna sentencia propia de las circunstancias y con un asterisco señalando las canciones que más me llegaban, las tres de las que hablo.

Ese ritual obedecía a alguna de esas crisis puntuales de aislamiento, incomprensión -o sepa dios qué- que ocurren con esos amigos que te acompañan durante todo tu periplo vital y que, cómo no, siguen a día de hoy a tu lado. No es gratuita esta anécdota, ya que son esas intrahistorias que van unidas a los discos, o a las obras artísticas en general, las que aportan su verdadera importancia y significado en tu transitar. Supongo que ése será para ambos el recuerdo que más perdure de este trabajo siempre.

Con los años, fui valorando cada vez más Above y me ha seguido acompañando, sobre todo en el momento en que moría el verano. Me fascinaba escuchar las primeras notas pautadas, profundas y misteriosas de "Wake up" antes de que la voz más conmovedora y particular del rock comenzara a deshacernos por dentro con sus versos. Y más cuando la luz y el calor daban paso a la ingravidez de septiembre, que es un mes en el que considero que todo nace y muere, una especie de año nuevo particular. La extraordinaria técnica y capacidad tribal de la batería de Barrett Martin en "X-ray mind", la herencia arrastrada y soporífera en el mejor sentido de Alice in Chains en "Lifeless dead" y "I don't know anything", la llegada furtiva y cautivadora de Mark Lanegan  en "Long gone day" o esa orgía instrumental alucinógena que es "November hotel" con un McCready inmenso y expansivo, han sido con el tiempo otros lugares sonoros donde perderme y sentirme afortunado por contar con ellos. Así hasta convertirse en un disco crucial del que no puedo prescindir nunca.

"All Alone" en directo. Una elegía descarnada por la soledad que se pega a las entrañas.

De los pocos documentos para acrecentar su leyenda y extraordinaria calidad musical y emocional, es su vídeo comercializado en VHS, Live at the Moore de 1995. Otro buen amigo me lo grabó ya en esta era digital y es fascinante el estado de forma de la banda, su capacidad de transmisión y el aura intransferible y personal que destila. Por fin este año hemos asistido a una re-edición de lujo donde se puede disfrutar junto a un cuidado digipack y libreto de Above y el concierto íntegro en The Moore, tanto en audio como en vídeo -con las canciones no incluidas originalmente como extras adicionales de vídeo-.

Se incluyen también, y ahí está lo jugoso, una colección de temas con la voz de Mark Lanegan como protagonista una vez que Layne Stanley nos hubiera abandonado a todos. Especialmente hermosas resultan las dos más pausadas y emotivas, "Slip away" y "Black book of fear", mi preferida del nuevo lote. Se rescata también "I don't wanna be a soldier", la versión de John Lennon ya incluida en el tributo al artista Working Class Hero (1995).

La preciosa "Black book of fear".

Como anécdota, contaré que en una de las veces en que pude hablar con Ainara LeGardon en Madrid, me comentó como Chris Eckman, miembro de The Walkabouts que colaboró en sus discos, le contaba con impotencia la preparación del segundo trabajo de Mad Season. Un trabajo que nunca llegó a existir por esas tardes de ensayo en las que sólo Barrett Martin acudía al local habiendo quedado todos previamente, sin saber el paradero de ninguno del resto de miembros. A saber en qué sucio rincón estarían lamentándose con su idilio pernicioso con los paraísos artificiales. Impactante sobre todo por ser contado por alguien que lo ha vivido allí mismo, en relación con el resto de personas implicadas en Mad Season. O los detalles terribles de la sobredosis que se llevó de este mundo a John Bakers tras ser abandonado por su pareja sentimental. No son notas truculentas sin más, son flecos que ayudan a mostrar con detalle y honestidad máxima lo que se cuece detrás de las obras y los artistas cuya vida duele, muerde y fluye a duras penas.

Y hasta aquí este pequeño tributo a una banda y una obra imperecederas que siempre latirá viva y frondosa, esperando que nuestros oídos y corazones se adentren una vez más en un viaje hacia ninguna parte como lo son todos aquellos en los que merece la pena embarcarse.

viernes, 4 de octubre de 2013

El arte de terminar las cosas: Dexter Vs. Breaking Bad


(Nota: Este artículo no contiene información relevante sobre las tramas de las series sobre las que habla y puede ser leído con total libertad por aquellos que no las han visto).

Recientemente, hemos asistido al final de dos series paradigmáticas de los últimos tiempos: Dexter y Breaking Bad. Esta semana quiero dedicar la entrada de mi blog a describir las formas tan diametralmente opuestas en que ambas han llegado a su colofón.

La verdad es que las dos prometían un desenlace por todo lo alto. Y nos hemos equivocado con ambas, una por no llegar y la otra por pasarnos: Con Dexter, tras una formidable séptima temporada, por no recordar su manifiesta irregularidad y prometérnoslas demasiado felices; y con Breaking Bad, que con su insultante guión soberbio nos tenía tan mal acostumbrados, al no adivinar una forma tan ejemplar de cerrar todos los flecos de una historia, quedándonos cortos en las previsiones ante tamaña maravilla que marcará un nuevo hito televisivo.


Como digo, Dexter, una de las series sin duda más famosas y generadoras de fans en torno a un personaje principal, ha sido capaz de lo mejor y de lo peor siempre. En parte, en ello radicaba su encanto. Aún recuerdo la trepidante segunda temporada, el impacto atroz del final de la cuarta o la remontada hacia el estallido final de la séptima entre los más grandes  momentos que me ha brindado una serie. Pero, claro, ahí estaba igualmente la falta de pulso y carisma de la tercera y la sexta (que se salvaba tan sólo con un cliffhanger que te dejaba en estado de shock un año entero esperando su continuación), o un conjunto de personajes que, exceptuando la brutal Debra Morgan (hermana de Dexter) y los "villanos" coyunturales de alguna que otra temporada, no eran capaces de dar la réplica a los dos protagonistas.

En este sentido, podría decirse que Dexter es una serie en las antípodas de, pongamos, The Wire con una insultante regularidad y una carencia absoluta de estridencias y efectismos. También evita un protagonismo excesivo en torno a un personaje (cosa que ocurre en parte también en Mad Men con Don Draper, pero mucho menos marcado que con Dexter) y apuesta por una propuesta coral donde los dos personajes colectivos, la calle y la supuesta ley y orden, entran en conflicto.


El problema con Dexter, como indicaba, es la espectacular remontada que nos ofreció la séptima temporada y la promesa de terminar una serie que, pese a su extensa duración, no mostraba unos signos de cansancio tan evidentes como Mad Men (otra con una horrible sexta temporada tras el gran sabor de boca de la quinta). Pues bien, los guionistas han hecho aguas y no han tenido ni idea de cómo terminarla. Por un lado, algunos personajes cosificados hasta el insulto y Dexter transformado en un ente indefinido alejado por completo del carisma y de lo que los fans podemos esperar de él. Tras un arranque prometedor que bucea en el pasado del personaje de nuevo, la trama principal avanza a trompicones y va mutando hacia la aberración, mientras que las secundarias carecen de interés alguno, así como los personajes nuevos que aparecen sin tener ni idea de cómo encajarlos con coherencia (obvio detalles para que quienes no hayan visto la serie puedan leer el artículo sin verse amenazados por los spoilers como indiqué al principio del artículo).

No han dado un final digno a Dexter y eso duele: lo han convertido aún más en un elemento de mercadotecnia, haciendo primar ese aspecto sobre el de la dignidad de un personaje y la calidad audiovisual. Una pena.

El caso opuesto lo tenemos con Breaking Bad. Los último ocho capítulos de la segunda manga de su quinta y última temporada se digieren de un suspiro: quieres más, no puedes dejar de metértelos en vena uno tras otro. Aparte de un guión y unas interpretaciones majestuosas, Breaking Bad que ya lo había hecho en ocasiones no precisamente con el mejor tino al no ser su objetivo primordial, apela a la emoción. Y de qué manera: franca, dura y sin miramientos. Y, además, con cabeza. Un final crepuscular, sin que ningún elemento quede colgando. Nadie olvidaremos nunca el cerebro comprometido con sentir lo que es vivir de Walter White, ni a su sufrida familia, ni a la estrella negra que acompaña al corazón puro e intoxicado a la par de Jesse Pinkman, ni al conjunto de narcotraficantes más carismáticos y molones que recordamos en mucho tiempo.


Breaking Bad logra aunar virtudes como lo son: entretener, resultar inteligente y conmover. Es habitual que alguno de estos pilares flaquee y sólo las obras destinadas a perdurar en el recuerdo los construyen con el suficiente peso como para aguantar el desgaste del tiempo y de nuestra experiencia como espectadores.

Sólo nos queda agradecer el esmero y el cariño de aquellos que consiguen mantener hasta el final la dignidad y el encanto de las cosas que crean por mucho que, como con todo en esta vida, eso sea lo más difícil.

viernes, 27 de septiembre de 2013

American Horror Story: Asylum. De locos. Y tanto.


Esta semana, me dispongo a recuperar las impresiones que me generó la segunda temporada de American Horror Story:Asylum. Debo ser de otro planeta porque, mientras a mi me ha parecido nefasta, mucha gente opina que es una temporada magistral, muy superior a la primera y no es difícil encontrar defensores a ultranza de ella.

Después de una primera temporada que me sorprendió para bien, los postulados cambian radicalmente y deja de tener interés alguno. Una decepción mayúscula.

Una serie que cobraba sentido en su provocación completa desde una perspectiva paródica a clásicos del terror –ahí estaban La semilla del diablo, Al final de la escalera, Los otros…- y que tomaba como base el exceso y la absoluta irreverencia petarda: una celebración marica, chillona y desmelenada que se presentaba como una gamberrada no apta para todos los paladares, pero divertidísima si enganchabas con su razón de ser tan excesiva y desacomplejada.


El error fundamental de la nueva temporada es el hecho de tomarse en serio a sí misma. Lo que antes resultaba ironía descacharrante, guiños divertidos y trasgresores se convierte ahora en algo moderno en el peor de los sentidos. Sobado y muy poco inteligente planteamiento, apto para "todos los públicos" -en el sentido de carnaza terrorífica- por curioso que parezca.

La serie busca aterrorizar y provocar, y es justo cuando patina por lo previsible que resulta todo y porque su manera de forzar la máquina de lo desagradable es tan manida que aburre una y otra vez. El tratamiento visual, además, ahonda en el peor terror posmoderno de fotogramas incrustados repentinos, saturaciones cromáticas, movimientos de cámara súbitos y demás síntomas de tan execrable género.

Eso por no hablar del guión: difuso, desperdigado en tramas que se pisan, que nacen y mueren, que dan vueltas por el simple y mero hecho de no contar con una principal, con un enganche que deje al televidente con ganas de seguir adentrándose en el malsano universo de Briarcliff. Escenas nada convincentes y ridículas, carentes de todo saber hacer y recursos burdos cuando no se sabe qué hacer con algún personaje son ejemplos que, evitando spoilear, saltan a la vista.


Los últimos capítulos –exceptuando el final que es horrible- parecen querer desprenderse de todos estos errores de bulto e intentan resultar más excesivos desbarrando de una forma inteligente a ráfagas, pero ya es mucho el lastre que llevan a sus espaldas.

Las interpretaciones responden bien, así como de nuevo el reconocimiento de guiños –aquí El exorcista, Alguien voló sobre el nido del cuco y Encuentros en la Tercera Fase como los más evidentes-, pero poco más. Ni siquiera la crítica a la iglesia retrógrada y a los abominables tratamientos y experimentos con pacientes considerados locos por no responder a los cánones de la educación recta y moralmente aceptable de la época resultan interesantes por el trazo grueso que dibujan.


Un ejemplo claro del estado de forma -por desgracia no tan bueno- que están pasando algunas series, ese oasis que de momento salva el estado alarmante de mediocridad del cine actual. Sirvan como ejemplos más recientes la segunda parte de la tercera temporada de The Walking Dead, la sexta temporada de Mad Men o la octava y última de Dexter.

viernes, 20 de septiembre de 2013

El reflejo. Escrito por Raúl del Olmo.

(Escrito hace muchos años y revisado ligeramente ahora, preservando su sencillez y su limpia exposición de un alma aún por macillar).


No lo soporto, cada día es igual. Todas las mañanas me despierto a la misma hora y odio el sabor que tiene mi boca cuando me digo en voz baja "no quiero levantarme". Sé que no existe salida a esto, nada impedirá que me vista mecánicamente y sienta el más profundo asco por el olor que desprende mi cuerpo tras una semana entera sin ducharme. La dejadez absoluta y el abandonarse por completo son pruebas palpables de la derrota existencial. Sin duda, pienso que hoy será "como siempre".

Después de tomar un café solo y una magdalena revenida, bajo las escaleras del porche sin importarme que hoy el sol brille con un brío vehemente: las puertas del verano están casi abiertas. A mí, sin embargo, el invierno profundo del gris trascurrir de mis días no me abandonará jamás. Me subo al coche y arranco. Ya casi no recuerdo el momento en que lo hice por primera vez, con cara sonriente por recibir aquel regalo que me concedieron mis padres al terminar mis estudios superiores.

Rápidamente, me adentro en la autopista que me llevará hasta el edificio gigantesco de cemento armado, a aquel monstruoso lugar que drena mi existencia poco a poco e hipoteca mi tiempo de manera despiadada. De todas formas, no sé para qué quiero contar con tiempo, todo me da igual, el síntoma más evidente de haber tocado fondo.

No quiero pensar en ello, no quiero que las lágrimas vuelvan a empañarme la visión de los otros automovilistas de la rutina diaria que llevo por delante. Busco distracción y pongo la radio; giro el dial lentamente hasta llegar a una emisora en la que suena aquella canción que tanto me gustaba antes y que tanto me había hecho sentir. Da lo mismo, apago la radio. Ya no me volverá a emocionar; ni tan siquiera recuerdo el grupo que la ha compuesto. ¿Por qué he dejado todo en el camino? ¿Por qué he cambiado tanto si me prometí ser siempre yo mismo?

No me siento con fuerzas para hacer algo nuevo o ni tan siquiera para recuperar lo perdido, quizá nunca tuve nada, no lo sé. De nuevo retención, la agónica penitencia inevitable. Mientras estoy detenido, cierro los ojos para ver si la espesura negra se traga mis reflexiones cuando, de pronto, algo cae en la luna delantera de mi automóvil. Es un ruido pesado, inerte y leve -pock-. Abro los ojos a la realidad y observo como un líquido espeso y blanquecino cae lentamente por el cristal. Parece leche con grumos verdosos, o quizá más bien las bilis que mi cuerpo expulsa al volver cada noche de excesos desperdiciando mi juventud.

Pero no había duda: una gaviota había defecado en plena luna. Maldigo mi mala suerte y esta estúpida situación en medio del gran atasco. Salgo del coche a estirarme y miro hacia delante para saber cuán larga es la fila de almas vacías enlatadas entre cuatro ruedas y un volante. No puedo hacerlo con claridad, el resplandor cegador del sol -ciertamente, no sé siquiera si queda poco para el verano o es una ilusión- me hace desviar la vista y girar la cabeza hacia la izquierda repentinamente. Es entonces cuando lo percibo: el inmenso mar recorta el paisaje tan vivo e imponente como lo fueron un día mis sueños. La imagen se me clava en la retina.

Deseo justo ahora volver a sentir el tacto del agua marina sobre mi piel y escuchar las espirales infinitas del oleaje para encontrar la paz. Sé, de una vez por todas, que no me queda nada que encontrar, ni ánimos para buscar: sé que mi sorda derrota invita a bajarme de la monotonía, mi única compañera de viaje.

Cierro la puerta del coche y sé que lo dejo ahí para siempre, en medio del caos circulatorio. No me importan los pitidos y los insultos, ni los escucho. Mi mente sólo busca una salvación. Me pregunto justo ahora por qué soy tan frágil en mi interior tras una fachada artificial, pero ya da igual.

Llego al otro lado de la autopista y cruzo un puente. Hace tanto tiempo que no tengo ganas de llegar a algún lado que hasta me sorprende este énfasis. Atravieso un trecho del paseo marítimo.No sé ni cuándo había sido la última vez que había pisado estos gastados azulejos de mármol; ni siquiera recordaba la procesión de farolas a ambos lados. Finalmente, bajo las escaleras que mueren en la playa.

Siento una mezcla de sensaciones, una confusión agradable entre el olor a salitre y el brillo plateado del sol sobre el mar. Piso la arena. A lo lejos descubro varias barcas abandonadas más viejas que el mundo. Un par de pescadores prueban suerte con prudente entusiasmo mañanero. ¿Son felices? ¿lo he sido yo alguna vez?

Avanzo con decisión. Me quito los zapatos, los tiro despreocupado y mis pies siente la porosa humedad. Ya no veo nada, me guía el instinto. Me desnudo por completo y desprovisto de todo lo que no soy, me pregunto la finalidad con que el ser humano ha creado tantas cosas inútiles. Mi cuerpo en crudo me ofrece la seguridad del que se ha encontrado a sí mismo.

Al contrario de lo que pueda parecer, me muestro tranquilo y sólo interrumpe mi liturgia el frío intenso del líquido elemento en contacto con mi piel. Me voy introduciendo en el mar poco a poco, mi cuerpo se difumina bajo las aguas. Fijo la mirada en el horizonte. Ante mí, no hay límites; sólo un todo infinito y su llamada es irresistible.

Comienzo a nadar para seguir avanzando, es irónico que todo parezca claro en el momento más extraño de mi vida: sin rumbo, pero habiendo encontrado la salida. Floto ligero: el peso demoledor de una vida insatisfecha y errática, el lastre de todas las renuncias que no elegí, se hunden en las profundidades.

El oleaje es suave y continuo, un vals embriagador. Y entonces los noto, ya penetran sutilmente, ahí están: ¡los sonidos en espiral! Miro instintivamente hacia la orilla como reflejo de todo lo que dejo atrás: una pareja de ancianos pasean de la mano junto a ella. Vuelvo la cabeza y sonrío.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Un hombre maduro. Por Raúl del Olmo.


Una fila de miradas se agolpa a observarme desde el andén. Es extraño, yo, alguien que ha pasado desapercibido siempre, me siento ahora el centro de atención.

Cuántas veces habría suspirado por que una chica como aquella del pelo recogido se hubiera fijado en un paria como yo; o que este señor de impoluta presencia no hubiese apartado los ojos al encontrarse con un mediocre ciudadano gris.

Ahora, mientras les veo, pienso que me parecen infinitamente más jóvenes o más viejos, más guapos o más feos que yo. Será la ingravidez del momento.

Al menos, puede que por fin ya sea todo un hombre; no por nada en especial, simplemente por lo que decía mi profesor de literatura con solemnidad, eso de que “madurar es aprender a irse a tiempo”.

Me fastidia que las personas no nos percatemos de que vivir es el afortunado e improbable accidente de existir, pero, la verdad, es difícil que la muerte te pille viviendo.

Qué le voy a hacer: aunque haya suicidios que duran toda una vida, hoy elegí terminar con el mío.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Carne de Cañón. Escrito por Raúl del Olmo.


No era capaz de apartar la mirada de ella. Su reposo inmóvil se expandía ante Hugo. Se sentía un ladrón robando la esencia más íntima. Ante sus ojos, su perfil se le antojaba apagado, como el resplandor del anillo que apresa un dedo hinchado por el paso de los años.

La ferocidad con la que el deseo pujante invadía el lecho que compartían era poco más que una reliquia de los tiempos. La precariedad existencial llenaba cada poro de la piel de Hugo, si bien a la vez le vigorizaba como un resorte a despertarse cada día. La forma en que se desintegraba su convivencia no dejaba de ser una tragedia para oídos sordos. La casualidad había marcado su primer encuentro, llegó a su vida como la bala perdida que te penetra sin querer.

Mientras seguía fijado al espejo de su infortunio mudo, se sentía un miserable por ser cobarde y no hacer con las penurias la soga de su vida y de una vez cambiar algo. Recordaba con una sonrisa afligida cuando presumía de confiar en lo imprevisto como la fórmula del caos perfecta. Eso hacía mucho que no ocurría.

En lugar de ello, había convertido en hábito entonar un réquiem silencioso por todos los que, inconscientemente, compartían la misma angustia, frustración y desvanecida esperanza. Otra de sus costumbres era escribir inconexos versos, una válvula de escape inútil a la que recurrir en ocasiones.

Acercó la mano hacia el cajón de la mesilla del cuarto. Sacó el cuaderno deslavazado donde plasmaba sus ejercicios de desahogo cotidiano y lo abrió. Rara vez leía aquellos apuntes de un hombre ahogado; crear en el sentido más mundanal del término era para Hugo una línea de fuga sin retorno que no demandaba volver sobre sus pasos. Sin embargo, aquella mañana de domingo lo hizo.

“De tu sangre al vertedero”. Ese era el título de los últimos retazos fieros que había gestado su lápiz hacía tres días. Varías líneas escritas en primera persona con presión notable decían así:

Soy la poesía podrida en tu placenta,
Soy el azote de tus vicios,
Soy la vena que afea tu rostro,
Soy el cancionero de tus mutilaciones invisibles,
Soy el talento de tu condenado a muerte,
Soy las cartas que te inventas,
Soy el secreto de tu degeneración,
Soy la caja negra de tus sombras,
Soy el terror debajo de tu lámpara,
Soy, en fin, la historia que te falta.

Hugo se quedó mirando fijamente esas palabras varios minutos. Cerró las páginas y se sorprendió al toparse con la cubierta en la que ni recordaba el dibujo que había plasmado: una especie de Cristo crucificado en postura fetal bajo el que rezaba “los mejores finales, los que no comienzan”.

Su vista reparó de nuevo en ella. Indolente, sólo se movía y mostraba calor cuando Hugo la agitaba despertándola de su letargo. Por mucho que le pesara, se había acostumbrado tanto a ella que era inútil reinventarse un nuevo mundo.


La aferró firmemente entre sus manos, la levantó inerte y se la llevó camino del baño. Era momento de darle un agua a su vagina en lata. 

viernes, 26 de julio de 2013

10 beat-em up clásicos para jugar a dobles.


Continuando con el recuerdo y la importancia del videojuego en mi desarrollo personal, y tras la buena acogida de mi anterior entrada sobre prehistóricos juegos de fútbol (leer aquí), toca rememorar los beat-em up fundamentales de mi infancia y adolescencia.

Destacar que entre estos juegos de peleas cuerpo a cuerpo, he obviado los uno-contra-uno tipo Street Fighter y los primitivos videojuegos que permitían sólo avanzar de izquierda a derecha linealmente tipo Kung-Fu Master o Vigilante. Me centraré en juegos de peleas a dobles con profundidad de campo, y he permitido introducir alguno donde se permite el uso de armas, pero que por sus características, incluyen elementos de contacto físico igualmente.

Double Dragon. Mi máquina recreativa por excelencia y la de tantos de mi generación. Juego callejero donde debías rescatar a una guapa chica que secuestraban unos matones liderados por el universalmente conocido como "El Metralleta" con el que te enfrentabas al final en un templo. Destacar que si te acababas el juego con otro compañero, ambos tenían que luchar entre ellos por ella, quedando tan sólo uno. Incluía gran cantidad de golpes y era habitual hacer el truco del codazo, ya que era un golpe muy difícil de parar por los adversarios. Me encantaba coger armas como bates, barriles, piedras o cuchillos, que podías pararlos de una patada. También molaban enemigos gigantescos que parecían M.A.-sobre todo los negros, llegando a aparecer hasta uno verde-, o al final de la segunda fase la agilidad del conocido como "El Guisante" por sus ropas también verdes. Las típicas mujeres de vida fácil hacían acto de presencia armadas de un látigo y elásticos fucsias muy de la época. Recuerdo ahora sobre la marcha que si cogías el látigo y tu compañero retenía por la espalda a un enemigo, podías golpearle una y otra vez para hacerte puntos sin que muriera o se soltara. Y mil detalles más que me ahorro porque si no creo que no acabaría nunca esta entrada. Inmortal.



Target: Renegade. Sin lugar a dudas, la revolución de este género la creó su primera parte, Renegade, de gran calidad gráfica, pero que no podía ser jugado a dobles. Esta segunda parte es mi juego de ordenador preferido de todos los tiempos y recuerdo fundirlo con mis amigos en el Amstrad CPC 464. Me viene a la mente una tarde jugando en mi casa y tomando flaxes de limón a la vez sin importarnos el tacto pegajoso que dejábamos en las teclas y el joystick.
Muy similar en planteamiento al Double Dragon, también debías recorrer una serie de fases hasta terminar con el matón principal. Siempre me encantó las patadas en el aire del juego tan brutales y la posibilidad de subirte encima de un enemigo en el suelo y rematarle a puñetazos. Míticos los motoristas de la primera fase del aparcamiento que debías tirarles de la moto en marcha de una patada acrobática. Añadir que existe una tercera parte, Renegade III, que supone una vuelta al planteamiento de un único jugador envuelto en un viaje por el tiempo que comenzaba en la prehistoria. A mí me resultó una decepción en toda regla.



Shadow Warriors. Mítica recreativa donde se encarnaba a un par de ninjas. Lo más destacado era la posibilidad de destrozar el mobiliario urbano con los golpes, o bien interactuar con él para darse la vuelta subiendo por una pared -si llevabas una katana dabas un bonito golpe acrobático además-, o colgarse de una farola para golpear con ambas piernas. Los enemigos básicos llevaban una careta herencia de Viernes 13 y recuerdo la dificultad de alguna fase para subir mediante filigranas a zonas que permitieran seguir avanzando- no olvidemos que caerte por simas o agujeros es una de las características de casi todos estos juegos-. La llave principal, saltar por encima del enemigo y engancharle por el cuello para tirarle varios metros más adelante es otra de la señas de identidad básicas del juego.



Golden Axe. De acuerdo, espada y pócima, pero como para dejarle fuera. Esta recreativa es otra cima absoluta de la educación en los salones recreativos. Encarnabas a un bárbaro, una amazona o un enano cada uno con sus propias características mágicas, físicas y de armamento. Me encantaba la posibilidad de montar en los "bizarrians" que aparecían a lo largo del mapeado: dragones, una suerte de pájaros-reptiles, etc. Gran banda sonora y ambientación fantástica con el grandioso enemigo final de juego Death Adder, los esqueletos que te machacaban con el escudo en la nuca, las sombras negras, los calvos gigantescos con martillos gigantes, etc. El final molaba mucho, ya que sacaba el propio salón recreativo donde jugabas en teoría y a los enemigos de la máquina saliendo de ella persiguiéndote por la ciudad. Qué hermoso y nostálgico es recordar esos finales casi siempre imborrables por mucho tiempo que pase.



Final Fight. Mítica recreativa que suponía un lavado de cara al tosco Double Dragon. Guy, Cody y Haggar, la tripleta protagonista entre la que se podía elegir personaje, pasará a la historia. Buenísimos gráficos, movimientos y tremendos enemigos fin de fase como el samurai que aparecía en un ring o el grandote melenudo amarillo de la primera fase. Uno de sus avances, era elegir un personaje con golpes y características físicas particulares. Haggar, el grandote alcalde de la ciudad cuya hija secuestraban, es un anticipo en toda regla de muchos de los golpes que luciría Zangief en Street Fighter II (golpe de pecho, tornado, la mariposa...). Su segunda parte se podía disfrutar en Super Nintendo y a día de hoy es una de las grandes joyas buscadas por los coleccionistas.



Teenage Mutant Ninja Turtles. Me refiero en esta selección al Turtles in Time de Super Nintendo, que fue al que más jugué, no a la recreativa propiamente. Buenísimo juego donde encarnabas a alguna de las cuatro tortugas ninja cada una con sus características de resistencia, velocidad y golpe especial distinto. Mucho modo siete de grandes pixels cuadradotes cuando volteabas a los malos hacia la pantalla o en una fase futurista de conducción muy a lo F-Zero. Me gustaba mucho la animación de la presentación y el final del juego que, todo sea dicho, no tenía demasiada dificultad.



P.O.W. Una gran olvidada. En ella, no cabía posibilidad de elegir protagonista: se trataba de dos prisioneros de guerra tratando de escapar de sus captores en un entorno bélico de gran agresividad y dificultad endiablada. Recuerdo una segunda parte de scroll vertical a vista de pájaro con gráficos mucho más grandes que no logró triunfar especialmente, como ocurrió en su día con la secuela de Double Dragon 2, de difícil manejo, pero muy buena, por cierto.



Street of rage. Las peleas callejeras tuvieron su franquicia alucinante con Sega a través de Streets of rage. No demasiado original, pero cogiendo las virtudes de todos y cada uno de los títulos fundamentales: enemigos fin de fase, distintos personajes para elegir, armas, items de alimentación, golpes espectaculares. Su banda sonora era buenísima y su segunda parte mejoró gráficamente mucho. La tercera parte, incluyendo hasta un canguro para elegir, es otro objeto de coleccionismo actualmente.



Robocop 2. Una pequeña licencia, si bien, los tremendos golpes cuerpo a cuerpo son peleas de grado máximo, pero es cierto que los tiros son los que mandan. Mucha gente se quedó con la primera máquina y película. Yo, curiosamente soy más de Robocop 2 en ambas facetas. Excesiva, violenta, trepidante: la máquina es auténticamente bárbara y los dos robocops luchando contra esbirros y engendros de OCP es una experiencia única. Muy difícil, de gráficos soberbios y una fase de bonus para disparar a objetivos montando en moto muy lograda. Maquinón.



Cadillacs & Dinosaurios. Con una estética vintage 50's muy heredada del cómic, llegó una de las últimas grandes máquinas recreativas de peleas donde luchabas contra una banda criminal y dinosaurios desperdigados por la selva. Cuatro personajes diferentes con su cualidades características y posibilidades de coger gran cantidad de armamento distinto, incluyendo armas de fuego de muy distinto calado. Tremenda la fase en que conducías un gigantesco cadillac e ibas arrasando con todo. Muy por la época, en plan más cyberpunk y futurista, surgió Capitan Commando, de similares características quitando la temática.



Y hasta aquí este repaso a momentos trepidantes compartidos con el mundo apasionante de los videojuegos de antes, aquellos en que ser real no importaba.

Y me despido de vosotros hasta el mes de septiembre; en agosto dejaré este oasis de la mente y el corazón donde tantos tenéis el detalle de entrar a veces para escarbar entre las cosas que nos ayudan a seguir viviendo. Gracias por ello.

viernes, 19 de julio de 2013

10 videojuegos de fútbol entrañables del pasado.


Esta semana es tiempo de recuperar una categoría de la que no soy muy prolífico en este blog: los videojuegos. Y, cómo no, de nuevo a través de la nostalgia y el recuerdo como persona ajena por completo a las consolas actuales y sin embargo gran conocedor y amante de esos juegos que forjaron mi pasión por este arte del que aún saco a duras penas mi tiempo para deleitarme a través de su poder adictivo y transportador.

En concreto hablaré de los videojuegos de fútbol que más me impactaron hace años. Sin importar el formato, pero centrado en las máquinas recreativas y en los ordenadores de 8 Bit, germen de la posterior evolución del género. Olvídense de Fifas y Pro Evolution. Bienvenidos a un mundo donde lo que menos importa es parecer real: el mundo de la evocación, la fantasía y la imaginación.

Tehkan World Cup. La máquina recreativa de fútbol definitiva. Con un scroll vertical a vista de pájaro, innumerables juegos siguieron su estela e influencia. No podías elegir equipo y el desarrollo consistía en siete partidos consecutivos siempre contra los mismos equipos y orden. Tampoco eran selecciones concretas, pero por los colores, lo bonito era imaginarlas. Como la final con Alemania, o el sexto partido contra Uruguay a los que yo denominaba "los hormigos", porque siempre parecía que había más de diez sobre el campo. Lo que más me gustaba era que había varios goles determinados muy plásticos que se realizan a velocidad endiablada: el cruzado de los cinco segundos nada más sacar, el de cabeza desde el centro del área a pase de banda izquierda...mención especial a los durísimos golpes a los palos. Lo ideal era jugarlo en máquina que tuviera la posibilidad de jugar frente a frente para los divertidos partidos uno contra uno. Su melodía sigue resultando una magdalena proustiana en toda regla.



Match Day II. Jon Ritman fue el gran gurú de las 3D en los años 80's. Evidentemente, hablar de 3D por aquel entonces es muy pionero, pero sin embargo los resultados denotaban una calidad y jugabilidad máxima. A sus grandes obras del arcade como los míticos Batman y Head Over Heels, hay que añadir las dos entregas de Match Day. Yo jugué más al segundo. De perspectiva horizontal, con jugadores muy achaparrados y regordetes, era fascinante observar cómo ya distinguían pases altos y bajos, fuertes y flojos o tiros rasos y bombeados. El portero, elemento clave para mí siempre, era por supuesto manual y sus estiradas, por ortopédicas que parecieran, poseían un encanto fascinante. Recuerdo que se podían cambiar los nombres de los equipos y, yo por aquel entonces, escribía los de los distintos colegios de mi zona que jugaban una liga entre ellos. El mío era el Sporting de La Cruz, nombre del equipo referido al formado por chavales de mi colegio, el San Juan de la Cruz, irónicamente convertido a día de hoy en una residencia de la tercera edad.



Emilio Butragueño Fútbol. Menuda expectación cuando salió este juego. Seamos claros: fusilaba el Tehkan world cup sin piedad, siendo bastante más limitado.Pero no fue el único, también lo hicieron el Michel Fútbol Máster, el Italia 90 de U.S. Gold o mi fetiche, Mundial de Fútbol de Opera Soft -más conocido por su portada espectacular de Azpiri-. Consistía, y esta era su principal limitación, en un sólo partido ganaras o perdieras, con la particularidad de que el árbitro aparecía para sacar tarjeta amarilla o roja, pero durante el partido no le veías nunca. El portero me encantaba como se tiraba, e incluso placaba a los delanteros y nunca le pitaban penalty. Por supuesto, el equipo de El Buitre era blanco, por mucho que en la portada saliera con la camiseta de la selección española y era el único jugador rubio del equipo. Como curiosidades, decir que cuando marcaba gol aparecía una leyenda en la pantalla que rezaba "¡¡Gol de Butragueño!!". La otra, mucho más inverosímil, era que si el balón salía fuera de banda, el reloj seguía corriendo aunque no sacaras. Con ese tipo de suciedad gané por primera vez un 1-0 manteniéndome varios minutos con el balón entre las manos desde la banda. Deplorable. Pese a las innovaciones de incluir entrenamientos personales del futbolista, la segunda parte que apareció posteriormente fue muy mala.



Tecmo Euro League. Tipo Match Day II, una recreativa de scroll horizontal y jugadores muy amorfos y gordinflones. Un poco lento, pero de goles muy espectaculares, en especial chilenas y de cabeza en plancha. Su gran atractivo era pedirse equipos europeos reales, incluyendo al F.C. Barcelona, el Real Madrid o el Atlético de Madrid entre otros italianos, ingleses y alemanes. Los piques a dobles también demenciales. Otro clásico por antonomasia de los salones recreativos. La esencia era jugarlo con los amigos las tardes de domingo escuchando Carrusel Deportivo mientras comprobábamos los aciertos de la quiniela.



Peter Shilton's Handball Maradona. Gran rareza porque se trata de...¡un simulador de portero en el que encarnas a Peter Shilton, el mítico portero inglés! De chaval fui portero durante muchos años, ya que era el típico niño gordo y tímido que pedían el último los capitanes como jugador de campo. Luego lo típico, nunca te pasaban el balón. Un día me puse de portero y logré parar bien, esto se fue repitiendo, y al final, el matón de la clase siempre me pedía el primero del equipo como portero. En fin, nostalgias aparte, se trata de un juego en el que asumes el papel de guardameta en distintos partidos en los que todo se limita a una pantalla única contigo bajo palos mientras te ponen a prueba disparando desde distintos lugares del campo. Original, pero muy mejorable técnicamente y de escasa jugabilidad.



Football Manager 2. Hablamos de los primeros simuladores como entrenador. Cutrísimo en el aspecto gráfico, la edición inglesa que fue la que jugué yo, la segunda parte, te ponía al frente de un equipo de la Premier League y podías elegir tácticas, esquemas, jugadores, fichar, traspasar, etc. Algo muy primitivo. Aún quedaba mucho para cosas como  el mítico PC Fútbol o en lo que según parece se ha convertido la franquicia actualmente, pero eso ya es otra cosa evidentemente. Decir que no se interactuaba nada como futbolista y te tenías que tragar partidos infumables a través de tres pantallas entre las que estaba dividido en campo viendo moverse la pelota  entre jugadores difusos y enanos.



Street gang football. Los chicos de Code Masters fueron unos hachas en esto de adaptar deportes a los ordenadores de ocho bits, especialmente de carreras, desde coches de F-1 pasando por BMX e incluso lanchas motoras, juegazos adictivos donde hasta podían jugar cuatro jugadores, con gráficos pequeños, pero muy detallistas y minuciosos. En este caso se trata de un partido entre pandillas callejeras donde vale usar argucias, armas, etc. La gran originalidad consiste en que el campo es la propia calle, con callejones, cubos de basura o coches dibujando un terreno de juego para nada habitual y carente de toda rectangularidad. Original y sorprendente, a la par que olvidable a las pocas partidas por desgracia debido a una jugabilidad y aspecto técnico bastante pobres.



Kick Off 2. Uno de los más famosos de los seleccionados. Su gran novedad radicaba en el complejo control del balón en aras de parecer realista, esto es, el balón no quedaba pegado al pie, sino que tenías que ir controlándolo mientras avanzabas, esto dotaba de realismo y complejidad sobradamente a los partidos, algo que retomará también el famoso Sensible Soccer. Por otro lado, los gráficos no eran gran cosa y su jugabilidad estaba lastrada por el mencionado manejo. Nunca he sido fan, aunque llegaron a hacerse bastante partes incluyendo cada vez más factores estratégicos.Tampoco me gustaba que el portero fuera automático, esto es algo que odio en estos juegos quizá por mi pasado como cancerbero. Eso sí, los free kicks y los tiros con efecto, molaba mogollón hacerlos aunque fuera complicado de conseguir.



Soccer Brawl. Fútbol futurista, con armamento, armazones blindadas, propulsores en la espalda y mucha brutalidad, heredero de cosas tan chulas como el Skateball, a su vez guiño a películas como RollerBall. Esta recreativa de Neo Geo mostraba un manejo asilvestrado y tosco, donde la fuerza y los super-disparos particulares de nuestros capitanes podían auparnos a la victoria final entre diversas selecciones nacionales. Todo vale, desde lanzar un cañonazo al rival, hasta hacer rebotar el balón con las bandas y que entre como gol.



Super Side Kicks III. La obra más moderna de las seleccionadas. Otra recreativa que dejamos fundida mis amigos y yo. Partidos entre selecciones muy espectaculares, en diferentes competiciones desde Mundial a Copas Continentales, con algo de control pobre del portero, que muchas veces era derribado como un pelele, pero muy sofisticados pases, regates y disparos. Con el atractivo de los primeros planos al disparar cerca del área, algo que en su día parecía espectacular y trasgresor y que, como todas las cosas que son poco más que apariencia resultona, han quedado insultántemente viejas. Además estaba la coña de los nombres de jugadores inventados imitando a los reales. Mi selección por antonomasia era Suecia. Y si me ganaban, echar cinco duros de revancha con México.



Y este ha sido mi nostálgico repaso al fútbol en el videojuego; son muchas las ausencias, pero al menos espero haberos rescatado una de las formas más estimulantes de disfrutar del balompié, junto a los partidos de chapas con un garbanzo y porterías Tulipán , por supuesto.


jueves, 11 de julio de 2013

La función del arte y la obra artística como producto de consumo.


Hace bastante que no dedico una entrada en mi blog a hacer una reflexión que no tenga como referente una obra, estilo o autor concreto. Me refiero a esos, digamos, ensayos acerca de un tema como el que por ejemplo dediqué a los medios de comunicación. (ver aquí) o a los vicios generados por la cultura de la imagen (ver aquí). En este caso, llevaba tiempo queriendo hablar sobre el valor del arte, y sobre todo, cuál considero que es su función principal.

Vivimos tiempos en los que internet ha cambiado la perspectiva de muchas cosas y más que nunca la aglomeración de información, y por ende de acercamiento a referentes artísticos, ha aumentado de forma desmesurada. Esto ha modificado desde los propios hábitos de acercamiento a las obras hasta el propio modo en que éstas son decodificadas por nosotros como receptores.

Evidentemente, este acceso universal -permítaseme emplear el término, si bien sabemos que la precariedad y desigualdad mundiales no permitan un homogéneo acceso no sólo a internet, sino a cubrir las necesidades más básicas-, ha traído muchos aspectos positivos. El principal el fácil acceso, y no sólo me refiero a la controversia generada por las descargas de material musical, cinematográfico o literario gratuito, tema espinoso y estéril sobre el que no entraré. Me centro más bien en que a un sólo click de distancia puedo escuchar un disco antaño inencontrable, disfrutar una película que de forma alguna ha sido distribuida en nuestro país u observar una panorámica del desarrollo pictórico de un artista, por poner varios ejemplos elementales. Es agradable desde esa perspectiva comprobar como lo que antes costaba tanto tiempo y esfuerzo conseguir ahora está al alcance de nuestras manos: permite culturizarse a una edad más temprana y completar las lagunas que existen sobre diversos aspectos a poco que un individuo se preocupe por ello.


Pero, claro, esta comodidad conlleva una serie de aspectos negativos inevitablemente. El primero la desvalorización del objeto conseguido: la ausencia de dificultad o el ritual fetichista de conseguir algo inalcanzable, se pierde. Y esto algunos lo considerarán una visión romántica o desfasada. Y lo acepto. Evidentemente, aspectos relativos a soportes o formas de disfrutar un producto final han variado con los siglos y no seré yo un anquilosado artrítico que me oponga al avance de los tiempos. Vamos, que ya nadie escribe en papiro, o recibe el correo a caballo y en su momento bastantes personas que tuvieron que adaptarse a los cambios debieron rasgarse las vestiduras. Es este un aspecto referido al instinto humano de defensa y conservación, de ver que el mundo evoluciona y cambia mientras nos hacemos viejos. Pero para paliar esto existe la curiosidad y la inquietud, aspectos que ni tanto yo ni como la mayoría de lectores desde luego estoy seguro abandonarán.

Mucho más grave me parece el problema de la saturación de información. Cada vez más y más recopilación de discos, películas, series, libros, cómics...con una imposibilidad física y temporal de ser disfrutados con deleite, detalle y meditación. Es la dictadura del aquí y ahora: ya no se valora la impresión, el análisis o la crítica constructiva de un objeto. La simplificación -y en esto he de ser severo- de las nuevas generaciones y de no pocas personas que superan la treintena absorbidas por la marea, lo único que consideran y tienen en cuenta es ser el primero en disfrutar algo e indignarse si el otro todavía no lo ha hecho; y, evidentemente, corriendo a publicar su opinión irritantemente vacua o precipitada sobre ello en alguna red social. Eso si es una opinión: muchas veces basta con decir que se "está viendo tal o cual película" o que se "está en este o el otro concierto", con fotografía incluida: no olvidemos que la palabra, por desgracia, ha perdido para estas personas la significancia y riqueza inherentes a ella. Triste, reduccionista e inhumano.

No eliminaré la autocrítica por mucho que carecer de ella sea otra lacra actual. En ocasiones, nosotros mismos pecamos de los mismos hábitos. Pero con una diferencia: somos conscientes, asumimos la contradicción -puesto que sabemos que el conflicto y su erradicación sólo pueden hacerse desde dentro del problema- y, aún así, reflexionamos e intentamos sacar conclusiones en la medida de lo posible paliativas y modificadoras de nuestra conducta hacia otras vertientes más estimulantes para el prójimo y nosotros mismos.

Ante esta perspectiva consumista y absolutamente fagocitadora de muchos valores intrínsecos a las obras artísticas para el autor y su público, queda hablar de lo fundamental: cuál es el valor máximo del arte, su función trascendental para el ser humano. Y no me cabe duda de que esta es su tremenda capacidad para cambiar la realidad: desde la propia a la de una sociedad, desde el individuo al conjunto de la población. Este poder absoluto pareciera pasara desapercibido para mucha gente desvalorizando en gran medida sus capacidades y aletargando conciencias.


Y es aquí donde la crítica ha de ser atroz: cuántas personas no paran de consumir -porque aquí ese es el verbo- arte de diversa índole siendo incapaz de sacar nada de provecho para sus vidas ni para intentar transformar en la medida que puedan el mundo comenzando desde su interior. Muy poca. Tan poca, que esta gente, la que suele decir que lo que busca es divertirse -sentimiento absolutamente legítimo y del que ninguna persona huye a no ser que sea un deshecho humano camino del cementerio-, ni siquiera se para a pensar en la intencionalidad de un discurso o en de qué forma, ya sea desde la más emocional e instintiva a la más reflexiva y racional, las cualidades de esta disciplina trascienden y transforman las cosas.

Es del todo irritante y aburrido tratar de dialogar con estas personas acerca de estos aspectos y lo que nos encontramos delante son meros contenedores que procesan información como máquinas frías con el piloto automático de la ingestión masiva activado.

Su reduccionismo simple les lleva a considerar estas reflexiones como delirios intelectuales cuando no existe nada más alejado de la realidad. Sencillamente, son un canto destinado a revalorizar aspectos intangibles enriquecedores de la persona. Nos humanizan a la par que nos ponen en alerta frente a la desintegración de fundamentos del desarrollo social, el que permite avanzar en pos de una civilización más libre, crítica y sensible.

jueves, 4 de julio de 2013

El mundo invisible de Hayao Miyazaki, por Laura Moreno Plata.


Los que habitualmente leéis este blog, sabréis de mi gusto por el anime. Esta semana quiero dedicar mi entrada a un libro exquisito dedicado al director Hayao Miyazaki escrito por Laura Montero Plata.

La fascinación por Oriente, y más concretamente por Japón, es algo que desde siempre ha embriagado el pensamiento occidental y ha producido innumerables ensayos sobre el país, sus gentes, su cultura y sus costumbres; ese concepto que conocemos como Orientalismo.

Aún recuerdo con cariño el regalo que recibí por parte de una amigo. Se trataba de El Crisantemo y la Espada, libro escrito por Ruth Benedict: un estudio sobre los patrones culturales nipones encargado a la antropóloga tras la ocupación estadounidense de Japón al finalizar la II Guerra Mundial. Si bien algunos postulados y visiones son presas de la coyuntura en que aparecen, otros muchos, gracias a su universalidad inmortal, permitían acercarse con criterio al modus operandi del país del Sol Naciente.

Desde la perspectiva del papel del cine de animación japonés, y concretamente el realizado por el prestigioso genio junto a Isao Takahata al frente del Estudio Ghibli, el extenso libro de Laura Montero se me antoja una pieza inexcusable para entender en profundidad el alma de su obra.


En estas mismas páginas podéis encontrar artículos sobre Nausicäa del Valle del Viento (leer aquí) -a mi juicio su mejor película-, otro sobre pequeñas joyas del prestigioso estudio no dirigidas por Miyazaki (leer aquí) y uno sobre Makoto Shinkai, uno de los animadores actuales poseedor de una sensibilidad más especial (leer aquí). Pues bien, ninguno de ellos-más allá de la propia extensión del escrito- logra transmitir la trascendencia y la profundidad de la obra que me ocupa, El mundo invisible de Hayao Miyazaki.

Y es que Laura Montero logra construir una obra sólida, universal, ambiciosa y detallista. Lejos de ser una mera exposición de sus películas, la autora va mucho más allá y consigue, a través de un viaje que va del contexto general a lo particular, aportar una visión clarividente que despeja todos los enigmas y sutilidades que el autor de Mi Vecino Totoro lanza unas veces de forma evidente y otras de forma más soterrada.

Como fan absoluto que soy, el volumen adquiere una importancia capital, si bien a los no iniciados pudiera parecerles en exceso académico y sesudo. Se me viene justo a la cabeza como ejemplo análogo el estudio megalómano de J.J. Vargas en torno a la figura de Alan Moore: La Autopsia del Héroe, más ampuloso y elevado en su posicionamiento, si cabe.


Para entender la obra, hay que partir de la base de que se trata de la propia tesis doctoral universitaria que elaboró Laura Montero y que finalmente Dolmen se decidió a publicar como libro. Una historia bonita que consigue insuflar ánimos a las personas que creen en sus ideas y en la posibilidad de ser ofrecidas al público capaz de interesarse por ellas.

La autora estructura el fascículo en cinco capítulos. El primer capítulo supone una breve, a la par que detallista, historia del anime desde finales de los años 50 hasta nuestros días, repleto de anécdotas y extractos jugosos de entrevistas a diversos realizadores al margen del propio Miyazaki. Sólo apunto, a modo de ejemplo, lo curiosas y controvertidas que resultan las palabras de Mamoru Oshii (La chica que saltaba a través del tiempo) refiriéndose al Estudio Ghibli como "un lugar formidable, pero no quiero ir allí".

Su segundo capítulo se introduce en los referentes y homenajes del cine de Hayao Miyazaki, muchos de ellos curiosamente occidentales y que se complementan con la propia visión, no exenta de cierto pesimismo, que tiene el director del Japón actual presa del olvido de la tradición, de los valores y de los principios que funden al ser humano con la naturaleza para alcanzar un necesario equilibrio permanente y duradero.


Esta idea se completa en su tercer episodio, dedicado al folclore nipón, donde se analizan la multitud de semejanzas y analogías entre los personajes y situaciones de sus películas y el sintoísmo o el teatro nō, reflejadas en su faceta más clara en la ambiciosa El viaje de Chihiro. Finalmente, los dos últimos capítulos entran más de lleno en su filmografía a través de la explicación de la creación de personajes, su interrelación y su fundamento y desarrollo a través del flujo narrativo de las películas.

Más allá de un acercamiento repleto de enjundia y de filosofía al legado de Hayao Miyazaki, Laura Montero consigue al descifrarnos este mundo invisible, romper los prejuicios que aún existen sobre el anime; la reduccionista e incompleta visión que sufre por parte de muchas personas, reduciéndola a violencia, sexo o infantilismo. Una tarea titánica que logra acometer gracias al pormenorizado balance de los hechos y al tesón y el cariño con que modela su trabajo.